26 abril, 2026

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Papa León XIV en Turquía: «Este país es un puente entre Oriente y Occidente»

En su primer viaje apostólico fuera de Italia desde el inicio de su pontificado en mayo, el Pontífice urge a la unidad social, el respeto a la diversidad y la protección de la creación durante un encuentro con autoridades en Ankara, en el marco del 1700 aniversario del Concilio de Nicea

Papa León XIV en Turquía: «Este país es un puente entre Oriente y Occidente»

El Papa León XIV ha llevado a cabo este jueves su primer viaje apostólico internacional, visitando Turquía en un gesto simbólico que refuerza el diálogo interreligioso y la fraternidad global. Elegido como sucesor de Pedro el 8 de mayo de 2025 y habiendo iniciado oficialmente su ministerio petrino con una misa multitudinaria en la Plaza de San Pedro el 18 de mayo, este periplo marca el debut del Pontífice fuera de las fronteras italianas. La gira, que también incluirá una visita a Líbano, arranca en Ankara con un emotivo discurso ante las autoridades turcas, la sociedad civil y el cuerpo diplomático, destacando el rol histórico de Turquía como cuna del cristianismo y «puente» entre continentes y culturas.

En un salón repleto de representantes gubernamentales, líderes religiosos y diplomáticos, el Papa León XIV –quien asumió el papado tras el fallecimiento de Francisco en 2024– ha enfatizado la necesidad de construir «fraternidad» en un mundo polarizado por conflictos y desigualdades. «Esta tierra está inextricablemente ligada a los orígenes del cristianismo, y hoy invita a los hijos de Abraham y a toda la humanidad a una fraternidad que reconoce y aprecia las diferencias», proclamó el Pontífice al inicio de su intervención, dirigida al presidente turco y a los presentes.

El discurso, pronunciado en inglés con traducción simultánea al turco, ha girado en torno a la imagen del puente sobre el estrecho de los Dardanelos, logo oficial del viaje, como metáfora de la identidad turca. «Antes de unir Asia con Europa, Oriente con Occidente, este puente conecta a Turquía consigo misma», afirmó León XIV, subrayando que la diversidad interna del país no es una debilidad, sino una riqueza que fomenta civilizaciones grandes. En este sentido, ha advertido contra la «uniformidad» que empobrece a la sociedad y ha abogado por una «cultura del encuentro», inspirada en las enseñanzas de su predecesor, el Papa Francisco, y en la figura de San Juan XXIII, conocido como el «Papa turco» por su labor como delegado apostólico en el país entre 1935 y 1945.

El Papa ha extendido su mensaje a temas globales de candente actualidad. Ha llamado a proteger la creación de Dios ante la belleza natural de Turquía, criticando las «ambiciones y elecciones que pisotean la justicia y la paz». En un guiño a los avances tecnológicos, ha alertado sobre el riesgo de que la inteligencia artificial «exacerbe la injusticia» si no se orienta hacia el bien común, reproduciendo «nuestras propias preferencias» en lugar de promover la solidaridad. «La justicia y la misericordia desafían la mentalidad de ‘el poder hace el derecho’, y se atreven a pedir que la compasión y la solidaridad sean los criterios auténticos para el desarrollo», sentenció, recordando al Dios «misericordioso y compasivo» del Salmo 103.

Un capítulo especial ha dedicado el Pontífice a la familia, pilar de la cultura turca, como «primer núcleo de la vida social» donde se aprende el valor del «otro». Ha elogiado las iniciativas locales que apoyan el matrimonio y la natalidad, rechazando las «economías consumistas» que convierten la soledad en un negocio. Además, ha destacado el rol de la mujer en la sociedad turca: «A través de sus estudios y participación activa en la vida profesional, cultural y política, las mujeres se ponen al servicio de su país y de su influencia positiva en la escena internacional». Este énfasis en la igualdad y el empoderamiento femenino resuena con los esfuerzos de Turquía por modernizar su sociedad, aunque persisten desafíos en derechos de género y libertades civiles.

León XIV ha recordado las visitas de sus predecesores –Pablo VI en 1967, Juan Pablo II en 1979, Benedicto XVI en 2006 y Francisco en 2014– como prueba de las «buenas relaciones» entre la Santa Sede y la República de Turquía. «Deseamos cooperar en la construcción de un mundo mejor con la contribución de este país, que es un puente entre Oriente y Occidente, Asia y Europa, y un cruce de culturas y religiones», afirmó. En el contexto del aniversario de Nicea, ha invocado el espíritu de diálogo de los primeros ocho concilios ecuménicos celebrados en tierras turcas actuales, urgiendo a «promover el diálogo con voluntad firme y resolución paciente».

El Pontífice no ha eludido las tensiones globales: ha denunciado una «tercera guerra mundial a pedazos», alimentada por estrategias de poder económico y militar, que desvían recursos de desafíos reales como la paz, la lucha contra el hambre, la salud, la educación y la protección ambiental. «El futuro de la humanidad está en juego. ¡No cedamos de ninguna manera!», exclamó, proponiendo que la Santa Sede, con su «fuerza espiritual y moral», colabore con naciones comprometidas con el desarrollo integral. «Caminemos juntos, en verdad y en amistad, confiando humildemente en la ayuda de Dios», concluyó, ante un auditorio que aplaudió con calidez.

Este viaje apostólico, que se extenderá hasta el 2 de diciembre e incluirá Líbano, llega en un momento de inestabilidad regional, marcado por conflictos en Oriente Medio y tensiones migratorias en el Mediterráneo. La presencia de León XIV en Turquía –país con una minoría cristiana de apenas el 0,2% de su población de 85 millones– refuerza el compromiso de la Iglesia católica con el ecumenismo y el diálogo interreligioso, en un contexto donde el islam sunita predomina bajo el liderazgo del presidente Recep Tayyip Erdogan. Analistas ven en este periplo un gesto de continuidad con el legado de Francisco, pero con un acento renovado en la «unidad de la familia humana» frente a la polarización mundial.

El discurso ha sido recibido con optimismo por la comunidad católica local, que representa a unos 35.000 fieles, y por observadores diplomáticos, quienes destacan el potencial de Turquía como mediador en crisis globales. Mientras el Papa se prepara para su peregrinación a İznik, su mensaje resuena como un llamado urgente a la reconciliación en un mundo fracturado.


Texto completo del discurso del Papa León XIV:

Viaje Apostólico a Turquía: Encuentro con las Autoridades, la Sociedad Civil y el Cuerpo Diplomático (Ankara, 27 de noviembre de 2025)

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Ankara Jueves, 27 de noviembre de 2025

Señor Presidente, Autoridades distinguidas, Miembros del Cuerpo Diplomático, Señoras y Señores,

¡Muchas gracias por su amable bienvenida! Me complace comenzar los Viajes Apostólicos de mi Pontificado con una visita a su país, pues esta tierra está inextricablemente ligada a los orígenes del cristianismo, y hoy convoca a los hijos de Abraham y a toda la humanidad a una fraternidad que reconoce y aprecia las diferencias.

La belleza natural de su país nos urge a proteger la creación de Dios. Además, la riqueza cultural, artística y espiritual de los lugares que habitan nos recuerda que, cuando diferentes generaciones, tradiciones e ideas se encuentran, se forjan grandes civilizaciones en las que el desarrollo y la sabiduría se unen en una unidad. Por un lado, es cierto que la historia humana tiene siglos de conflictos a sus espaldas, y que el mundo que nos rodea aún está desestabilizado por ambiciones y elecciones que pisotean la justicia y la paz. Al mismo tiempo, ante los desafíos, ser un pueblo con un pasado tan grande es tanto un don como una responsabilidad.

La imagen del puente sobre el estrecho de los Dardanelos, elegida como logo de mi viaje, expresa elocuentemente el rol especial de su país. Ustedes tienen un lugar importante en el presente y el futuro del Mediterráneo, y del mundo entero, sobre todo valorando su diversidad interna. Incluso antes de unir Asia con Europa, Oriente con Occidente, este puente conecta a Turquía consigo misma. Une diferentes partes del país, convirtiéndolo, por así decirlo, en un “cruce de sensibilidades”. En tal caso, la uniformidad sería un empobrecimiento. De hecho, una sociedad está viva si tiene pluralidad, pues lo que la hace una sociedad civil son los puentes que unen a su pueblo. Sin embargo, hoy las comunidades humanas están cada vez más polarizadas y desgarradas por posiciones extremas que las fragmentan.

Les aseguro con gusto que los cristianos desean contribuir positivamente a la unidad de su país. Ellos son, y se sienten parte, de la identidad turca, que fue muy estimada por San Juan XXIII, a quien recuerdan como el “Papa turco” por la profunda amistad que siempre lo unió a su pueblo. Él fue Administrador del Vicariato Latino de Estambul y Delegado Apostólico en Turquía y Grecia de 1935 a 1945, y trabajó incansablemente para asegurar que los católicos no se excluyeran del desarrollo en curso de su nueva República. Escribió en aquellos años que aquí, en esta Nación, “nosotros los católicos latinos de Estambul, y los católicos de otros ritos, armenios, griegos, caldeos, sirios, etc., somos una minoría modesta que vive en la superficie de un vasto mundo con el que tenemos solo contacto limitado. Nos gusta distinguirnos de aquellos que no profesan nuestra fe: nuestros hermanos ortodoxos, protestantes, judíos, musulmanes, creyentes y no creyentes de otras religiones… Parece lógico que todos se ocupen de sus propios asuntos, de sus tradiciones familiares o nacionales, manteniéndose dentro del círculo limitado de su propia comunidad… Mis queridos hermanos y hermanas, mis queridos hijos, debo decirles que, a la luz del Evangelio y de los principios católicos, esta es una lógica falsa.” [1] [] Desde entonces, se han dado avances indudables dentro de la Iglesia y en su sociedad, pero esas palabras aún resuenan con fuerza en nuestro día y continúan inspirando un modo de pensar más evangélico y genuino, que el Papa Francisco llamó la “cultura del encuentro”.

En efecto, desde el mismo corazón del Mediterráneo, mi venerable Predecesor se opuso a la “globalización de la indiferencia”, invitándonos a sentir el dolor de los demás y a escuchar el grito de los pobres y de la tierra. Así nos animó a una acción compasiva, que es un reflejo del único Dios misericordioso y compasivo, “lento para la ira y grande en misericordia” ( Sal 103:8). La imagen de su gran puente también es útil en este sentido, pues Dios, al revelarse, estableció un puente entre el cielo y la tierra. Lo hizo para que nuestros corazones cambien, volviéndose como el suyo. Es un vasto puente colgante, que casi desafía las leyes de la física. De igual modo, además de sus aspectos íntimos y privados, el amor también tiene una dimensión visible y pública.

Además, la justicia y la misericordia desafían la mentalidad de “el poder hace el derecho”, y se atreven a pedir que la compasión y la solidaridad se consideren como los criterios auténticos para el desarrollo. Por esta razón, en una sociedad como la de aquí en Turquía, donde la religión juega un rol visible, es esencial honrar la dignidad y la libertad de todos los hijos de Dios, tanto hombres como mujeres, conciudadanos y extranjeros, pobres y ricos. Todos somos hijos de Dios, y esto tiene implicaciones personales, sociales y políticas. Aquellos con corazones dóciles a la voluntad de Dios siempre promueven el bien común y el respeto por todos. Hoy, este es un gran desafío, que debe remodelar las políticas locales y las relaciones internacionales, especialmente ante los desarrollos tecnológicos que de otro modo podrían exacerbar la injusticia en lugar de ayudar a superarla. Incluso la inteligencia artificial simplemente reproduce nuestras propias preferencias y acelera procesos que, a un examen más atento, no son obra de máquinas, sino de la humanidad misma. Trabajemos juntos, por tanto, para cambiar la trayectoria del desarrollo y reparar el daño ya hecho a la unidad de nuestra familia humana.

Señoras y señores, acabo de mencionar la familia humana. Esta metáfora nos invita a establecer una conexión –una vez más, un puente– entre nuestro destino común y las experiencias de cada individuo. En efecto, para cada uno de nosotros, la familia fue el primer núcleo de la vida social, en el que aprendimos que sin el “otro” no hay “yo”. Más que en otros países, la familia retiene una gran importancia en la cultura turca, y no faltan iniciativas para apoyar su centralidad. En efecto, las actitudes esenciales para la convivencia civil, más la sensibilidad inicial y fundamental hacia el bien común, maduran precisamente dentro de la familia. Por supuesto, cada familia también puede cerrarse en sí misma, cultivar hostilidad o impedir que algunos de sus miembros se expresen hasta el punto de obstaculizar el desarrollo de sus talentos. No obstante, las personas no obtienen mayores oportunidades ni felicidad de una cultura individualista, ni mostrando desprecio por el matrimonio o evitando la apertura a la vida.

Además, las economías consumistas son engañosas en que convierten la soledad en un negocio. Deberíamos responder a esto con una cultura que aprecie el afecto y la conexión personal. Pues solo juntos podemos llegar a ser nuestros auténticos yo. Solo a través del amor nuestra vida interior se vuelve profunda y nuestra identidad fuerte. Aquellos que desprecian los lazos humanos fundamentales, y no aprenden a soportar incluso sus limitaciones y fragilidad, se vuelven más fácilmente intolerantes e incapaces de interactuar con nuestro mundo complejo. Al mismo tiempo, es dentro de la vida familiar donde el valor del amor conyugal y la contribución de las mujeres emergen de una manera muy específica. Las mujeres, en particular, a través de sus estudios y participación activa en la vida profesional, cultural y política, se están colocando cada vez más al servicio de su país y de su influencia positiva en la escena internacional. Debemos valorar grandemente, entonces, las importantes iniciativas en este sentido, que apoyan a la familia y la contribución que las mujeres hacen hacia el pleno florecimiento de la vida social.

Señor Presidente, que Turquía sea una fuente de estabilidad y acercamiento entre pueblos, al servicio de una paz justa y duradera. Las visitas a Turquía por parte de cuatro Papas – Pablo VI en 1967, Juan Pablo II en 1979, Benedicto XVI en 2006 y Francisco en 2014– muestran que la Santa Sede no solo mantiene buenas relaciones con la República de Turquía, sino que también desea cooperar en la construcción de un mundo mejor con la contribución de este país, que es un puente entre Oriente y Occidente, entre Asia y Europa, y un cruce de culturas y religiones. La ocasión particular de mi propia visita, el 1700 aniversario del Concilio de Nicea, nos habla de encuentro y diálogo, al igual que el hecho de que los primeros ocho concilios ecuménicos se celebraron en las tierras del actual Turquía.

Hoy, más que nunca, necesitamos personas que promuevan el diálogo y lo practiquen con voluntad firme y resolución paciente. En el aftermath de las tragedias de dos guerras mundiales, que vieron la construcción de grandes organizaciones internacionales, ahora estamos experimentando una fase marcada por un nivel elevado de conflicto a nivel global, impulsado por estrategias predominantes de poder económico y militar. Esto está permitiendo lo que el Papa Francisco llamó “una tercera guerra mundial librada a pedazos”. ¡No debemos ceder de ninguna manera! El futuro de la humanidad está en juego. Las energías y recursos absorbidos por esta dinámica destructiva se están desviando de los verdaderos desafíos que la familia humana debería enfrentar juntos hoy, a saber: la paz, la lucha contra el hambre y la pobreza, la salud y la educación, y la protección de la creación.

La Santa Sede, con solo su fuerza espiritual y moral, desea cooperar con todas las naciones que tienen a corazón el desarrollo integral de cada persona. Caminemos juntos, entonces, en verdad y en amistad, confiando humildemente en la ayuda de Dios.

Gracias.


[1] Angelo G. Roncalli (Juan XXIII), La predicación a Estambul. Homilías, discursos y notas pastorales (1935-1944), Olschki, Florencia 1993, 367-368.

Exaudi Redacción

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