19 abril, 2026

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El Papa León XIV en Angola: “No tengan miedo de construir la esperanza del futuro”

Santa Misa y Regina Coeli: Superar divisiones, odio y corrupción para dar un futuro a los jóvenes

El Papa León XIV en Angola: “No tengan miedo de construir la esperanza del futuro”

El 19 de abril de 2026, en su primer día completo de visita a Angola, el Papa León XIV presidió la santa misa ante aproximadamente 100.000 fieles reunidos en la explanada de Kilamba, un barrio periférico situado a unos 30 kilómetros de Luanda. La celebración, enmarcada en la tercera domingo de Pascua, se convirtió en un momento central de su viaje apostólico por África y dejó un mensaje claro y esperanzador para el pueblo angolano.

En su homilía, pronunciada en portugués, el Santo Padre se inspiró en el Evangelio de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). Relatando cómo aquellos dos seguidores de Jesús caminaban desanimados, con el corazón lastimado tras la muerte de su Maestro, el Papa trazó un paralelismo directo con la historia reciente de Angola: un país “magnífico y herido”, marcado por una larga guerra civil que dejó secuelas de enemistades, divisiones profundas, recursos malgastados y pobreza persistente.

“Cuando se está sumergido durante mucho tiempo en una historia marcada por el dolor, se corre el riesgo de perder la esperanza y quedarse paralizado por el desánimo”, advirtió. Pero inmediatamente ofreció la Buena Noticia: “Él está vivo, está resucitado y camina a nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y de la amargura”. Jesús se acerca, ayuda a recomponer los fragmentos de la historia, abre los ojos y concede la gracia de recomenzar.

León XIV recordó que la compañía del Señor se experimenta especialmente en la oración, la escucha de su Palabra y, de modo singular, en la Eucaristía. Invitó a los fieles a mantenerse fieles a la enseñanza de la Iglesia, a confiar en sus pastores y a fijar la mirada en Jesús, evitando mezclar la fe con elementos mágicos o supersticiosos presentes en algunas formas tradicionales de religiosidad que, aunque forman parte de las raíces culturales, no ayudan en el camino espiritual.

El Pontífice subrayó que la Iglesia en Angola está llamada a acompañar a su pueblo, a recoger “el grito de sus hijos” y a reavivar la esperanza perdida, especialmente entre los jóvenes. “Angola necesita obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas, religiosos, laicos y laicas que tengan en el corazón el deseo de romper su propia vida y entregarla a los demás, de comprometerse en el amor y el perdón mutuo, de construir espacios de fraternidad y de paz, de realizar gestos de compasión y solidaridad hacia quienes más lo necesitan”.

Con la gracia de Cristo Resucitado, insistió, es posible convertirse en “ese pan partido que transforma la realidad”. Y lanzó una invitación concreta: “Podemos y queremos construir un país donde sean superadas para siempre las viejas divisiones, donde desaparezcan el odio y la violencia, donde la llaga de la corrupción sea sanada por una nueva cultura de la justicia y del compartir. Solo así será posible un futuro de esperanza, sobre todo para los tantos jóvenes que la han perdido”.

Al concluir, el Papa dirigió a los presentes una exhortación directa y llena de fuerza: “Hermanos y hermanas, hoy hace falta mirar hacia el futuro con esperanza y construir la esperanza del futuro. ¡No tengan miedo de hacerlo!”.

La misa en Kilamba, celebrada bajo una gran estructura semisferica que servía de altar, transcurrió en un ambiente festivo. El Pontífice llegó en papamóvil saludando a la multitud, que lo recibió con cantos, danzas y una cálida acogida. Muchos jóvenes estuvieron presentes, reflejando la vitalidad de una Iglesia que, pese a las heridas del pasado, mira con confianza al Resucitado.

Este primer gran encuentro eucarístico del Papa León XIV en Angola deja un mensaje claro y urgente: el dolor histórico no debe paralizar al país. Con Jesús como compañero de camino, los angolanos están llamados a reconstruir, a sanar divisiones y a convertirse en protagonistas de una nueva sociedad marcada por la justicia, la fraternidad y la esperanza, especialmente para las nuevas generaciones.

Texto completo de la homilía:

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL
(13-23 DE ABRIL DE 2026)

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Kilamba (Angola)
Domenica, 19 aprile 2026

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Queridos hermanos y hermanas:

Con el corazón lleno de gratitud celebro la Eucaristía entre ustedes. Gracias a Dios por este don y gracias a ustedes por la cálida bienvenida que me han brindado.

En este tercer domingo de pascua el Señor nos ha hablado con el Evangelio de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Dejémonos iluminar por esta Palabra de vida.

Dos discípulos del Señor, con el corazón lastimado y triste, salen de Jerusalén para regresar a Emaús, su aldea. Vieron morir a aquel Jesús en el que habían confiado y al que habían seguido y, ahora, decepcionados y derrotados, regresan a sus casas. «En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido» (v. 14); Necesitan hablar de ello, volver a contarse lo que han visto, compartir lo que han vivido, aunque corran el riesgo de quedarse atrapados en el dolor, cerrados a la esperanza.

Hermanos y hermanas, en esta escena inicial del Evangelio veo reflejada la historia de Angola, de este país bellísimo pero lastimado, que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad. En efecto, la conversación de los dos discípulos mientras caminan, recordando con tristeza lo que le ha sucedido a su Maestro, nos trae a la memoria el dolor que ha marcado a este país: una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones, de recursos malgastados y de pobreza.

Cuando se lleva mucho tiempo sumergido en una historia tan marcada por el dolor, se corre el riesgo de sufrir la misma suerte que los dos discípulos de Emaús: perder la esperanza y quedarse paralizado por el desánimo. Ellos caminan, sin embargo, siguen detenidos en los hechos ocurridos tres días antes, cuando vieron morir a Jesús; conversan entre ellos, pero sin esperanza de encontrar una salida; continúan hablando de lo que ha sucedido, con la angustia de quienes no saben cómo volver a empezar, ni si es posible hacerlo.

Queridos hermanos, la Buena Nueva del Señor, también hoy para nosotros, es precisamente esta: Él está vivo, ha resucitado y va a nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y la amargura, abriéndonos los ojos para que podamos reconocer su obra y concediéndonos la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro.

El Señor se acerca a los dos discípulos desanimados y sin esperanza y, al hacerse su compañero de camino, los ayuda a recomponer los fragmentos de aquella historia, a mirar más allá del dolor, a descubrirles que no están solos en el camino y que les espera un futuro en el que sigue habitando el Dios del amor. Y cuando Él se detiene a cenar con ellos, se sienta a la mesa y parte el pan, entonces «los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron» (v. 31).

Para nosotros, y también para ustedes, queridos hermanos y hermanas angoleños, queda así trazado el camino para volver a empezar: por un lado, la certeza de que el Señor nos acompaña y tiene compasión de nosotros; por otro, el compromiso que Él nos pide.

Experimentamos la compañía del Señor sobre todo en la relación con Él, en la oración, en la escucha de su Palabra, que hace arder nuestro corazón como el de los dos discípulos, y sobre todo en la celebración de la Eucaristía. Es aquí donde nos encontramos con Dios. Por eso, hay que estar siempre atentos a aquellas formas de religiosidad tradicional que, sin duda, pertenecen a las raíces de la cultura de ustedes, pero que, al mismo tiempo, suponen el riesgo de confundir y mezclar elementos mágicos y supersticiosos que no ayudan en el camino espiritual. Permanezcan fieles a lo que enseña la Iglesia, confíen en sus Pastores y mantengan la mirada fija en Jesús, que se revela especialmente en la Palabra y en la Eucaristía. En ambas percibimos que el Señor Resucitado camina a nuestro lado y, unidos a Él, también nosotros vencemos la muerte que nos asedia y vivimos como resucitados.

A esta certeza de no estar solos en el camino se añade también un compromiso generoso capaz de aliviar las heridas y reavivar la esperanza. En efecto, si los dos discípulos de Emaús reconocen a Jesús cuando parte el pan para ellos, eso significa que también nosotros debemos reconocerlo así: no sólo en la Eucaristía, sino en cualquier lugar donde haya una vida que se convierta en pan partido, en cualquier lugar donde alguien se haga don de compasión como Él.

La historia de su país, las consecuencias aún difíciles que deben soportar, los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos. Una Iglesia que, con la luz de la Palabra y el alimento de la Eucaristía, sepa reavivar la esperanza perdida. Una Iglesia formada por personas como ustedes, que se entregan tal y como Jesús partió el pan para los dos discípulos de Emaús. Angola necesita obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos, laicos y laicas que tengan en el corazón el deseo de entregar su propia vida y ofrecérsela unos a otros, de comprometerse en el amor y el perdón mutuos, de construir espacios de fraternidad y de paz, de realizar gestos de compasión y solidaridad hacia quienes más lo necesitan.

Con la gracia de Cristo Resucitado podemos convertirnos en ese pan partido que transforma la realidad. Y así como la Eucaristía nos recuerda que somos un sólo cuerpo y un sólo espíritu, unidos al único Señor, también nosotros podemos y queremos construir un país en el que se superen para siempre las viejas divisiones, en el que desaparezcan el odio y la violencia, en el que la lacra de la corrupción sea sanada por una nueva cultura de la justicia y el compartir. Sólo así será posible un futuro de esperanza, sobre todo para los numerosos jóvenes que la han perdido.

Hermanos y hermanas, hoy es necesario mirar hacia el futuro con esperanza y construir la esperanza del futuro. No tengan miedo de hacerlo. Jesús Resucitado, que recorre el camino con ustedes y se entrega como pan partido, los anima a ser testigos de su resurrección y protagonistas de una nueva humanidad y de una nueva sociedad.

Queridos hermanos, en este camino pueden contar con la cercanía y la oración del Papa. Pero también yo sé que puedo contar con ustedes, y se lo agradezco. Los encomiendo a la protección y a la intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de Muxima, para que siempre los sostenga en la fe, la esperanza y la caridad.

Texto completo del Regina Caeli:

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL
(13-23 DE ABRIL DE 2026)

PAPA LEÓN XIV

SANTA MISA

REGINA CAELI

Kilamba (Angola)
Tercer Domingo de Pascua, 19 de abril de 2026

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Queridos hermanos y hermanas:

Unámonos ahora en oración a María Regina Coeli, Reina del Cielo, para compartir con ella, nuestra Madre y compañera de camino, la alegría de la Resurrección.

Con este canto gozoso no queremos borrar ni sofocar el grito de los que sufren, sino más bien abrazarlo y unirlo a nuestra voz, en una nueva armonía, para que incluso en el dolor permanezca viva la luz de la fe, y con ella la esperanza en un mundo mejor.

Lamento profundamente el reciente intensificarse de los ataques contra Ucrania, que siguen afectando también a los civiles. Expreso mi cercanía a quienes sufren y aseguro mi oración por todo el pueblo ucraniano. Renuevo el llamamiento para que callen las armas y se siga el camino del diálogo.

En cambio, es motivo de esperanza la tregua anunciada en Líbano, que representa un brote de alivio para el pueblo libanés y para el Levante. Aliento a quienes están trabajando por una solución diplomática a continuar los diálogos de paz, para hacer permanente el cese de las hostilidades en todo el Medio Oriente.

Cristo ha vencido a la muerte, y es con esta certeza que todos nosotros, unidos a Él y en Él como un solo cuerpo, hoy y cada día nos comprometemos a hacer crecer a nuestro alrededor los frutos de la Pascua, que son el amor, la verdadera justicia y la paz, más allá de todo obstáculo y dificultad.

Que la Madre de Jesús, Madre del Corazón, nos ayude a sentir siempre cercana, viva y fuerte la presencia de su Hijo resucitado.

Exaudi Redacción

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