19 abril, 2026

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Papa León XIV a los jóvenes en Líbano: «Aún hay tiempo para soñar, planear y hacer el bien»

El Pontífice, en un emotivo encuentro durante su viaje apostólico, insta a la juventud libanesa, siria e iraquí a cultivar la esperanza y el amor auténtico en medio de guerras e injusticias, recordándoles que son el "presente" para un futuro de paz y reconciliación

Papa León XIV a los jóvenes en Líbano: «Aún hay tiempo para soñar, planear y hacer el bien»

En un ambiente cargado de fe y entusiasmo juvenil que evocaba una Jornada Mundial de la Juventud en miniatura, el Papa León XIV se reunió este domingo con cientos de jóvenes libaneses, sirios e iraquíes en la plaza frente al Patriarcado Maronita de Antioquía, en Bkerké, al norte de Beirut. Con vistas a la bahía de Jounieh y bajo el saludo inicial de «as-salamu alaikum», el Santo Padre dirigió un mensaje vibrante de esperanza, instando a la nueva generación a no rendirse ante el desaliento y a transformar el dolor de un mundo «desfigurado por guerras e injusticias» en un amanecer de paz.

El encuentro, parte del viaje apostólico del Papa al Líbano –su primera visita oficial al país cedro desde el inicio de su pontificado–, se convirtió en un espacio de diálogo abierto. Tras escuchar testimonios conmovedores de voluntarios que han enfrentado el horror de la guerra y desastres como la explosión del puerto de Beirut en 2020, el Pontífice respondió a preguntas sobre esperanza, relaciones humanas y el rol de la juventud en la construcción de un futuro mejor. Jóvenes como Anthony, Maria, Élie y Joelle compartieron historias de coraje: Élie, quien decidió quedarse en su país pese a la crisis para «soñar con Líbano»; y Joelle, que abrió su hogar a una familia musulmana refugiada en medio del conflicto, encarnando un puente de solidaridad interreligiosa.

«Aún hay tiempo para soñar, planear y hacer el bien», proclamó el Papa León XIV, citando el Libro de Qohelet para subrayar que los jóvenes poseen el «don del tiempo», un tesoro que muchos adultos han perdido en el cinismo. «Ustedes son la esperanza que los mayores hemos extraviado», les dijo, comparándolos con los cedros libaneses, símbolo nacional cuya fuerza radica en raíces profundas de servicio desinteresado, extendidas tanto como sus ramas. En un mundo dividido por conflictos en Siria, Irak y el propio Líbano –país azotado por tensiones económicas, políticas y el eco de la guerra en la región–, el Papa llamó a la reconciliación como antídoto: «La paz auténtica no nace de ideas o contratos, sino de Cristo resucitado, fundamento de nuestra confianza».

Sobre las relaciones humanas, el mensaje papal fue un llamado a rechazar el individualismo y los amores efímeros. «No se ama de verdad si se ama con fecha de caducidad. Un amor con vencimiento es un amor mediocre», advirtió, promoviendo amistades basadas en un «tú» que prevalezca sobre el «yo», forjando un «nosotros» abierto a la sociedad y la humanidad entera. El amor, describió, es el «lenguaje universal de Dios», narrado en la vida de Jesús y ejemplificado por santos como San Pío Giorgio Frassati, Carlo Acutis, y figuras libanesas veneradas: Santa Rafqa, Beato Yakub El-Haddad y San Charbel. En un mundo distraído por el ruido, exhortó a buscar a Dios en el silencio diario y a llevar en el corazón la oración de San Francisco por la paz, para avivar el «entusiasmo cristiano» que cambia la historia.

El evento culminó en un ritual simbólico: los jóvenes prometieron ser «artífices de paz y portadores de reconciliación», mientras el Papa concluía con una visión optimista: «La paz es un amanecer brillante en la noche oscura». Este encuentro refuerza el compromiso del Vaticano con el Oriente Medio, donde la Iglesia busca unir a cristianos, musulmanes y comunidades diversas en un esfuerzo por la justicia. Recordando las palabras de San Juan Pablo II –»No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón»–, León XIV dejó claro que la verdadera fuerza de Líbano y de sus jóvenes radica en gestos cotidianos de caridad y perdón, no en intereses partidistas.

El viaje apostólico del Papa al Líbano, que se extiende hasta el próximo miércoles, incluye misas multitudinarias y diálogos interreligiosos, en un contexto de recuperación postconflicto. Para los presentes, el mensaje fue un bálsamo: en medio del sufrimiento, aún hay tiempo para soñar y actuar. Como afirmó el Pontífice, «el entusiasmo refleja la cercanía amorosa de Dios», uniendo a todos en fe y comunión.

Texto completo:

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
TÜRKIYE Y AL LÍBANO
CON PEREGRINACIÓN A IZNIK (TÜRKIYE)
CON MOTIVO DEL 1700 ANIVERSARIO DEL PRIMER CONCILIO ECUMÉNICO DE NICEA
(27 de noviembre – 2 de diciembre de 2025)

ENCUENTRO CON LOS JÓVENES
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Plaza frente al Patriarcado Católico Maronita de Antioquía (Bkerké)
Lunes 1 de diciembre de 2025

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¡Assalamu lakum!
¡Queridos jóvenes del Líbano, la paz esté con ustedes! ¡Assalamu lakum!

Este es el saludo de Jesús Resucitado (cf. Jn 20,19) y es el que sostiene la alegría de nuestro encuentro. El entusiasmo que sentimos en el corazón expresa la cercanía amorosa de Dios, que nos reúne como hermanos y hermanas para compartir nuestra fe en Él y nuestra comunión entre nosotros.

Gracias a todos por la cálida acogida y a Su Beatitud por sus cordiales palabras de bienvenida. Saludo de modo especial a los jóvenes venidos de Siria y de Irak, y a los libaneses que han regresado a casa desde el extranjero. Todos estamos reunidos aquí para escucharnos unos a otros y para pedir al Señor que inspire nuestras decisiones futuras. En este sentido, los testimonios que nos han ofrecido Anthony, Maria, Elie y Joelle abren verdaderamente nuestro corazón y nuestra mente.

Sus historias hablan de valentía en medio del sufrimiento. Hablan de esperanza ante la decepción y de paz interior en tiempos de guerra. Son como estrellas brillantes en el cielo nocturno que nos dejan entrever los primeros rayos del amanecer. En todos estos conflictos, muchos de nosotros podemos reconocer nuestras propias experiencias, buenas y malas. La historia del Líbano está tejida de momentos gloriosos, pero también está marcada por heridas profundas que tardan en sanar. Estas heridas tienen causas que van más allá de las fronteras nacionales y se entrelazan con dinámicas sociales y políticas muy complejas.

Queridos jóvenes, tal vez lamenten haber heredado un mundo desgarrado por las guerras y desfigurado por la injusticia social. ¡Pero hay esperanza, y la esperanza está en ustedes! Ustedes poseen un don que muchas veces nosotros los adultos parecemos haber perdido. ¡Ustedes tienen esperanza! ¡Tienen tiempo! Tienen más tiempo para soñar, para proyectar y para hacer el bien. ¡Ustedes son el presente y el futuro ya está tomando forma en sus manos! ¡Ustedes tienen el entusiasmo para cambiar el rumbo de la historia! La verdadera oposición al mal no es el mal, sino el amor: un amor capaz de curar las propias heridas y, al mismo tiempo, de cuidar las heridas de los demás.

La dedicación de Anthony y Maria a los necesitados, la perseverancia de Elie y la generosidad de Joelle son profecías de un futuro nuevo que llegará mediante la reconciliación y la ayuda mutua. Así se cumplen las palabras de Jesús: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra»; «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,5.9). ¡Queridos jóvenes, vivan a la luz del Evangelio y serán bienaventurados a los ojos del Señor!

Su patria, el Líbano, volverá a florecer, bello y vigoroso como el cedro, símbolo de la unidad y la fecundidad del pueblo. Ustedes saben bien que la fuerza del cedro está en sus raíces, que suelen tener el mismo tamaño que sus ramas. El número y la fuerza de las ramas corresponden al número y la fuerza de sus raíces. De la misma manera, las muchas cosas buenas que hoy vemos en la sociedad libanesa son fruto del trabajo humilde, escondido y honesto de tantísimas personas de buena voluntad, de las muchas raíces buenas que no quieren hacer crecer solo una rama del cedro libanés, sino todo el árbol, en toda su belleza. Beban de esas raíces buenas de quienes se dedican a servir a la sociedad sin servirse de ella para sus propios intereses. Con un compromiso generoso por la justicia, proyecten juntos un futuro de paz y desarrollo. ¡Sean la fuente de esperanza que el país está esperando!

En este sentido, sus preguntas nos permiten trazar un camino ciertamente exigente, pero también apasionante.

Me han preguntado dónde encontrar un fundamento firme para perseverar en el compromiso por la paz. Queridos amigos, ese fundamento firme no puede ser solo una idea, un contrato o un principio moral. El verdadero principio de vida nueva es la esperanza que viene de lo alto: ¡es Cristo mismo! Jesús murió y resucitó para la salvación de todos. Él, el Viviente, es el fundamento de nuestra confianza; Él es el testigo de la misericordia que redime al mundo de todo mal. Como recordaba san Agustín evocando al apóstol Pablo: «En Él está nuestra paz; de Él sacamos nuestra paz» (Comentario al Evangelio de Juan, LXXVII, 3). La paz no es auténtica si es fruto de intereses partidistas. Solo es sinceramente auténtica cuando hago a los demás lo que quisiera que me hicieran a mí (cf. Mt 7,12). Inspirado verdaderamente, san Juan Pablo II dijo una vez: «No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón» (Mensaje para la 35ª Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2002). Es efectivamente así: el perdón conduce a la justicia, que es el fundamento de la paz.

A la segunda pregunta también se puede responder exactamente del mismo modo. Es verdad que vivimos en una época en que las relaciones personales son frágiles y se consumen como objetos. Incluso entre los jóvenes, a veces los intereses personales pueden anteponerse a la confianza en los demás, y el cuidado del otro es sustituido por el propio provecho. Estas actitudes convierten incluso realidades bellas como la amistad y el amor en algo superficial, confundiéndolas con una satisfacción egoísta. Si el yo está en el centro de una amistad o de una relación amorosa, no puede dar fruto. Tampoco es amor verdadero si solo amamos mientras dura el sentimiento. Si el amor tiene fecha de caducidad, no es amor verdadero. Al contrario, la amistad es auténtica cuando pone el «tú» antes que el «yo». Esta mirada respetuosa y acogedora hacia los demás hace posible construir un «nosotros» más grande, abierto a toda la sociedad y a toda la humanidad. El amor es auténtico y puede durar para siempre solo cuando refleja el esplendor eterno de Dios, Dios que es amor (cf. 1 Jn 4,8). Las relaciones sólidas y fecundas se construyen juntos sobre la confianza mutua, sobre ese «para siempre» que es el corazón palpitante de toda vocación a la vida familiar y a la consagración religiosa.

Queridos jóvenes, ¿qué expresa más que nada la presencia de Dios en el mundo? ¡El amor, la caridad! La caridad habla un lenguaje universal porque habla a todo corazón humano. No es solo un concepto, sino una historia que se revela en la vida de Jesús y de los santos que nos acompañan en las pruebas de la vida. Piensen en tantos jóvenes que, como ustedes, no se han dejado abatir por las injusticias ni por los malos ejemplos, incluso los que se encuentran dentro de la Iglesia, sino que han intentado abrir caminos nuevos en busca del Reino de Dios y de su justicia. ¡Con la fuerza que reciben de Cristo, construyan un mundo mejor que el que han heredado! Como jóvenes, ustedes establecen relaciones con los demás con mayor facilidad, incluso con personas de culturas y religiones diferentes. La verdadera renovación que desea un corazón joven comienza con gestos cotidianos: acoger al prójimo y al lejano, tender la mano a los amigos y a los refugiados, perdonar a los enemigos (tarea difícil pero necesaria).

Miremos los muchos ejemplos maravillosos de los santos. Piensen en Pier Giorgio Frassati y en Carlo Acutis, dos jóvenes canonizados en este Año Jubilar. Piensen en los numerosos santos libaneses. ¡Qué belleza singular vemos en la vida de santa Rafqa, que soportó años de enfermedad con fortaleza y dulzura! ¡Cuántos actos de compasión realizó el beato Yakub El-Haddad ayudando a los abandonados y olvidados por todos!

¡Qué luz potente brota de la oscuridad en la que san Charbel eligió retirarse, él que se ha convertido en uno de los símbolos del Líbano en todo el mundo! Sus ojos siempre aparecen cerrados, como velando un misterio infinitamente mayor. A través de los ojos de san Charbel, cerrados para ver a Dios con mayor claridad, seguimos percibiendo con mayor claridad la luz de Dios. Es muy hermosa la canción que le está dedicada: «Tú que duermes y cuyos ojos son luz para los nuestros, sobre tus párpados ha florecido un grano de incienso». Queridos jóvenes, que la luz divina brille también en sus ojos y que florezca el incienso de la oración. En un mundo de distracciones y vanidad, tomen cada día tiempo para cerrar los ojos y mirar solo a Dios. A veces Él parece callado o ausente, pero se revela a quien lo busca en el silencio. Mientras se esfuerzan por hacer el bien, les pido que sean contemplativos como san Charbel: rezando, leyendo la Sagrada Escritura, participando en la Santa Misa y pasando tiempo en adoración. El Papa Benedicto XVI dijo a los cristianos de Oriente Medio: «Los animo a cultivar una amistad verdadera y duradera con Jesús gracias a la fuerza de la oración» (Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Medio Oriente, 63).

Queridos amigos, entre todos los santos brilla María, la Madre de Dios y Madre nuestra, la Toda Santa. Muchos jóvenes llevan siempre consigo un rosario, ya sea en el bolsillo, en la muñeca o colgado al cuello. ¡Qué hermoso es mirar a Jesús con los ojos del corazón de María! Incluso desde aquí, donde estamos ahora, ¡qué dulce es elevar la mirada con esperanza y confianza hacia Nuestra Señora del Líbano!

Queridos jóvenes, quiero dejarles una oración sencilla y hermosa atribuida a san Francisco de Asís: «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz: donde haya odio, que ponga amor; donde haya ofensa, perdón; donde haya discordia, unidad; donde haya duda, fe; donde haya error, verdad; donde haya desesperación, esperanza; donde haya tristeza, alegría; donde haya tinieblas, luz». Que esta oración mantenga viva en sus corazones la alegría del Evangelio y el entusiasmo cristiano. «Entusiasmo» significa «tener a Dios dentro del alma». Cuando el Señor habita en nosotros, la esperanza que Él nos da da fruto en el mundo. En efecto, la esperanza es una virtud «pobre», porque se presenta con las manos vacías; sus manos están siempre libres para abrir puertas que parecen cerradas por el cansancio, el dolor o la decepción.

El Señor estará siempre con ustedes y pueden estar seguros del apoyo de toda la Iglesia en los desafíos decisivos de sus vidas y en la historia de su amada patria. Los encomiendo a la protección de la Madre de Dios, Nuestra Señora, que desde la cumbre de esta montaña contempla este nuevo florecimiento.

¡Jóvenes del Líbano, crezcan fuertes como los cedros y hagan florecer al mundo con esperanza!

[Bendición]

¡Grazie a tutti! ¡Shukran!

Exaudi Redacción

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