26 abril, 2026

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Papa León XIV invita a la humildad y la sinceridad en la oración

Durante el Ángelus de este domingo en la Plaza de San Pedro, el Pontífice reflexionó sobre la parábola del fariseo y el publicano, resaltando el valor del arrepentimiento y la honestidad ante Dios

Papa León XIV invita a la humildad y la sinceridad en la oración

En su mensaje del Ángelus, el Papa León XIV animó a los fieles a vivir la humildad y la sinceridad en la oración, tomando como ejemplo la parábola del fariseo y el publicano del Evangelio de Lucas (18,9-14).

El Santo Padre explicó que el fariseo, orgulloso de sus méritos y buenas obras, se muestra altivo y juzga con desprecio a los demás. “Su observancia de la Ley es exacta, pero carece de amor y misericordia”, afirmó.

En contraste, el publicano reconoce sus errores y se presenta ante Dios con humildad: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”, pronuncia con sencillez mientras se coloca al fondo del templo, solo y con la cabeza inclinada. Jesús, subrayó el Papa, “nos enseña que quien se presenta honestamente ante Dios y pide perdón, vuelve a casa justificado y renovado”.

San Agustín compara esta actitud con la de un enfermo que, por vergüenza, oculta sus llagas al médico, mientras que el publicano, con humildad, muestra sus heridas y pide ayuda. “No es extraño que saliera más curado el publicano, que no tuvo reparos en mostrar lo que le dolía”, citó el Pontífice.

El Papa León XIV invitó a los fieles a reconocer sus errores, asumir responsabilidades y confiar en la misericordia divina, recordando que el Reino de Dios “no pertenece a los soberbios, sino a los humildes” y se cultiva mediante la oración, la honestidad, el perdón y la gratitud.

Finalmente, pidió a la Virgen María, modelo de santidad, que guíe a los creyentes en el crecimiento de estas virtudes.

Texto completo del ángelus:

PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo, 26 de octubre de 2025

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buen domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Lc 18,9-14) nos presenta a dos personajes, un fariseo y un publicano, que oran en el Templo.

El primero se jacta de una larga lista de méritos. Las buenas obras que realiza son muchas, y por eso se siente mejor que los demás, a quienes juzga con desprecio. Se mantiene de pie, con la frente en alto. Su actitud es claramente presuntuosa: denota una observancia exacta de la Ley, sí, pero pobre en amor, hecha de “haber” y “tener”, de deudas y créditos, carente de misericordia.

El publicano también está rezando, pero de manera muy diferente. Tiene mucho por qué pedir perdón: es un recaudador de impuestos al servicio del imperio romano que trabaja con un contrato público, el cual le permite especular con los ingresos en detrimento de sus propios compatriotas. Sin embargo, al final de la parábola, Jesús nos dice que, de los dos, es precisamente él quien vuelve a casa “justificado”, es decir, perdonado y renovado por el encuentro con Dios. ¿Por qué?

En primer lugar, el publicano tiene el valor y la humildad de presentarse ante Dios. No se encierra en su mundo, no se resigna al mal que ha hecho. Abandona los lugares donde es temido, seguro, protegido por el poder que ejerce sobre los demás. Acude al templo solo, sin escolta, aun a costa de enfrentarse a miradas duras y juicios severos, y se coloca delante del Señor, al fondo, con la cabeza inclinada hacia abajo, pronunciando unas pocas palabras: «¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!» (v. 13).

Así, Jesús nos da un mensaje poderoso: no es ostentando nuestros méritos como nos salvamos, ni ocultando nuestros errores, sino presentándonos honestamente, tal como somos, ante Dios, ante nosotros mismos y ante los demás, pidiendo perdón y confiando en la gracia del Señor.

Al comentar este episodio, san Agustín compara al fariseo con un enfermo que, por vergüenza y orgullo, oculta sus llagas al médico, y al publicano con otro que, con humildad y sabiduría, muestra al médico sus heridas, por muy feas que sean, y le pide ayuda. Y concluye: «No es, pues, extraño que saliera más curado el publicano, que no tuvo reparos en mostrar lo que le dolía» (Sermón 351,1).

Queridos hermanos y hermanas, hagamos lo mismo. No tengamos miedo de reconocer nuestros errores, de ponerlos al descubierto asumiendo nuestra responsabilidad y confiándolos a la misericordia de Dios. Así podrá crecer, en nosotros y a nuestro alrededor, su Reino, que no pertenece a los soberbios, sino a los humildes, y que se cultiva, en la oración y en la vida, a través de la honestidad, el perdón y la gratitud.

Pidamos a María, modelo de santidad, que nos ayude a crecer en estas virtudes.

Exaudi Redacción

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