01 octubre, 2026

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León XIV visita la UNESCO

El Papa lanza una pregunta que la inteligencia artificial no puede responder

León XIV visita la UNESCO

La inteligencia artificial escribe, traduce, programa, diagnostica, calcula y comienza a tomar decisiones que hasta hace muy poco parecían exclusivamente humanas. No es extraño que en todos lados la gente se pregunte: ¿hasta dónde llegará?

El pasado viernes, León XIV, en París, sugiere que quizá debamos cambiar la dirección de nuestros cuestionamientos. Durante su visita a la UNESCO, el Papa afirmó: “La comunicación se ha vuelto mucho más rápida, pero no necesariamente más veraz; la información es abundante, pero no es sinónimo de sabiduría. (…) La inteligencia artificial amplifica este problema: aunque estos sistemas pueden correlacionar datos, no pueden responder a las preguntas sobre el sentido de la vida humana, que tiene sus raíces en la experiencia vivida. No obstante, los seres humanos no pueden vivir sin sentido. El sentido es el oxígeno de la mente. Por esta razón, los desafíos de la comunicación, que son también siempre desafíos de la educación, convierten la búsqueda de la verdad en una cuestión de justicia social y equidad histórica”.

En efecto, nuestra época parece extraordinariamente preocupada por aumentar la “inteligencia” de las máquinas y sorprendentemente poco interesada en preguntarse para qué utilizaremos esa “inteligencia”. Tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior, pero ¿somos por ello más sabios? Podemos comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta, pero ¿acaso nos comprendemos mejor? Los algoritmos conocen nuestros hábitos, anticipan nuestros gustos y seleccionan buena parte de lo que vemos. ¿Esto significa que somos más libres?

Miremos con atención una cosa: una inteligencia artificial puede procesar miles de libros sobre el amor sin haber amado jamás. Puede analizar el sufrimiento sin haber sufrido. Puede describir la muerte sin saber que morirá. Desde este punto de vista, el verdadero peligro quizá no consista en que las máquinas lleguen a parecerse demasiado a los seres humanos, sino en que nosotros anhelemos -de manera consciente o inconsciente- ser como ellas: obsesionados con la velocidad, la productividad, la utilidad y el rendimiento; capaces de procesar cantidades gigantescas de información, pero cada vez menos preparados para preguntarnos qué merece ser amado, qué significa una vida buena o por qué algunas cosas no deberían hacerse aunque tecnológicamente puedan hacerse.

Aquí la reflexión de León XIV adquiere una inesperada dimensión política. Si distinguir lo verdadero de lo falso es esencial para la supervivencia de las sociedades, entonces el acceso a la verdad no es una mera afición para algunos “intelectuales”. Una sociedad incapaz de formar ciudadanos que amen la verdad, y que desde ella se tornen capaces de participación cívica y crítica constructiva, termina produciendo consumidores de información fácilmente manipulables.

Por eso la gran discusión sobre inteligencia artificial no puede quedar exclusivamente en manos de ingenieros, empresarios o gobiernos enamorados de alguna modalidad de tecno-autoritarismo. Un pueblo puede tener tecnologías extraordinariamente capaces y, sin embargo, perder el sentido. Y sin sentido,  una sociedad abandona el necesario oxígeno que requiere para vivir y sobrevivir.

Rodrigo Guerra López

Doctor en filosofía por la Academia Internacional de Filosofía en el Principado de Liechtenstein; miembro ordinario de la Pontificia Academia para la Vida, de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales; Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina. E-mail: [email protected]