Lo que la Navidad en el cine sabe de Bioética
Cómo el cine navideño clásico defiende la vida y el amor verdadero
El cine personalista sabe mucho de bioética porque, especialmente en las películas con tema navideño, nos propone amar la vida por encima de todas sus circunstancias, como en It´s a Wonderful Life (¡Qué bello es vivir!, 1946). O nos invita a crecer y madurar en el verdadero amor como en An Affair to Remember (Tú yo, 1957) el autoremake de Leo McCarey sobre su película de 1939, Love Affair (1939). O ante las amenazas de la lógica mercantilista incapaz de entender el perdón, nos anima a experimentar la fuerza de un amor misericordioso que está en el origen de la vida en Tengamos la fiesta en paz (1921) de Juan Manuel Cotelo, protagonizada por Carlos Aguillo.
Cuantos nos interesamos por la bioética somos personas y nuestro universo de creencias influye en nuestro modo de enfocar la ciencia
Las fechas de las vacaciones navideñas, casi desde la invención del cine, han incorporado películas sobre esta temática. Puede resultar oportuno recordar algunas de ellas. Especialmente proponer algunas que forman parte ya de los clásicos del cine. Pero también mostrar alguna de nuestros días que se conecta directamente con esta gran tradición. ¿Y por qué en la página de un Observatorio de Bioética cuya misión sobre todo es de esclarecimiento científico? Por una razón muy directa que venimos desarrollando desde esta sección de filosofía y cine: porque cuantos nos interesamos por la bioética somos personas, y nuestro universo de creencias influye en nuestro modo de enfocar la ciencia. Y el cine es un medio artístico y filosófico muy potente para desarmarnos y sacar a relucir lo que late tras nuestros razonamientos.

It´s a Wonderful Life (¡Qué bello es vivir!, 1946) de Frank Capra forma parte para muchas familias —no sólo en Estados Unidos, donde hay club de fans de la película— de un ritual navideño: juntarse estos días delante del televisor para verla una vez más. Y no cansa. ¿Por qué? Porque durante gran parte de la película asistimos a las contrariedades de un hombre bueno, George Bailey (James Stewart) que lucha por obrar con rectitud y comprometerse con la empresa social de su padre, para que las familias tengan el bien más básico que les permite vivir como tales: una vivienda digna. Ahogado por lo que le parece un fracaso, tiene tentaciones de quitarse de en medio. Y en ese momento surge una intervención divina en forma de Clarence, un ángel bonachón (Henry Travers) para hacerle ver de manera privilegiada lo que hubiese sido la vida de su esposa Mary (Donna Reed), de sus padres y demás familiares, de su propio pueblo, si él un hubiera existido.
Y mientras Capra nos muestra en la pantalla que George Bailey tiene el privilegio de estar viviendo como real su propio mundo familiar como si él no hubiese existido nunca, cuando por fin despierta porque desea de todo corazón seguir viviendo, se encuentra con que Mary se ha movilizado para que todas las personas que alguna vez han recibido la ayuda de George acudan a corresponderle. El ángel en el cielo es Clarence; su ángel en la tierra es su esposa. Y ambos convergen en la necesidad de preservar que la vida tiene sentido, premisa fundamental para que toda bioética pueda desarrollar su misión sin contradicciones. Una obviedad para una bioética personalista y al mismo tiempo un desafío para otras propuestas que quieran hacerse merecedoras de esa condición de ética de la vida.
La sustancia de esta película es que vale más haber nacido, que la vida tiene significación, sea cualesquiera sus amarguras y dificultades
Magistralmente Julián Marías supo sintetizar el sentido de It´s a Wonderful Life.
La sustancia de esta película es que vale más haber nacido, que la vida tiene significación, sea cualesquiera sus amarguras y dificultades, y que los bienes que se siguen de una trayectoria biográfica vulgar y en alguna medida frustrada son incomparablemente mayores de lo que se piensa, de lo que el propio interesado llega a imaginar… Y todo ello a fuerza de imaginación. Por eso la película culmina con la aparición de Clarence, Ángel de Segunda Clase… Para mostrar a George que no debe suicidarse ni estas desesperado, que es mejor vivir, que siempre vale más haber nacido, Clarence le muestra la ciudad futurible, la que hubiera sido si él, George, no hubiera llegado a vivir. El recorrido de la ciudad, la presencia de los males que sin saberlo ha evitado, de los bienes que sin advertirlo ha producido; la angustia, por otra parte, de que su mundo le sea ajeno, de que nadie le conozca, puesto que en esa ciudad imaginaria no existe, todo
Un mirada así sobre la vida sólo es coherente si se retrotrae hasta el primer momento de la existencia, y se la contempla con la humildad que ha tenido George al mirar su propia vida, no como algo que él ha construido sino como algo que ha recibido como don. De manera acertada y vibrante lo expresa Carola Minguet en nombre de las personas sistemática y deliberadamente más olvidadas en los debates sobre el aborto: los padres que padecen la perdida su hijo o hija como algo no deseado.
… la vida del hijo que apenas empezó en este mundo ya respira eternamente en el otro. No es una vida fallida.
En el aborto involuntario se adivina —de un modo terrible y dulcísimo, tan cruel como luminoso— el verdadero pulso del Adviento, al comprender que lo más frágil es lo que más eternidad contiene. Y así, la criatura que apenas abrió los ojos en el claustro materno, arrebatada antes de pronunciar su primer latido audible, se convierte en una suerte de luciérnaga que guía nuestra noche, pues es una vida diminuta que Dios reclama para sí no como fracaso, sino como anticipación.[2]
Como el cine —como la filosofía, o como la Tribuna periodística—, no demuestra científicamente sino que muestra, propone a la reflexión, interpela a la propia libertad, It´s a Wonderful Life puede ser recibida como un alegato para que la bioética se disponga siempre a defender la vida en todas sus circunstancias, frente a los afanes, cada día más extendidos, de una lógica crematística que ve en todo ocasión de negocio. El fracaso de los nuevos Reyes Midas, que al querer transformar en oro todo lo que tocan, anegan las fuentes de la vida.
La maduración en el aprendizaje del amor
An Affair to Remember (Tú yo, 1957) es un autoremake de Leo McCarey sobre su película de 1939, Love Affair (1939). El mayor cambio es el de la pareja protagonista. En 1957 Cary Grant y Deborah Kerr. En 1939, Charles Boyer e Irene Dunne. Pero también la versión de 1957 tiene un mayor sentido navideño. Asistimos a una milagro justo en ese día.
Pongámonos en situación con respecto a la trama. Un gigoló, Nickie Ferrante (Cary Grant) que por fin iba a casarse con una millonaria y una mantenida, Terry McKay (Deborah Kerr), se conocen en una transatlántico. Lo que en principio parecía un coqueteo, termina siendo el descubrimiento del verdadero amor frente a los amoríos cómo nunca lo habían experimentado. ¿De qué manera? En una de las escalas él invita a ella a que conozca a su abuela que vive cerca de ese puerto. La anciana reside en una especie de jardín/retiro, dedicada a la oración en espera de poder volver a encontrarse con su difunto marido. Cuando ve a Terry cree que es la prometida de su nieto. Lo que parece una confusión en realidad se convierte en una visión profética. La joven le pide entrar en su capilla, y la anciana invita a Nickie a que le acompañe. Allí, de rodillas ante una imagen de la Madre de Dios, algo cambia decisivamente en sus almas. La conversación posterior con la abuela Janou (Cathleen Nessbitt) les introduce en un ambiente espiritual muy singular. Nickie se revela como un gran pintor que abandonó pronto su vocación, Terry como una cantante de mérito.
De regreso al barco se comprometen y establecen un plazo de seis meses para ver si son capaces de volver a trabajar y vivir con dignidad. Ambos lo consiguen, pero cuando acuden a su encuentro al Empire State, “lo más cerca del cielo en Nueva York”, ella sufre un atropello que le impide llegar a la cita. Queda malherida y no se sabe si volverá a andar. En ese estado no quiere que se diga a nada a Nickie para que no se case con ella por compasión. A l respecto explica Miguel Marías:
Hubiera sido demasiado fácil que todo hubiese ido bien. Nunca lo es, y en su caso ni siquiera era verosímil que consiguieran su propósito sin tenerse que someterse a alguna prueba a adicional, Sin duda, hacía falta más tiempo que el que su deseo y su impaciencia apenas refrenada habían fijado como plazo de espera. Era preciso un malentendido, un accidente, para tener que salvar, además, los obstáculos de la decepción, del orgullo herido, de la ausencia de explicaciones, del engaño aparente o el aparente olvido, del fracaso y la enfermedad, de la desgracia y el desencanto o el desánimo, en cualquiera de sus variadas formas, desde la resignación al escepticismo.[3] (Marías M.: 2012, 20).
McCarey parece pensar que no basta para unirse con ser capaces de pasarlo muy bien juntos
Y el milagro ocurre por Navidad, de nuevo propiciado por la anciana. La abuela Janou en la visita de su nieto prometió enviarle a Terry un chal de ganchillo que a la joven le había fascinado. Tras la decepción de que su prometida no apareciese en el lugar de la cita, Nickie regresa a visitar a su abuela, y encuentra que ya ha fallecido. El jardinero de Janou le hace entrega del chal para que en memoria de la abuela se lo haga llegar a la Srta. McKay. El ahora pintor de cierto éxito se decide a buscar la dirección de Terry y a visitarla. Cuando llega a su casa la ve recostada en un sofá. Pero no sospecha nada. Tras hacerle indirectamente reproches por no haber aparecido en el momento ni haber dado una explicación, viendo que ella no le explica nada, le hace entrega del chal de su abuela. Ella se conmueve profundamente. Y de repente él asocia a ella vestida así, con el cuadro en el que la representó de esa manera. Su marchante se lo había regalado a una joven que lo entendió muy bien, que no tenía dinero para pagar y que además iba en una silla de ruedas. Cuando ve el cuadro en las paredes de la otra habitación, se representa lo que le había pasado a Terry. Nickie se pregunta generosamente por qué le había pasado eso a ella y no a él. Ella hace un brindis de esperanza. Si él ha sido capaz de trabajar, ella volverá a caminar. Miguel Marías sigue explicando con brillantez.
McCarey parece pensar que no basta para unirse con ser capaces de pasarlo muy bien juntos. Eso, lo sabe, está al alcance de cualquiera. Ni siquiera es suficiente con echarse de menos durante la separación y la mutua ausencia, sea breve o prolongada. Cree, sin duda, que las palabras del matrimonio son muy solemnes, y que no en vano cubren todas las posibilidades, y también, muy deliberadamente, las malas: en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Y que seis meses son demasiado pocos días para atreverse con tan escaso fundamento a aspirar a esa porción de eternidad que está a nuestro alcance, al limitado “para siempre” que significa prometerse respeto y ayuda mutua “hasta que la muerte nos separe”… ¿No es, en el fondo, más creíble el conmovedor y melancólico “final feliz” de An Affair to Remember que el que hubiese tenido de llegar Terry puntualmente a la cita, o con un venial y banal retraso? ¿No han madurado en ese trecho los personajes?[4]
La satisfacción en el amor individual no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad coraje, fe y disciplina
¿Puede la bioética no saber nada del amor y seguir proponiendo algo que verdaderamente defienda la dignidad de las personas? De nuevo el cine y la filosofía se ponen de acuerdo para invitar a aprender lo que significa el verdadero amor. Un año antes del estreno de An Affair to Remember, el filósofo Erich Fromm escribía El arte de amar
La lectura de este libro defraudará a quien espere fáciles enseñanzas en el arte de amar. Por el contrario, la finalidad del libro es demostrar que el amor no es un sentimiento fácil para nadie, sea cual fuere el grado de madurez alcanzado. Su finalidad es convencer al lector de que todos sus intentos de amar están condenados al fracaso, a menos que procure, del modo más activo, desarrollar su personalidad total, en forma de alcanzar una orientación productiva; y de que la satisfacción en el amor individual no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad, coraje, fe y disciplina. En una cultura en la cual esas cualidades son raras, también ha de ser rara la capacidad de amar. Quien no lo crea, que se pregunte a sí mismo cuántas personas verdaderamente capaces de amar ha conocido.[5]
Conclusión
Los clásicos del personalismo fílmico lo son porque siguen inspirando el cine en nuestros días. Y Juan Manuel Cotelo en el 2021 dirigió, protagonizada por Carlos Aguillo, Tengamos la fiesta en paz. Un relato donde Navidad y familia se unen para superar las tribulaciones de la convivencia de hoy. Con un mensaje claro: ante las amenazas de la lógica mercantilista incapaz de entender el perdón, nos invita a experimentar la fuerza de un amor misericordioso que está en el origen de la vida. Otra verdad esencial para una bioética personalista.
No dejen de verla. Feliz Navidad.
Ficha técnica:
Título original: «It´s a Wonderful Life» (“¡Qué bello es vivir!”); «An Affair to Remember” ( « (“Tú yo”); «Tengamos la fiesta en paz»
Años: 1946; 1957; 2021 (respectivamente)
Duración: 2 h. 10 m; 1h. 55 m.; 1h 43 m., respectivamente
País: Estados Unidos (las dos primeras); España (la tercera)
Dirección: Frank Capra, Leo McCarey, Juan Manuel Cotelo.
Gracia Prats-Arolas . Profesora e investigadora en Filosofía y Cine . Universidad Católica de Valencia
Jose Alfredo Peris-Cancio . Profesor e investigador en Filosofía y Cine . Miembro del Observatorio de Bioética . Universidad Católica de Valencia
***
[1] Marías, J., & Alonso, F. (1994). El cine de Julián Marías. Volumen I. Escritos sobre cine (1960-1965). Barcelona: Royal Brooks, pp. 126-127.
[2] Minguet, C. (2025), “La eternidad de lo diminuto”, https://www.elconfidencialdigital.com/religion/opinion/carola-minguet-civera/eternidad-diminuto/20251209061305054602.html Un planteamiento que muestra con toda coherencia la barbarie aceptada a través de la paternidad por medio de bancos de esperma, como señala la Dra. Minguet en otra Tribuna magistral, “El donante 7069” en la que se destaca “No escandalizó que un solo varón hubiera engendrado doscientas descendencias, sino que algunas de ellas pudieran sufrir cáncer”, LAS PROVINCIAS, Miércoles 17.12.25, p. 31.
[3] Marías, M. (2012). Tú y yo. Madrid: Notorious Ediciones, p. 20.
[4] Ibidem, pp. 20-24.
[5] Fromm, E. (2007). El arte de amar. Una investigación sobre la naturaleza del amor. Barcelona: Paidós, p. 7
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