29 abril, 2026

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Papa León XIV: “Te he amado”, mensaje de esperanza y justicia

Santa Misa en el Jubileo de los Pobres

Papa León XIV: “Te he amado”, mensaje de esperanza y justicia

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario y coincidiendo con la IX Jornada Mundial de los Pobres, el Papa León XIV presidió la Santa Misa en la Basílica de San Pedro con motivo del Jubileo de los Pobres. Ante miles de fieles, incluyendo numerosos pobres, migrantes y voluntarios, el Santo Padre pronunció una homilía centrada en la esperanza escatológica, la cercanía de Dios a los humildes y la llamada a una Iglesia que sea “madre de los pobres” en un mundo marcado por guerras, soledad y desigualdades.

El Pontífice inició su reflexión recordando las lecturas litúrgicas, que invitan a contemplar el “día del Señor” como un tiempo de justicia donde las esperanzas de los pobres reciben respuesta definitiva. “Este sol naciente de justicia es Jesús mismo”, afirmó, subrayando que el Reino de Dios se inaugura en medio de los dramáticos acontecimientos de la historia, sin que deba asustar al discípulo, sino impulsarlo a la perseverancia.

En un contexto global de persecuciones y opresiones, León XIV enfatizó la fidelidad de Dios: “Ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza”. Destacó la tradición bíblica de un Dios que defiende al huérfano, al extranjero y a la viuda, culminando en Jesús, quien proclama el “año de gracia del Señor”. “Dilexi te – Te he amado”, dirigió directamente a los pobres, citando su exhortación apostólica homónima, y llamó a la Iglesia a ser lugar de acogida y justicia.

El Papa denunció las pobrezas materiales, morales y espirituales que afligen al mundo, especialmente a los jóvenes, y señaló la soledad como el drama transversal. Propuso una “cultura de la atención” para romper muros de indiferencia, desde la familia hasta el mundo digital y los márgenes sociales. Ante los escenarios de guerra, rechazó la “globalización de la impotencia” y exhortó a los cristianos a ser signo vivo de salvación.

Dirigiéndose a jefes de Estado y responsables políticos, instó a escuchar el grito de los pobres para lograr paz mediante justicia, criticando el mito del progreso que excluye. Agradeció a voluntarios y agentes de caridad, recordándoles que los pobres son “la misma carne de Cristo”. Citando a san Pablo, advirtió contra el intimismo religioso y llamó a transformar la sociedad en fraternidad.

Inspirándose en santos como san Benito José Labre, patrono propuesto de los sin hogar, y en el Magníficat de la Virgen María, concluyó invocando una nueva lógica del Reino: amor que acoge, perdona y sana.

La celebración, enriquecida con multimedia y testimonios, reafirma el compromiso jubilar de la Iglesia con los más vulnerables en este Año Santo.

Homilía completa del Santo Padre León XIV

IX JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES JUBILEO DE LOS POBRES SANTA MISA HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV Basílica de San Pedro XXXIII Domingo del tiempo ordinario, 16 de noviembre de 2025


Queridos hermanos y hermanas:

Los últimos domingos del año litúrgico nos invitan a contemplar la historia en su desenlace final. En la primera lectura, el profeta Malaquías vislumbra la llegada del “día del Señor” como el comienzo de un tiempo nuevo. Este tiempo se describe como el tiempo de Dios, en el cual, como un alba que da paso al sol de justicia, las esperanzas de los pobres y humildes recibirán una respuesta definitiva del Señor, y las obras de los malvados y su injusticia serán erradicadas, quemadas como paja, especialmente en detrimento de los indefensos y los pobres.

Este sol naciente de justicia, como sabemos, es Jesús mismo. El día del Señor, en realidad, no es sólo el día final de la historia, sino que es el Reino que se acerca a cada persona en la venida del Hijo de Dios. En el Evangelio, empleando el lenguaje apocalíptico propio de su tiempo, Jesús anuncia e inaugura este Reino. Él mismo es, de hecho, el señorío de Dios que se hace presente y se abre paso en los dramáticos acontecimientos de la historia. Por lo tanto, no deben asustar al discípulo sino hacerlo aún más perseverante en su testimonio y consciente de que la promesa de Jesús siempre está viva y es fiel: «ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza» (Lc 21,18).

Esta, hermanos y hermanas, es la esperanza a la que nos anclamos, incluso en medio de los acontecimientos no siempre alegres de la vida. Aún hoy, «la Iglesia “va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” anunciando la cruz del Señor hasta que venga» (Lumen gentium, 8). Y allí donde todas las esperanzas humanas parecen agotarse, se vuelve aún más firme la única certeza, más estable que el cielo y la tierra, de que el Señor no permitirá que ni un cabello de nuestra cabeza perezca.

En medio de las persecuciones, los sufrimientos, las dificultades y las opresiones de la vida y la sociedad, Dios no nos abandona. Él se presenta como Aquel que aboga en favor nuestro. Este hilo conductor recorre toda la Escritura, narrando la historia de un Dios que siempre está del lado de los más pequeños, del huérfano, del extranjero y de la viuda (cf. Dt 10,17-19). Y en Jesús, su Hijo, la cercanía de Dios alcanza la máxima expresión del amor. Por eso, la presencia y la palabra de Cristo se convierten en un júbilo y un jubileo para los más pobres, ya que Él vino a anunciarles la Buena Nueva y a proclamar el año de gracia del Señor (cf. Lc 4,18-19).

Nosotros también participamos de manera especial de este año de gracia, precisamente hoy al celebrar, con esta jornada mundial, el Jubileo de los Pobres. Toda la Iglesia se regocija y se alegra, y ante todo a ustedes, queridos hermanos y hermanas, deseo transmitirles con fuerza las palabras irrevocables del Señor Jesús: «Dilexi te – Te he amado» (Ap 3,9). Sí, a pesar de nuestra pequeñez y pobreza, Dios nos mira como nadie más y nos ama con un amor eterno. Y su Iglesia, aún hoy, quizá especialmente en nuestro tiempo, todavía herida por pobrezas ―antiguas y nuevas―, desea ser «madre de los pobres, lugar de acogida y de justicia» (Exhort. ap. Dilexi te, 39).

¡Cuántas pobrezas oprimen nuestro mundo! Ante todo, son pobrezas materiales, pero también existen muchas situaciones morales y espirituales, que a menudo afectan sobre todo a los más jóvenes. Y el drama que las atraviesa a todas de manera transversal, es la soledad. Ella nos desafía a mirar la pobreza de modo integral, porque ciertamente a veces es necesario responder a las necesidades urgentes, pero en general lo que debemos desarrollar es una cultura de la atención, precisamente para romper el muro de la soledad. Por eso queremos estar atentos al otro, a cada persona, allí donde estamos, allí donde vivimos, transmitiendo esta actitud ya desde la familia, para vivirla concretamente en los lugares de trabajo y de estudio, en las diversas comunidades, en el mundo digital, en todas partes, empujándonos hasta los márgenes y convirtiéndonos en testigos de la ternura de Dios.

Hoy, sobre todo los escenarios de guerra, presentes lamentablemente en diversas regiones del mundo, parecen confirmarnos en un estado de impotencia. Pero la globalización de la impotencia nace de una mentira, de creer que esta historia siempre ha sido así y no podrá cambiar. El Evangelio, en cambio, nos dice que precisamente en las agitaciones de la historia, el Señor viene a salvarnos. Y nosotros, comunidad cristiana, debemos ser hoy, en medio de los pobres, signo vivo de esta salvación.

La pobreza interpela a los cristianos, pero interpela también a todos aquellos que en la sociedad tienen roles de responsabilidad. Exhorto por ello a los Jefes de Estado y a los Responsables de las Naciones a escuchar el grito de los más pobres. No podrá haber paz sin justicia, y los pobres nos lo recuerdan de muchas maneras, con su migración, así como con su grito tantas veces sofocado por el mito del bienestar y del progreso que no tiene en cuenta a todos, y que incluso olvida a muchas criaturas abandonándolas a su propio destino.

A los agentes de la caridad, a los numerosos voluntarios, a quienes se ocupan de aliviar las condiciones de los más pobres, expreso mi gratitud y al mismo tiempo mi aliento para que sean cada vez más, conciencia crítica en la sociedad. Ustedes saben bien que la cuestión de los pobres reconduce a lo esencial de nuestra fe, que para nosotros son la misma carne de Cristo y no sólo una categoría sociológica (cf. Dilexi te, 110). Es por esto que «la Iglesia, como madre, camina con los que caminan. Donde el mundo ve una amenaza, ella ve hijos; donde se levantan muros, ella construye puentes» (ibíd., 75).

Comprometámonos todos. Como escribe el apóstol Pablo a los cristianos de Tesalónica (cf. 2 Ts 3,6-13), en la espera del retorno glorioso del Señor no debemos vivir una vida replegada sobre nosotros mismos ni en un intimismo religioso que se traduzca en desentenderse de los demás y de la historia. Por el contrario, buscar el Reino de Dios implica el deseo de transformar la convivencia humana en un espacio de fraternidad y de dignidad para todos, sin excluir a nadie. Está siempre a la vuelta de la esquina el peligro de vivir como viajeros distraídos, desatentos al destino final e indiferentes hacia quienes comparten el camino con nosotros.

En este Jubileo de los Pobres dejémonos inspirar por el testimonio de los santos y santas que han servido a Cristo en los más necesitados y lo han seguido en la vía de la pequeñez y de entrega. De manera especial, quisiera proponer la figura de san Benito José Labre, que con su vida de “vagabundo de Dios” podría ser considerado como patrono de todos los pobres sin hogar.

Que la Virgen María, que en el Magníficat sigue recordándonos las elecciones de Dios y se hace la voz de los que no tienen voz, nos ayude a entrar en la nueva lógica del Reino, para que en nuestra vida de cristianos se haga presente el amor de Dios que acoge, perdona, venda las heridas, consuela y sana.

Exaudi Redacción

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