Más allá de los despachos: León XIV transforma el Consistorio en un laboratorio de escucha y «civilización del amor»
Frente a la lógica del poder y los desafíos de la inteligencia artificial, el Papa reúne al Colegio Cardenalicio en mesas redondas para diseñar una respuesta profética a las heridas del mundo contemporáneo
Los días 26 y 27 de junio, el Papa León XIV ha convocado a los cardenales de todo el mundo a un Consistorio Extraordinario que rompe los moldes tradicionales. No se trata de una asamblea para escuchar decretos verticales, sino de un espacio de discernimiento colectivo con una metodología marcadamente sinodal: mesas redondas, pequeños grupos lingüísticos y debates abiertos donde la libertad de palabra y la escucha mutua marcan el ritmo.
El eje central de estas jornadas de trabajo gira en torno a las grandes coordenadas que definen el inicio de este pontificado, con un fuerte acento en la situación internacional, la búsqueda incansable de la paz y las repercusiones de su reciente encíclica, Magnifica humanitas. Este documento, que aborda con hondura la preservación del ser humano en la era de la inteligencia artificial y las transformaciones tecnológicas, sirve de brújula a los purpurados para desgranar lo que el Papa define como el choque entre la «cultura de la potencia» y la «civilización del amor».
En su homilía inaugural, pronunciada en la Basílica de San Pedro, León XIV marcó el tono espiritual del encuentro recurriendo a la metáfora evangélica de la vid y los sarmientos. «La gracia de Dios no produce una crecimiento medido, sino un florecimiento exuberante», recordó a los cardenales, advirtiéndoles de que cualquier servicio eclesial carece de sabor si no se orienta estrictamente al bien común y a la unidad orgánica. Citando su propia encíclica, el Pontífice instó a proponer vías alternativas a las oposiciones ideológicas actuales, imaginando un orden social donde la justicia y la caridad se entrelacen con fuerza.
El reto planteado a los cardenales no es menor: expresar las verdades de siempre en un lenguaje que conecte con los rápidos y profundos cambios culturales del siglo XXI. Para León XIV, el testimonio cristiano debe convertirse en una profecía social capaz de transformar las culturas desde dentro. Tras las intensas sesiones de diálogo y el discernimiento en grupos, este Consistorio Extraordinario culminará el 29 de junio en la Basílica vaticana, coincidiendo con la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, donde el Papa presidirá la santa misa y bendecirá los palios destinados a los nuevos arzobispos metropolitanos de los cinco continentes.
Texto completo del discurso:
CONSISTORIO EXTRAORDINARIO
(26-27 DE JUNIO DE 2026)
DISCURSO DE APERTURA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Aula Pablo VI
Viernes, 26 de junio de 2026
Queridos Hermanos Cardenales:
Os doy la bienvenida y os agradezco de corazón que hayáis aceptado, una vez más, mi invitación. Vuestra presencia manifiesta la solicitud por toda la Iglesia que compartimos en el servicio al Pueblo de Dios y a la misión que nos ha confiado el Señor.
En el Consistorio del pasado mes de enero expresé un deseo sencillo: que estos encuentros nos ayudaran a aprender cada vez más a «trabajar juntos en el servicio de la Iglesia» y a continuar «una conversación que me ayude en el servicio de la misión de toda la Iglesia». No eran solo palabras introductorias. Sigo pensando que esta es una de las responsabilidades más importantes confiadas al Colegio Cardenalicio. También nosotros, como toda la Iglesia, aprendemos caminando. La comunión nunca es un resultado adquirido de una vez para siempre: sigue siendo una conversión diaria, que toma forma en la oración y a través de actitudes concretas, relaciones de confianza y disponibilidad para escucharnos mutuamente.
En estos meses he tenido la oportunidad de recordar varias veces que estamos llamados a ser constructores de la comunión de Cristo, una comunión que toma forma en una Iglesia sinodal en la que todos cooperan en la misma misión, cada uno según su propio carisma y su propio ministerio.
Como decía a la Curia Romana, esta comunión «se construye, más que con palabras y documentos, mediante gesti y actitudes concretas que deben manifestarse en nuestro día a día, también en el ámbito laboral» (Discurso a la Curia Romana para las felicitaciones navideñas, 22 de diciembre de 2025). No somos custodios de intereses particulares, sino «discípulos y testigos del Reino de Dios, llamados a ser en Cristo levadura de fraternidad universal» (Ibíd.).
Por este motivo, he deseado que nuestro trabajo se concentrase en cuatro temas profundamente conectados entre sí.
En primer lugar, estamos invitados a contemplar el mundo en el cual la Iglesia está llamada a anunciar el Evangelio. Antes de preguntarnos qué hacer, es necesario detenerse ante la realidad, mirándola con los ojos de la fe y dejándonos interrogar por la escucha de los hermanos. Como recordé hace pocas semanas, «Jesús camina por las calles, cruza las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana, como el Dios cercano que camina con su pueblo, como el Señor de la historia» (Homilía en la «Plaza de Cibeles», Madrid, 7 de junio de 2026). Y también hoy el Señor continúa precediéndonos en la historia, y la Iglesia está llamada, ante todo, a reconocer su presencia.
A continuación, reflexionaremos juntos sobre la cultura de la potencia y sobre la civilización del amor. Muchos de vosotros provienen de tierras marcadas por la guerra, la violencia, la polarización social o religiosa. Pero ninguno de nosotros es ajeno a las muchas formas de conflicto, de opresión y de fractura que atraviesan hoy nuestras sociedades. Por eso, el discernimiento que estamos llamados a realizar nos concierne a todos e interpela la misión de la Iglesia en cada contexto. La Encíclica Magnifica humanitas nos ofrece algunas claves valiosas para leer este tiempo. Me interesa sobre todo escuchar cómo resuenan estas páginas en vuestras Iglesias, qué interrogantes suscitan, qué perspectivas abren, qué pasos sugieren. Una encíclica, de hecho, continúa su camino cuando es acogida, interpretada e encarnada en la vida concreta de las Iglesias.
La tercera sesión profundizará aún más en la Magnifica humanitas, interrogándose sobre la contribución que la Iglesia puede ofrecer a la construcción del bien común. Vivimos en un tiempo en el que crece la tentación de la fragmentación y prevalecen fácilmente intereses particulares. La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que el bien común no nace espontáneamente, sino que exige responsabilidades compartidas. Para la Iglesia, esto asume una forma muy precisa: un estilo sinodal al servicio de la misión del Reino. Lo recuerda la Encíclica Magnifica humanitas en el n. 86, añadiendo que esto requiere atención a la manera en que se toman las decisiones y se ejercen las responsabilidades, en la transparencia, en la evaluación y en la corresponsabilidad.
Finalmente, dedicaremos una sesión al camino de aplicación del Sínodo. Esta última sesión no abre un tema nuevo, sino que recoge y pone en relación lo que habremos compartido en las sesiones anteriores. Frente a las heridas del mundo, a la construcción del bien común y a la misión della Iglesia, la sinodalidad indica un modo de proceder: escuchar, discernir y asumir juntos la responsabilidad de las opciones que el Señor nos confía. La sinodalidad no es, ante todo, un conjunto de procedimientos; como he tenido oportunidad de decir varias veces, la sinodalidad es una actitud, una apertura, una disponibilidad para comprender. A veces ha sido interpretada como una disminución de la autoridad. En realidad, nos ayuda a comprender más profundamente el significado de la autoridad misma, que existe para custodiar la comunión, favorecer la participación de todos y orientar el camino común de la Iglesia.
Estas cuatro sesiones encuentran su unidad en la perspectiva misionera que compartimos en el último Consistorio y que recordé en la carta del pasado mes de abril. No estamos aquí, ante todo, para reflexionar sobre la vida interna de la Iglesia.
Todos los temas que abordaremos —la mirada sobre el mundo, la paz, el bien común, la sinodalidad— convergen en una única pregunta: ¿cómo podemos ayudar hoy a nuestras Iglesias a anunciar el Evangelio con mayor fidelidad, libertad y credibilidad? La misión no es una de las muchas tareas de la Iglesia. Es su razón de existir y, precisamente por esto, se convierte también en el criterio que orienta nuestro discernimento. Cuando aprendemos a escucharnos, a llevar juntos las responsabilidades, a reconocer la acción del Espíritu en las diferentes Iglesias, no estamos solo mejorando nuestra manera de trabajar: nos estamos convirtiendo en una Iglesia más capaz de encontrar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo y de testimoniarles la alegría del Evangelio.
Por esto deseo pediros una ayuda particular. El ministerio que el Señor me ha confiado no puede ser vivido en solitario. Necesita de vuestra experiencia, de vuestra sabiduría pastoral, de vuestro conocimiento de las Iglesias y de los pueblos que os han sido confiados. Cuento con vosotros para que me ayudéis a discernir lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia. Necesito vuestro apoyo: fuerte, explícito y público. Necesito sentirme sostenido por vosotros como por hermanos.
Os pido así que me acompañéis no solo en estos días de trabajo, sino también en el servicio diario a la comunión de la Iglesia universal. Ayudadme a escuchar lo que emerge en las Iglesias, a reconocer los signos de esperanza que a menudo crecen en el silencio, pero también a no ignorar las fatigas, las incomprensiones y las resistencias que pueden ralentizar el camino. Necesito vuestra libertad, vuestra franqueza y vuestra lealtad. Un consejo sincero es siempre un acto de comunión.
Os pido además que sostengáis, cada uno en su propia Iglesia y en su propio ministerio, este estilo de discernimiento eclesial. Sé que requiere paciencia y a veces suscita interrogantes. Sin embargo, estoy convencido de que el Señor nos está enseñando una manera más evangélica de vivir juntos la responsabilidad que nos ha confiado. También de esto depende la credibilidad de nuestro testimonio y la fecundidad de nuestra misión.
Deseo, por tanto, animaros a vivir con convicción el trabajo en los grupos. Sé bien que, para muchos de nosotros, no es la forma habitual de desarrollar un Consistorio. Y sin embargo, también esto forma parte del camino a lo largo del cual el Señor nos está conduciendo. Naturalmente, quedará espacio también para las intervenciones personales y, como siempre, cada uno podrá hacerme llegar libremente observaciones o reflexiones reservadas. Pero os pido entrar con confianza en este ejercicio eclesial. También nosotros aprendemos la sinodalidad practicándola, aprendemos juntos a crecer en la comunión. Os agradezco desde ahora vuestra disponibilidad, vuestra libertad interior y vuestro amor a la Iglesia.
Encomendamos estos días al Espíritu Santo, para que nos haga dóciles a su voz y nos conceda la gracia de buscar juntos lo que mejor sirve al Evangelio y al bien del Pueblo de Dios.
Gracias.
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