13 abril, 2026

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Rosa Montenegro

27 junio, 2025

9 min

Los puntos suspensivos… un destino y un proceso

Educar: un arte paciente que entrelaza amor, propósito y libertad

Los puntos suspensivos… un destino y un proceso

Educar es como bordar, bordar en el corazón de cada uno de nuestros hijos, es como hacer vainica: 3 hilos y cierras; cada etapa son esos tres hilos y cierras. Objetivos claros y, la mirada fija en el horizonte, sin despegar nuestros ojos de la meta.

Educar es un camino angosto, muchas veces empedrado porque hay que reunir constantemente las piezas desordenadas para no desenfocar la mirada, para no perder el propósito y la esperanza.

La misión de los padres fundamentalmente en todo el recorrido y, aunque ejercido de modo diferente, es acompañar, acompañar a sus hijos hacia ese propósito personal, en la medida en que van creciendo en libertad. La felicidad integra dolor y amor, somos piezas astilladas, esas astillas producen dolor en el roce y, a veces también nos las clavamos a nosotros mismos, por eso necesitamos acompañamiento, acompañamiento amoroso, cercano, respetuoso.

Nadie tiene más capacidad para educar que los padres

La felicidad no es un trofeo que se conquista a fuerza de ejercicio muscular, es un proceso que requiere sudor y lágrimas, constancia y sentido, es como un deporte de alto impacto que exige entrenamiento, constancia, dolor, fidelidad a los compromisos adquiridos… Los hijos no pueden ser simplemente “hechos felices” por sus padres. Cada persona es responsable de su propia felicidad y sin embargo el proceso es compartido.  La relación entre los padres y los hijos influye, moldea, pero no sustituye.

La primera idea fundamental que tenemos es “La felicidad es un proceso compartido pero una responsabilidad personal”

La misión de los padres luego de amar con locura a sus hijos -de tenerlos en pantalla en su corazón y en su cabeza- es capacitarles que significa proporcionarles herramientas, entrenarlos en su uso; facilitar el desarrollo de habilidades personales e interpersonales, estar cerca pero “no tan cerca que se sustituya al hijo, ni tan de lejos que el hijo no los vea” esta cercanía es la que realmente permite al hijo aprender a gestionar y a gestionarse,  gestionar su mundo interior, descubrir y aceptar su identidad donada y su relación con los demás, ese quién soy y quien puedo llegar a ser, de dónde vengo y a dónde voy.

Los cimientos de esa construcción se sostienen, a nivel humano, en tres columnas

  1. ACEPTACIÓN: Sabe que es aceptado por quién es
  2. VALORACIÓN: Sabe que es valorado en lo que hace. Nole definen sus errores
  3. AMOR DEBIDO: sabe que es amado sin condiciones

-yo no quiero a mi hijo por su modo de ser conmigo o con los demás, yo no quiero a mi hijo porque triunfa, tiene éxito, poder o dinero, quiero a mi hijo porque es mi hijo.

En esta sociedad del bienestar evitar el sufrimiento se ha se ha convertido en un objetivo finalista, los padres, a veces, no se dan cuenta que esa tendencia a evitar el dolor, debilita la capacidad de amar auténticamente

“El sufrimiento es compatible con la felicidad. La muela duele, pero no sufre, quien sufre es la persona”

Educar, acompañar es dedicar tiempo, tiempo real sin prisas ni relojes. Solo desde ese espacio compartido se puede compartir la intimidad de la relación, especialmente en la adolescencia “No hay tiempo de calidad sin cantidad”. Cuando escucho a un hijo me vacío por dentro, no tengo prisa, y él lo capta»

Es en la conversación amorosa, no en la corrección constante, donde se cultiva la confianza y para ello el hijo debe aprender también a nombrar su interioridad, a balbucear su intimidad, sin miedo.

El equipaje depende del viaje que voy a emprender, no es lo mismo subir al Everest que hacer el Camino de Santiago, pero hay partes que son comunes. es visualizar ese destino y prepararse interiormente para alcanzarlo.

Hay virtudes que facilitan el recorrido. Voy a señalar tres básicas comunes a cualquier destino, a calquier familia, a cada etapa y constituyen la savia de una vida feliz:

  1. GRATITUD: la gratitud permite mirar bien, mirar lo recibido y no quedarse atrapado en las ausencias, en las heridas “El pasado es experiencia, nunca residencia”.  La persona agradecida tiene siempre la vista puesta en lo inmerecido, en lo recibido, en lo positivo- a veces no tanto, pero cura- eso genera alegría, paz que nadie puede quitarme.
  2. GENEROSIDAD: la generosidad me abre al otro, me capacita para recibir, me hace crecer compartiendo, me enriquece, me hace más sabio -y santo-, y me ayuda a ser humilde.
  3. FORTALEZA: como capacidad de esfuerzo y de resiliencia para subirme encima de las piezas rotas y reconstruir mi nueva casa, esa capacidad de transformar el dolor en crecimiento y la esperanza, como luz, que nunca permite que las sombras sean absolutas.

Resumiendo, diría que la persona agradecida resetea su cerebro, que la amistad es esencial, no estamos hechos para la soledad, no puedo vivir sin amigos y los primeros amigos se cultivan compartiendo la interioridad, la intimidad … Hay que elegir bien los compañeros de viaje, es muy importante saber a dónde voy, saber quién soy para que las inclemencias del tiempo no vuelva  mi casa ruinas.

Estamos en una época de cierre de etapas, estamos en un momento de graduaciones colegio, graduación en la Universidad y es un momento para hacer un alto en el camino y comprobar si realmente cada pieza está sosteniendo la siguiente.

Comparto algo que resume todo lo dicho

Lo leí dos veces, no daba crédito. Una alumna que se graduaba de bachillerato decía esto, en voz alta, en la acción de gracias de la Santa Misa con la que daba comienzo la gran celebración de imposición de becas. La iglesia repleta de alumnos y familias. Era la fiesta de graduación en un colegio con ideario católico y se iniciaba con la coherencia de lo importante: dar gracias a Dios por el final de una etapa del camino.

Tanto profesores como alumnos lucen sus becas con orgullo. “Un proceso compartido y una decisión personal”  Llegar a destino es importante, pero importa mucho más cómo cruzamos la línea de meta.
Deseo para todos los profesores, para todas las familias estas palabras

Es un colegio de educación personalizada, donde cada persona importa y toda su integridad se potencia. Se tiene claro el qué, el porqué y el paraqué. La meta definitiva es el cielo para siempre, para siempre. Y desde la libertad personal uno, cada uno, recorre el camino. Desde la libertad que se actualiza en cada acto responsable combinando dolor y amor en cada decisión personal.

Gracias Ana Quinta González.

Que Dios te bendiga hoy y siempre.

Os dejo el texto tal cual llegó a mis manos.

ACCIÓN DE GRACIAS GRADUACIÓN

Treinta años. Treinta años tenías Jesús, cuando iniciaste tu vida pública. Yo apenas tengo 18. ¿Cómo

yo, tan imperfecto y pecador, voy a estar preparado para salir al mundo cuando al mismísimo hijo de Dios le llevó casi el doble? Y sin embargo aquí́ estoy Jesús, porque Tú así́ lo has querido, celebrando el final de una etapa que no podría haber sido más maravillosa, a punto de que mi vida de un giro de 180 grados.

Tengo miedo Jesús, ¿no puedo quedarme un rato más junto a ti y San José́ en la carpintería? ¿en clase junto a mis compañeros y profesores? Dios mío, ¿es justo que dude cuando me has dado tanto? Y es que, no podría estar más preparado para iniciar mi propia vida pública de lo que estoy, pues me has regalado la mejor formación que alguien podría pedir, el mejor entorno para crecer, la herramienta más poderosa para sacar mi mejor versión: mi colegio.

Jesús, llevo 13 años aprendiendo a tu lado en ese lugar en el que he pasado 8 horas al día cinco días a la semana, muchas veces sin darme ni siquiera cuenta de que estabas ahí́, pues no siempre he logrado verte en ese “buenos días” de la primera persona que me encuentro en el pasillo, en esa regañina de mañana porque llego tarde, en esas risas compartidas de cambio de clase, en esa lección interminable en el que el reloj parece no avanzar, en esa tutoría en la que una sonrisa amable me escucha con paciencia, en esa desesperación tras un examen que no ha salido como esperaba, en esa nota que me ha sentado como una verdadera victoria, en esa charla desordenada y bulliciosa de comedor, en ese menú́ que me da fuerzas para sobrellevar el día, en esa llamada de atención para que mejorara… en ese cariño verdadero, prácticamente tangible, que se respira en mi colegio. Me has dado el tesoro más valioso que jamás recibiré́, el que forma parte de mi persona y me acompañará́ toda la vida. Perdóname si en algún momento he sido desagradecido al respecto y no he sabido apreciarlo como debía.

Gracias Jesús, por todas esas personas que han formado parte de este viaje tan entrañable. En especial mis padres, pues sin su esfuerzo, jamás podría haber contado con la suerte de formarme aquí́; también mis profesores, quienes con su incansable trabajo me han ayudado a crecer como alumno, persona y cristiano; y por supuesto mi familia, pero no la que se nos viene a la cabeza Jesús, sino la que en este mismo momento está a mi alrededor, a mi izquierda y derecha, mis compañeros de batalla, con los que me he criado y a los que llevo en mi corazón para siempre.

Sí Jesús, creo que estoy preparado. He recibido tantísimo que ahora es justo que me toque dar. Ayúdame en mi nueva aventura, no te separes de mi lado, que sepa transmitir todo lo bueno que me ha dado mi colegio, que sepa verte en el prójimo y sobre todo que sepa llevar amor, paz y alegría allá́ donde vaya. Jesús, que, en mi vida pública a punto de comenzar, quede claro que soy alumna de Las Acacias, que quede claro que soy alumno de MonteCastelo.

Jesús, no puedo esperar para descubrir qué más tienes preparado para mí, pues hasta el momento no podría haber sido más feliz.

Jesús, María y José́ que esté siempre con los tres

Denominación de origen

Educar es recordar a los hijos que su vida tiene una dignidad y un destino, que están hechos para amar y ser amados y que su dolor no los define, pero sí puede transformarlos. Los padres no son perfectos pero su papel es insustituible. La felicidad de los hijos se gesta en el amor concreto, en el tiempo compartido, en la aceptación plena y en la enseñanza valiente de que dolor y amor son parte del mismo viaje hacia la plenitud.

Rosa Montenegro

Pedagoga, orientadora familiar (UNAV) y autora del libro “El yo y sus metáforas” libro de antropología para gente sencilla. Con una extensa experiencia internacional en asesoramiento, formación y coaching, acompaña procesos de reconstrucción personal y promueve el fortalecimiento de la identidad desde un enfoque humanista y transformador.