Reflexión de Mons. Enrique Díaz: Señor, no pases junto a mí sin detenerte
XVI Domingo Ordinario
Mons. Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo, 20 de julio de 2025, titulado: “Señor, no pases junto a mí sin detenerte”.
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Génesis 18, 1-10: “Señor, no pases junto a mí sin detenerte”
Salmo 14: “¿Quién será grato a tus ojos, Señor?
Colosenses 1, 24-28: Un designio secreto que Dios ha mantenido oculto y que ahora ha revelado a su pueblo santo”
San Lucas 10, 38-42; “Marta lo recibió en su casa.- María escogió la mejor parte”
Está moda la enfermedad del “bornout”, ese estado de agotamiento físico, emocional y mental provocado por el estrés laboral crónico y prolongado. ¿Por qué el hombre moderno se deja llevar por la apariencia y lo estruendoso? ¿Por qué le cuesta tanto lo sencillo, lo oculto, lo cotidiano? No es lo vistoso ni lo apantallante lo más importante, como tampoco lo es el aislamiento y el bienestar egoísta. Nos cansamos de ver grandes espectaculares anunciando obras rimbombantes, y las comunidades siguen con sus mismas carencias y dolores. Se anuncian programas fantásticos que sacarán al país de su atraso y que darán empleo a todos y todas, y vemos deambular por las calles nuestros jóvenes en busca de míseros empleos, pagados ridículamente. Se cacarean obras rimbombantes de salud y las enfermedades de la pobreza y los terribles embates de la miseria siguen haciendo estragos entre la población. No es el mucho hacer sin ton ni son, es el hilito de agua constante lo que da vida. No son las obras espectaculares, sino las más sencillas, las más necesarias las que sostienen al hombre: el agua, la educación, la salud, el trabajo, la seguridad.
A nivel de relaciones interpersonales y a nivel familiar pasa lo mismo: no se puede comprar la felicidad de los hijos, se construye con el cariño diario, con atención constante, con la palabra oportuna. Hacemos mucho ruido, pero damos poco espacio para la intimidad, para el diálogo, para construir el amor en la familia y en la sociedad. Dejamos lo más importante por lo más urgente o lo más popular. ¿Cuánto tiempo dedicamos a “estar” con la familia, con los hijos, con los papás? Pero verdaderamente estar presente en cuerpo, espíritu y sentimientos.
El Evangelio de este día se ha utilizado con frecuencia para contraponer la vida activa o apostólica con la vida contemplativa, vida de oración. Pero nada más equivocado que hacer estas disyuntivas. Lo que Jesús le dice a Marta no es que esté equivocada al hacer sus quehaceres, sino en la forma de hacerlos y en querer que María también se ponga en actividad frenética. El caso de Marta y María es aprovechado una vez más por San Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios. Sin querer demeritar el valor de la contemplación sobre la acción, que se ha querido ver en las dos actitudes opuestas de Marta y María, lo cierto del acontecimiento es que el Reino de Dios no puede dejarse distraer por una preocupación demasiado exclusiva por las realidades terrenas. Por otra parte, escuchar la Palabra de Dios es todo, menos ocasional.
El Maestro no aprueba el afán, la agitación, la dispersión, el andar en mil direcciones “del ama de casa”. ¿Cuál es, pues, el error de Marta? El no entender que la llegada de Cristo significa, principalmente, la gran ocasión que no hay que perder y, por consiguiente, la necesidad de sacrificar lo urgente por lo más importante. Marta se precipita en “hacer” y este “hacer” no parte de una escucha atenta de la Palabra de Dios y, consiguientemente, pone en peligro de convertirse en un estéril girar en el vacío. Marta se limita, a pesar de todas sus buenas intenciones, a acoger a Jesús en casa. María lo acoge “dentro”, en su corazón, se hace recipiente suyo. Le ofrece hospitalidad en aquel espacio interior, secreto, que ha sido dispuesto por Él, y que está reservado para Él. Marta ofrece a Jesús cosas, María se ofrece a sí misma.
Nosotros hoy nos enfrentamos a un ritmo de vida más agitado que el de épocas anteriores. Los modernos medios para ahorrar tiempo acaban ahogándonos en un activismo inútil. El exceso de preocupaciones nos lleva a olvidarnos de lo fundamental. Nuestro cristianismo se convierte así en un tímido cumplimiento de algunas obligaciones religiosas, sin espacio para la escucha de la Palabra. Buscamos a todas horas ser eficaces y competitivos. Corremos desesperados tras el tiempo y el tiempo deja atrás nuestro verdadero ser de personas. Hoy, junto a Marta y María, Jesús nos interpela y nos llama a respetar la jerarquía de valores y a poner en su sitio la «opción por lo fundamental»: ponernos a sus pies y escuchar su Palabra. Jesús nos invita a que nuestro cristianismo sea un verdadero discipulado.
¿Cuánto tiempo hace que no le dedicamos un espacio con calma, sin otras preocupaciones que atender “la Palabra de Jesús”? Así, a pie descalzo, despojados de todo lo que tenemos, sin máscaras, con sencillez, poniéndonos en manos de quien nos ama tanto. Escuchar su Palabra entrando en lo desconocido, experimentando su ternura, con el corazón desnudo. Sin caer en intimismo que nos aísle de la realidad o nos torne indiferentes ante los problemas del prójimo. Está demasiado cercana la narración del buen samaritano como para que este pasaje nos hiciera olvidar que el amor a Dios se manifiesta en el amor al prójimo. Pero atención, nuestro corazón debe tener una fuente, si no, se seca. También debe tener una salida expresada en el amor al prójimo; si no, se pudre y huele mal. ¿Cuál es nuestra fuente interior y cómo se manifiesta equilibradamente en buenas obras?
Padre Nuestro, que en Jesús nos has mostrado «el camino»: mira cómo nos atoramos entre tantas actividades y nos vamos a los extremos. Ayúdanos a encontrar como Jesús, la síntesis armoniosa entre la oración y la acción, entre contemplarte y obedecerte, entre servirte a Ti y servir a los hermanos. Amén.
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