El Papa León XIV clama por un Líbano unido en la histórica misa de Beirut: «Desarmen sus corazones y sean profecía de paz»
En una emotiva celebración en el Beirut Waterfront, el Pontífice invita al pueblo libanés a cultivar la gratitud y la esperanza frente a la crisis, recordando las heridas del país y soñando con una nación de fraternidad
El Papa León XIV presidió hoy una Santa Misa multitudinaria en el icónico Beirut Waterfront, cerrando así su viaje apostólico al Líbano. Miles de fieles, representantes de diversas confesiones religiosas y líderes políticos se congregaron en esta explanada frente al mar para escuchar un mensaje de gratitud, esperanza y unidad en un país marcado por décadas de conflictos, una devastadora crisis económica y las cicatrices de tragedias como la explosión en el puerto de 2020.
El evento, parte de un periplo que incluyó una peregrinación a İznik por el 1700 aniversario del Primer Concilio de Nicea, no fue solo una liturgia, sino un llamado profético a la reconciliación. León XIV, visiblemente conmovido, aludió directamente a las «heridas que han marcado su historia», refiriéndose a su reciente oración en el sitio de la explosión portuaria, donde perecieron más de 200 personas. «Desde esta explanada que se asoma al mar, también yo puedo contemplar la belleza del Líbano cantada por la Escritura», comenzó el Papa en su homilía, evocando los cedros bíblicos y el aroma perfumado de la tierra descrito en el Cantar de los Cantares.
Sin embargo, el tono de la homilía pronto viró hacia la realidad cruda: pobreza, inestabilidad política, violencia y «antiguos temores» que oscurecen esa belleza divina. «La gratitud cede fácilmente paso al desencanto, el canto de alabanza no encuentra espacio en la desolación del corazón», reconoció el Pontífice, citando el Evangelio de Lucas (10,21): «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra». Pero en lugar de resignación, León XIV propuso una «conversión de la vida» inspirada en la pequeñez del Reino de Dios, comparado con un «pequeño retoño que surge de un tronco» según Isaías (11,1).
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El corazón del mensaje resonó en un imperativo de unidad interreligiosa y social. «Desarmen nuestros corazones, dejemos caer las armaduras de nuestras cerrazones étnicas y políticas, abramos nuestras confesiones religiosas al encuentro mutuo», exhortó el Papa, soñando con un Líbano donde «el lobo habitará con el cordero» (Isaías 11,6). Dirigiéndose directamente al pueblo libanés, lo llamó a «levantarse» como «morada de justicia y de fraternidad», y a convertirse en «profecía de paz para todo el Levante». Este llamado cobra especial urgencia en un contexto donde la crisis económica ha empujado a millones a la emigración y los conflictos regionales avivan divisiones sectarias.
Entre la multitud, ondeaban banderas libanesas y vaticanas, mientras coros entonaban himnos en árabe y latín. Testimonios de asistentes destacaron la fe «sencilla y genuina» elogiada por el Papa: familias arraigadas en tradiciones cristianas, parroquias que responden a las necesidades diarias y laicos comprometidos en la caridad. «Estas son las pequeñas luces que brillan en la noche», subrayó León XIV, alabando a sacerdotes y religiosos que perseveran «en medio de múltiples dificultades». Una madre de familia, entrevistada en el lugar, confesó: «Hoy siento que el Papa nos ve, nos entiende. Nos dice que no estamos solos en esta oscuridad».
La misa concluyó con una bendición especial por la paz en Oriente Medio, y el Papa elevó una plegaria final: «Rezo por ustedes, para que esta tierra del Levante esté siempre iluminada por la fe en Jesucristo, sol de justicia». Al abandonar el altar, León XIV besó un crucifijo libanés ofrecido por los jóvenes, simbolizando su compromiso con las «semillas de esperanza» en un jardín árido.
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Este viaje apostólico, que comenzó el 27 de noviembre en Turquía, deja un legado de diálogo ecuménico y solidaridad. Analistas locales ven en las palabras papales un espaldarazo a esfuerzos diplomáticos para estabilizar el país, recordando que el Líbano –con su mosaico de 18 confesiones reconocidas– ha sido históricamente un puente entre Oriente y Occidente. Mientras el sol se ponía sobre Beirut, el mensaje de León XIV perduraba: en la gratitud por lo pequeño nace la fuerza para transformar lo imposible. El desafío, ahora, recae en los libaneses: ¿podrán convertir este sueño profético en realidad?
Texto completo de la homilía:
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD LEÓN XIV
A TÜRKIYE Y AL LÍBANO
CON PEREGRINACIÓN A İZNIK (TÜRKIYE)
EN OCASIÓN DEL 1700.° ANIVERSARIO DEL PRIMER CONCILIO DE NICEA
(27 de noviembre – 2 de diciembre de 2025)
SANTA MISA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
«Beirut Waterfront» (Beirut)
Martes, 2 de diciembre de 2025
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Queridos hermanos y hermanas:
Al finalizar estos días intensos, que hemos compartido con alegría, celebramos nuestra acción de gracias al Señor por tantos dones recibidos de su bondad, por el modo en que se hace presente entre nosotros, por su Palabra que se nos ofrece en abundancia y por lo que nos ha permitido vivir juntos.
También Jesús, como acabamos de escuchar en el Evangelio, tiene palabras de gratitud para el Padre y, dirigiéndose a Él, reza diciendo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra» (Lc 10,21).
Sin embargo, la dimensión de la alabanza no siempre encuentra espacio dentro de nosotros. A veces, agobiados por las fatigas de la vida, preocupados por los numerosos problemas que nos rodean, paralizados por la impotencia ante el mal y oprimidos por tantas situaciones difíciles, nos sentimos más inclinados a la resignación y a la queja que al asombro del corazón y al agradecimiento.
La invitación a cultivar siempre actitudes de alabanza y gratitud la dirijo precisamente a ustedes, querido pueblo libanés. A ustedes, que son destinatarios de una belleza singular con la que el Señor ha adornado su tierra y que, al mismo tiempo, son espectadores y víctimas de cómo el mal, en sus múltiples formas, puede empañar esta maravilla.
Desde esta explanada que se asoma al mar, también yo puedo contemplar la belleza del Líbano cantada por la Escritura. El Señor ha plantado aquí sus altos cedros, los ha alimentado y saciado (cf. Sal 104,16), ha perfumado las vestiduras de la esposa del Cantar de los Cantares con el aroma de esta tierra (cf. Ct 4,11) y, en Jerusalén, ciudad santa revestida de luz por la venida del Mesías, anuncia: «Hasta ti llegará la gloria del Líbano, con el ciprés, el olmo y el abeto, para glorificar el lugar de mi Santuario, para honrar el lugar donde se posan mis pies» (Is 60,13).
Al mismo tiempo, sin embargo, esa belleza se ve oscurecida por la pobreza y el sufrimiento, por las heridas que han marcado su historia —acabo de rezar en el lugar de la explosión, en el puerto—; se ve oscurecida por los numerosos problemas que los afligen, por un contexto político frágil y a menudo inestable, por la dramática crisis económica que les oprime, por la violencia y los conflictos que han despertado antiguos temores.
En un escenario de este tipo, la gratitud cede fácilmente paso al desencanto, el canto de alabanza no encuentra espacio en la desolación del corazón, la fuente de la esperanza se seca por la incertidumbre y la desorientación.
Sin embargo, la Palabra del Señor nos invita a encontrar las pequeñas luces que brillan en lo hondo de la noche, tanto para abrirnos a la gratitud como para estimularnos al compromiso común en favor de esta tierra.
Como hemos escuchado, el motivo del agradecimiento de Jesús al Padre no es por obras extraordinarias, sino porque revela su grandeza precisamente a los pequeños y humildes, a aquellos que no llaman la atención, que parecen contar poco o nada, que no tienen voz. De hecho, el Reino que Jesús viene a inaugurar tiene precisamente esta característica de la que nos habló el profeta Isaías: es un brote, un pequeño retoño que surge de un tronco (cf. Is 11,1), una pequeña esperanza que promete el renacimiento cuando todo parece morir. Así se anuncia al Mesías y, al venir en la pequeñez de un brote, sólo puede ser reconocido por los pequeños, por aquellos que sin grandes pretensiones saben percibir los detalles ocultos, las huellas de Dios en una historia aparentemente perdida.
Es también una indicación para nosotros, para que tengamos ojos que sepan reconocer la pequeñez del retoño que surge y crece incluso en medio de una historia dolorosa. Pequeñas luces que brillan en la noche, pequeños brotes que despuntan, pequeñas semillas plantadas en el árido jardín de este tiempo histórico, también nosotros podemos verlos, aquí y también ahora. Pienso en su fe sencilla y genuina, arraigada en sus familias y alimentada por las escuelas cristianas; en el trabajo constante de las parroquias, las congregaciones y los movimientos para responder a las preguntas y necesidades de la gente; me vienen a la mente los numerosos sacerdotes y religiosos que se dedican a su misión en medio de múltiples dificultades; así como también los laicos, comprometidos en el campo de la caridad y en la promoción del Evangelio en la sociedad. Por estas luces que con esfuerzo tratan de iluminar la oscuridad de la noche, por estos brotes pequeños e invisibles que, sin embargo, abren la esperanza en el futuro, hoy debemos decir como Jesús: “¡Te alabamos, Padre!”. Te damos gracias porque estás con nosotros y no nos dejas vacilar.
Al mismo tiempo, esta gratitud no debe quedarse en un consuelo íntimo e ilusorio. Debe llevarnos a la transformación del corazón, a la conversión de la vida, a considerar que es precisamente en la luz de la fe, en la promesa de la esperanza y en la alegría de la caridad donde Dios ha pensado nuestra vida. Y, por eso, todos estamos llamados a cultivar estos brotes, a no desanimarnos, a no ceder a la lógica de la violencia ni a la idolatría del dinero, a no resignarnos ante el mal que se extiende.
Cada uno debe poner de su parte y todos debemos unir nuestros esfuerzos para que esta tierra pueda recuperar su esplendor. Y sólo hay una forma de hacerlo: desarmemos nuestros corazones, dejemos caer las armaduras de nuestras cerrazones étnicas y políticas, abramos nuestras confesiones religiosas al encuentro mutuo, despertemos en lo más profundo de nuestro ser el sueño de un Líbano unido, donde triunfen la paz y la justicia, donde todos puedan reconocerse hermanos y hermanas y donde, finalmente, se pueda realizar lo que nos describe el profeta Isaías: «El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos» (Is 11,6).
Este es el sueño que se les ha confiado, es lo que el Dios de la paz pone en sus manos: ¡Líbano, levántate! ¡Sé morada de justicia y de fraternidad! ¡Sé profecía de paz para todo el Levante!
Hermanos y hermanas, yo también quiero decir, repitiendo las palabras de Jesús: “Te alabo, Padre”. Elevo mi acción de gracias al Señor por haber compartido estos días con ustedes, mientras llevo en mi corazón sus sufrimientos y sus esperanzas. Rezo por ustedes, para que esta tierra del Levante esté siempre iluminada por la fe en Jesucristo, sol de justicia, y, gracias a Él, conserve la esperanza que no declina.
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