01 marzo, 2026

Síguenos en

Reflexión de Mons. Enrique Díaz: Mesa de hermanos

XXII Domingo Ordinario

Reflexión de Mons. Enrique Díaz: Mesa de hermanos

Mons. Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo, 31 de agosto de 2025, titulado: “Mesa de hermanos”.

***

Sirácide 3, 19-21. 30-31: “Hazte pequeño y hallarás gracia ante Dios”

Salmo 67: “Dios da libertad y riqueza a los cautivos”

Hebreos 12, 18-19. 22-24: “Se han acercado ustedes a Sión, el monte y la ciudad del Dios viviente”

San Lucas 14, 1. 7-14: “El que se engrandece a sí mismo, será humillado y el que se humilla será engrandecido”

Los hombres son como los árboles: hay árboles que crecen libremente y alcanzan las alturas, dan frescura, sombra, flores y hasta frutos. Otros que necesitan de otras plantas para crecer, pero al mismo tiempo que se nutren de ellas las adornan, las protegen y las tonifican. En cambio, hay plantas parásitas que no conformes con nutrirse de otro árbol, lo ahogan, lo estrangulan y acaban secándolo. Igual que las personas. A mí me agradan las plantas del café, no sólo por su exquisito fruto sino por su estilo de vida. Pequeños y sencillos necesitan de árboles más grandes que les den la protección y la temperatura necesarias, que les nutran y los protejan de los vientos, sol y plagas. Siempre necesitan un árbol cercano, no para treparse en él, sino para juntos dar vida. Son bellísimos en flor, es rico el café, es admirable su forma de crecer, de vivir. Así también son muchas personas.

Jesús observa y critica la conducta contraria. Quizás a nosotros, nos parecería lo más ordinario. Nos cuesta ceder el paso, dar atención al otro, buscar un lugar a quien lo necesita. La vida es una competencia desenfrenada por conquistar lugares, por subir a lo más alto, no importa que se tenga que aplastar a los demás. La máxima griega: “más alto, más fuerte, más veloz…” es una consigna de nuestra existencia. Pero no en su sentido más profundo de verdadera superación, sino como una expresión de un egoísmo y ambición desmedida. Nada sacia el corazón del hombre, nada le satisface y la persona se torna un saco agujerado que nunca se llena y siempre está deseando más y más, y a costa de los hermanos. A tal grado se ha ilusionado con tener más y poder más, que con frecuencia lleva una vida hueca, triste y vacía porque nunca tiene bastante. En su afán desmedido de más posesiones y poder, muchos terminan llevando una existencia desabrida, inmersos en sus ambiciones, insatisfechos por no alcanzar los logros, siempre anhelando lo que no se tiene. Y se buscan entonces los primeros lugares y la ostentación y la apariencia.

Los valores de nuestra sociedad son puestos en evidencia por los convidados que luchan por los primeros puestos, en clara oposición a los valores que Jesús propone: una comida para todos y un banquete de hermanos. Jesús invierte la escala de valores de nuestro mundo y ofrece una mesa de servicio, de apertura y de atención. Enseña que hay que buscar los últimos lugares, no para eludir responsabilidades, sino como participación de iguales. Mientras la sociedad alaba y enseñorea a los grandes, Jesús nos dice lo contrario: “el que se engrandece será humillado; y el que se humilla será engrandecido”. Así el signo del Reino se torna más evidente: todos son hermanos, comparten la comida porque comparten la misma vida, se hacen cercanos, buscan establecer intimidad y la participación. Jesús no busca la mediocridad o el apocamiento que muchos cristianos buscan con falsa humildad; todo lo contrario: nos lanza a ideales insospechados y propone alturas no conocidas, pero no trepando a costa de los demás, no arrebatándoles lo que les pertenece, no despreciando a los hermanos. El signo del banquete es la señal más cercana al Reino de los Cielos, pero no podemos pervertirlo con privilegios, acaparamientos, individualismos y discriminaciones.

Jesús nos clarifica aún más sus enseñanzas: no utilizar la comida e invitaciones para manipular los beneficios. Jesús no critica la amistad, las relaciones familiares ni el amor gozosamente correspondido, pero nos invita a reflexionar sobre la verdad última que mueve nuestras acciones. Jesús propone unas relaciones humanas basadas en la semejanza con nuestro Padre Dios, gratuitas, en libertad y amor. La relación y la amistad siempre deben hacernos crecer, nunca debemos manipular a las personas. ¿Qué provecho puedo sacar de esta persona?  Es el pensamiento del mundo y con mucha frecuencia las relaciones que se establecen tienen fines utilitarios y es difícil vivir de manera desinteresada. Muchos se preguntan cuánto han recibido y de quién esperan un reconocimiento, por el contrario, Jesús enseña que lo importante no es recibir, sino dar, dar con alegría, dar con prontitud, dar con gratuidad.

El afán de recibir, aparecer, adquirir notoriedad, se anida en el corazón del hombre. Juntamente con los ídolos del dinero y del poder, el hombre se esclaviza al afán de honores y búsqueda de prestigio. Por ello lucha y se esfuerza. Tiene miedo a una vida desapercibida y termina ahogándose en una pobre vida, mezquina, sin sentido, llena de egoísmo y de sí mismo. Se olvida que el verdadero valor de la persona es dar más que recibir, al igual que la luz o el calor que necesitan consumirse. Si por el contrario se quiere acumular y esconder reteniendo todo egoístamente, se corre el riesgo de acumular cosas, prestigio y dinero, pero se termina siendo una piedra fría, un cirio hermoso pero apagado, una semilla estéril. La ley evangélica de perder para encontrar, de dar para ser feliz, de morir para vivir, es dura en seguimiento, pero la única que nos permite tener una vida plena y feliz. Sí, el hombre es como las plantas hay algunas que dan vida, frescura y felicidad, y hay otras que en su afán de crecer ahogan el árbol de donde tomaban vida. Hay hombres que cuya generosidad hacer crecer a los demás y otros que en su lucha por encumbrarse terminan solos y abandonados.

La imagen de una mesa compartida, donde todo se ofreces gratuitamente, donde podemos participar con alegría, donde todos somos hermanos, requiere la generosidad, la pequeñez y el servicio que sólo pueden vivirse en el amor al estilo de Jesús. ¿Cómo vivimos nuestra relación con los demás? ¿Cómo compartimos lo poco o mucho que tenemos? ¿A quiénes invitamos a la mesa de la vida y a quiénes hemos rechazado? ¿Qué nos dice Jesús?

Dios, Padre bueno, que por amor nos has creado gratuitamente, danos un corazón grande para amar, fuerte para luchar y generoso para entregarnos como regalo a tu familia humana como lo hizo tu hijo Jesús. Amén.

 

Enrique Díaz

Nació en Huandacareo, Michoacán, México, en 1952. Realizó sus estudios de Filosofía y Teología en el Seminario de Morelia. Ordenado diácono el 22 de mayo de 1977, y presbítero el 23 de octubre del mismo año. Obtuvo la Licenciatura en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico en Roma. Ha desarrollado múltiples encargos pastorales como el de capellán de la rectoría de las Tres Aves Marías; responsable de la Pastoral Bíblica Diocesana y director de la Escuela Bíblica en Morelia; maestro de Biblia en el Seminario Conciliar de Morelia, párroco de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, Col. Guadalupe, Morelia; o vicario episcopal para la Zona de Nuestra Señora de la Luz, Pátzcuaro. Ordenado obispo auxiliar de san Cristóbal de las Casas en 2003. En la Conferencia Episcopal formó parte de las Comisiones de Biblia, Diaconado y Ministerios Laicales. Fue responsable de las Dimensiones de Ministerios Laicales, de Educación y Cultura. Ha participado en encuentros latinoamericanos y mundiales sobre el Diaconado Permanente. Actualmente es el responsable de la Dimensión de Pastoral de la Cultura. Participó como Miembro del Sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios en la Vida y Misión de la Iglesia en Roma, en 2008. Recibió el nombramiento de obispo coadjutor de San Cristóbal de las Casas en 2014. Nombrado II obispo de Irapuato el día 11 de marzo, tomó posesión el 19 de Mayo. Colabora en varias revistas y publicaciones sobre todo con la reflexión diaria y dominical tanto en audio como escrita.