Nos faltan padres
Liderazgo directivo que empieza en casa
Hay una crisis silenciosa que atraviesa a nuestras organizaciones y a nuestras ciudades: no es solo un problema de instituciones, ni de tecnología, ni de economía. Es un problema de paternidad. Nos faltan padres: personas que asuman su rol a cabalidad, con presencia real, con autoridad serena, con capacidad de formar. Y cuando un padre no está -aunque viva bajo el mismo techo- la madre suele quedar sola cargando el peso cotidiano del hogar, y los hijos crecen con un vacío que luego intentan llenar con sustitutos que no educan.
Fabio Rosini en su libro dimensiona lo que está en juego: la paternidad no es un “título” ni un sentimiento; es una tarea exigente y una meta de madurez. En su lógica, la vida humana tiene un recorrido: pasar de ser hijo (el que recibe) a ser padre (el que da). Y ese paso requiere perder la autoreferencialidad. No es una frase bonita: es una conversión interior.
Ser padre no es estar: es llegar
Muchos varones -y también mujeres- se quedan detenidos en una etapa infantil: siguen esperando que los cuiden, que los comprendan, que el mundo se adapte a su estado de ánimo. En esa inmadurez se instala una pretensión: “mi deseo debería ser una orden para los demás”. El resultado es previsible: vínculos frágiles, frustración crónica, incapacidad de sostener compromisos cuando cuestan, y una vida emocional que gira en torno al propio yo.
La paternidad auténtica rompe esa órbita. Introduce una verdad simple: el otro es mi límite bendito. Y ese límite no es opresión; es fecundidad. El parámetro final de una vida lograda no es cuánto “me realicé”, sino si generé vida en otros: si alguien existe mejor por mi causa, si alguien fue más feliz por mi entrega.
Un hogar sin padre no es un hogar sin afecto; muchas veces es un hogar sin frontera. Y la frontera es una forma de amor. La madre tiende a ser el “sí” que acoge; el padre debe saber ser el “no” que ordena, protege y orienta. No para imponer, sino para educar la libertad: enseñar que la vida tiene límites, que hay renuncias, que no todo deseo es bueno, que la frustración se puede atravesar sin destruirse ni destruir a otros.
Cuando esa función falta, el costo lo paga toda la familia: la madre se hipertrofia: omnipresente y omnipotente por necesidad; los hijos crecen sin el entrenamiento de la realidad; y el padre queda reducido a proveedor o espectador. Pero el mundo no necesita espectadores: necesita adultos.
Hay un punto decisivo: nadie se convierte en padre solo por biología o por firma de partida. El padre nace cuando se deja afectar por el hijo, cuando aprende a sufrir por él, cuando se responsabiliza de su destino. Un testimonio que Rosini menciona en su libro lo expresa con crudeza: el día en que un padre lloró por la gravedad de su hija de pocas semanas, ese día se convirtió en padre. La paternidad no es un discurso; es un vínculo que te saca de ti mismo.
Esto interpela especialmente a los directivos: porque la empresa acostumbra a premiar la eficiencia, la autonomía y el control. Pero en casa el liderazgo es distinto: exige paciencia, repetición, ejemplaridad, y una presencia que no se terceriza.
Enseñar a querer: del Yo al Tú
Hay que terminar con una idea clara: enseñar paternidad y maternidad es enseñar a querer. Y este curso -lamentablemente- está inconcluso en muchos jóvenes y también en no pocos adultos. Se sienten autoreferentes: piensan primero en cómo se sienten, en cómo los tratan, en cuánto reconocimiento reciben. Y se sorprenden cuando el mundo no les responde.
Usted lo recordó ya con precisión: la madurez humana consiste en anteponer el Tú al Yo. No como negación de uno mismo, sino como realización verdadera: el ser humano está diseñado para salir de sí. Cuando se encierra en la búsqueda de afecto y atención, se atrofia. Cuando sirve, florece.
Un joven objetó que esto suena a voluntarismo: “¿esforzarse por ir contra el propio ánimo no es acaso voluntarismo?”. La respuesta es más profunda: no se trata de violencia interior, sino de volver al diseño original de la persona humana. El ánimo es fluctuante: muda sin saber por qué, y no lleva a ningún destino; el amor, en cambio, lo educa a uno mismo. Amar no es solo sentir; es aprender a darse, a sostener a otros, a preferir el bien del otro cuando así le conviene a él, a cumplir la palabra cuando cuesta… Eso es paternidad; y eso, en última instancia, es civilización.

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