03 mayo, 2026

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¿Qué estamos haciendo con la humanidad que nos fue confiada?

Una advertencia desde el Vaticano

¿Qué estamos haciendo con la humanidad que nos fue confiada?

Un Papa recién llegado, sin el peso todavía de la costumbre, se para frente al mundo y no empieza acusando, sino agradeciendo. Como quien sabe que antes de señalar hay que reconocer. Como quien entiende que la autoridad verdadera no se impone: se gana. Y desde ese lugar humilde, casi doméstico, dice algo que suena sencillo pero quema por dentro: “la guerra volvió a ser una opción”. Como si la humanidad, cansada de pensar, hubiera decidido volver a pegar primero y explicar después.

Hay algo profundamente triste en eso. No por las guerras en sí —que ya son tragedia suficiente— sino porque revelan un fracaso más hondo: el fracaso de la palabra. Cuando ya no confiamos en el diálogo, cuando el otro deja de ser un interlocutor y pasa a ser un obstáculo, entonces la fuerza parece razonable. Y ahí empieza el derrumbe, aunque todavía no caigan bombas.

El Papa habla de puertas que se cierran, de fronteras que se violan, de derechos que se declaman pero no se viven. Y uno no puede dejar de pensar que el problema no es solo político o geopolítico: es espiritual. Es el olvido lento de la fragilidad humana. Es la incapacidad de mirar al débil sin apurarnos a descartarlo, maquillando la exclusión con palabras modernas y presupuestos públicos.

Tal vez por eso recordó el Jubileo. No como nostalgia, sino como contraste. Millones caminando despacio, cargando culpas, heridas, preguntas. Gente que no fue a Roma a imponer nada, sino a pedir. A cruzar una puerta. A dejarse curar. En un mundo que grita, el peregrino camina. En un mundo que empuja, el creyente espera. Y ahí hay una enseñanza que no entra en ningún tratado internacional.

El mundo parece convencido de que la paz es una estrategia. El Evangelio, en cambio, insiste en que es una conversión. Y eso es más incómodo, porque no se firma ni se delega: se vive. Empieza cuando dejamos de justificar lo injustificable. Cuando volvemos a llamar a las cosas por su nombre. Cuando entendemos que no todo lo legal es justo, ni todo lo financiado es humano.

Este Papa no trajo soluciones mágicas. Trajo algo más raro y más necesario: una advertencia dicha en voz baja. Como quien no quiere asustar, pero tampoco mentir. El mundo está jugando con fuego. Y no hay tecnología, ni ideología, ni poder militar que apague un incendio si antes no se apaga el orgullo.

Tal vez por eso el discurso no termina con un aplauso, sino con una pregunta que queda flotando: ¿qué estamos haciendo con la humanidad que nos fue confiada? Porque la paz no empieza en los tratados, sino en el corazón que todavía se anima a abrir la puerta.

Juan Francisco Miguel

Juan Francisco Miguel es comunicador social, escritor y coach. Se especializa en liderazgo, narrativa y espiritualidad, y colabora con proyectos que promueven el desarrollo humano y la fe desde una mirada integral