26 octubre, 2026

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Más allá de las señales

¿Cumplir normas o amar de verdad? El Papa nos urge a despojarnos de un moralismo estéril que ahoga la alegría de creer

Más allá de las señales

Muchas veces miramos nuestra vida como si fuera el código de la circulación, con un sinfín de preceptos y normas que se han de cumplir estictamente para evitar la multa. Ante el vértigo de construir una verdadera vida interior, es muy humano buscar la tranquilidad de las reglas claras, mandamientos que nos aseguren que vamos por el buen camino. Quizás esto sea propio de los primeros pasos en la fe, cuando la catequesis de iniciación nos sostiene con andamios sencillos; pero nadie se hace maduramente cristiano por el mero hecho de que existan unas normas claras y distintas.

Al igual que saberse de memoria las señales y las ordenanzas no garantiza por sí solo ser un buen conductor —capaz de desenvolverse con soltura, intuir el peligro o ceder el paso con naturalidad—, este moralismo estéril tampoco forma a un verdadero creyente. El buen conductor no es el que esquiva la sanción con temor, sino el que ha integrado el arte de circular hasta hacer que su viaje fluya.

Atenerse exclusivamente a la norma fría nos deja, a lo sumo, en «pseudocristianos bien motivados». Para romper ese círculo vicioso y salir de nuestro enredo normativo, el papa León XIV recordó en su reciente Ángelus dominical aquella pregunta clave del Evangelio: «¿Cuál es el mandamiento más grande de la Ley?». Frente a los callejones sin salida del formalismo, la respuesta de Jesús nos sitúa de nuevo ante los dos grandes pilares de la fe: amar a Dios y amar al prójimo.

Una relación personal que no es una imposición

El Papa nos recuerda que «el Señor nos pide una relación personal: el único y verdadero Dios quiere ser nuestro Dios». No se trata de cumplir por cumplir un reglamento, sino de responder a una iniciativa de amor que siempre nos precede, implicando a la persona entera: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Por eso mismo, el amor a Dios no puede vivirse como una carga agobiante, sino como «la exigencia propia del deseo del hombre, que halla su cumplimiento en la comunión con Él».

La mirada de Cristo hacia el prójimo

Ahora bien, una relación tan profunda con Dios nunca se encierra en las paredes del alma; ese compromiso hacia arriba se desborda de manera natural hacia los demás. León XIV subraya con acierto que «de la relación íntima con Dios somos capaces de mirarnos a nosotros mismos y al prójimo con la misma mirada de Cristo, según su perspectiva». Ahí es donde se rompe el caparazón: «se vence el egoísmo y también el amor por uno mismo se hace caridad; nuestra existencia se dirige hacia el otro y se hace don para quien está a nuestro lado». Ya no valen las reglas frías; solo cuenta la entrega.

El riesgo del moralismo y la fuerza viva del amor

Cuando olvidamos que el amor es el centro y lo cambiamos por un catálogo interminable de obligaciones vacías, la religión se marchita. Rescatando las palabras de santa Teresa del Niño Jesús, el Papa advierte con contundencia que «solo el amor —escribía— puede hacer actuar a los miembros de la Iglesia; si este amor llegara a apagarse, ya no se anunciaría más el Evangelio». Sin este latido auténtico, las consecuencias son devastadoras para la vida cristiana: «en efecto, nuestra fe se vería privada de su contenido, nuestras buenas obras se reducirían a moralismo, nuestra esperanza sería vana».

Un corazón nuevo para el gran mandamiento

Cuando una persona asume de verdad que la vida se rige por el impulso de la entrega y el cuidado del otro, ocurre algo similar a quien ya domina el volante: las normas dejan de vivirse como una restricción impuesta desde fuera para convertirse en la gramática misma de su libertad. Ya no se trata de calcular las distancias por miedo al carné por puntos, sino de mirar la carretera con la atención y la generosidad de quien sabe que el trayecto es un camino compartido.

Frente a ese triste moralismo que ahoga la alegría, la invitación de León XIV nos urge a quitarnos artificios y pisar terreno firme. No nos perdamos en laberintos burocráticos ni en multas de conciencia; pidamos más bien «la gracia de un corazón nuevo, capaz de acoger y de vivir el gran mandamiento». Al final del camino, lo único que define nuestra ruta es saber si hemos amado de verdad.

Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.