24 marzo, 2026

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León XIV exalta a Guadalupe como «lección divina» de inculturación auténtica del Evangelio

El Papa dirige un mensaje profundo a un congreso teológico-pastoral sobre la Virgen Morena, subrayando que la inculturación no es estrategia sino exigencia intrínseca de la misión eclesial, y llama a una catequesis madura ante desafíos contemporáneos, de cara a los 500 años de la aparición

León XIV exalta a Guadalupe como «lección divina» de inculturación auténtica del Evangelio

En un mensaje enviado con motivo de la memoria de san Felipe de Jesús, protomártir mexicano, el Papa León XIV ha dirigido palabras cargadas de reflexión teológica y pastoral a los participantes en un congreso dedicado al signo de perfecta inculturación que representa Santa María de Guadalupe. El Pontífice presenta el acontecimiento del Tepeyac como modelo permanente de cómo Dios entra en la historia de los pueblos: con respeto, diálogo y transformación purificadora, sin imponer ni diluir la novedad salvífica de Cristo.

El texto papal arranca saludando cordialmente a los asistentes y reconociendo su esfuerzo por reflexionar sobre la inculturación del Evangelio a la luz de la Virgen de Guadalupe. León XIV recuerda que Dios se reveló progresivamente, culminando en Jesucristo, en quien no solo comunica un mensaje, sino que se entrega Él mismo. Citando a san Juan de la Cruz, afirma que después de Cristo «no queda otra palabra por esperar», por lo que evangelizar es hacer presente y accesible a Jesús, introduciendo al ser humano en una relación viva con Él.

El Santo Padre enfatiza la lógica de la Encarnación: Cristo asumió la condición humana concreta, por lo que el anuncio del Evangelio debe respetar la realidad cultural de los receptores. La inculturación, lejos de ser una concesión o táctica secundaria, es «exigencia intrínseca» de la misión, como enseñó san Pablo VI en Evangelii nuntiandi. Implica entrar con amor en la historia de los pueblos, asumiendo sus lenguas, símbolos y formas de expresión como lugares donde la gracia desea habitar.

Sin embargo, León XIV advierte con claridad contra equívocos: la inculturación no sacraliza las culturas ni las adopta como criterio último de la fe; tampoco es relativismo ni adaptación superficial. Toda cultura debe ser iluminada y transformada por la gracia pascual. Es un proceso «exigente y purificador» que discierne las semina Verbi (semillas del Verbo) presentes en las culturas, las purifica de lo que las desfigura y las eleva hacia su plenitud en Cristo.

En este marco, la Virgen de Guadalupe emerge como «lección de la pedagogía divina»: no canoniza una cultura ni la ignora, sino que la asume, purifica y transfigura para convertirla en lugar de encuentro con Cristo. La Morenita habla el lenguaje simbólico del pueblo, ofrece cercanía sin violencia y conduce hacia la Verdad plena, encarnada en su Hijo. Así, el Tepeyac no es mera teoría pastoral, sino criterio permanente para discernir la misión evangelizadora: anunciar al Verdadero Dios sin imponerlo ni diluir su novedad.

El Papa advierte sobre el contexto actual: en muchas regiones americanas y del mundo, especialmente en urbes plurales, la fe ya no se transmite por inercia. Ante visiones que relegan a Dios o prescinden de Él, urge una inculturación que dialogue con complejidades culturales y antropológicas, sin asumirlas acríticamente, para suscitar una fe adulta y madura.

Por ello, la catequesis se convierte en «prioridad irrenunciable», no como repetición de contenidos o preparación funcional para sacramentos, sino como camino de discipulado que forme creyentes capaces de discernir, dar razón de su esperanza y vivir el Evangelio con coherencia, incluso a contracorriente.

Finalmente, León XIV encomienda el congreso a la intercesión de santos evangelizadores americanos —como Toribio de Mogrovejo, Junípero Serra, Mamá Antula o Roque González— y a Santa María de Guadalupe, «Estrella de la Nueva Evangelización», para que inspire las iniciativas hacia los 500 años de su aparición (2031). Concluye impartiendo su bendición apostólica desde el Vaticano.

Este mensaje llega en un momento en que la Iglesia intensifica su reflexión sobre la evangelización en contextos plurales, reconociendo en Guadalupe un paradigma vivo de cómo la fe puede arraigar profundamente en las culturas sin perder su radicalidad transformadora.

Texto completo del mensaje:

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN EL
«CONGRESO TEOLÓGICO PASTORAL»
SOBRE EL ACONTECIMIENTO GUADALUPANO, EN MÉXICO

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Queridos hermanos y hermanas:

Los saludo cordialmente y agradezco su trabajo de reflexión en torno al signo de perfecta inculturación que, en Santa María de Guadalupe, el Señor quiso regalar a su pueblo. Al reflexionar sobre la inculturación del Evangelio, conviene reconocer el modo mediante el cual Dios mismo se ha manifestado y nos ha ofrecido la salvación.

Él ha querido revelarse no como un ente abstracto ni como una verdad impuesta desde fuera, sino entrando progresivamente en la historia y dialogando con la libertad del hombre. «Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras» (Hb 1,1), Dios se reveló plenamente en Jesucristo, en quien no sólo comunica un mensaje, sino que se comunica Él mismo; por eso, como enseña san Juan de la Cruz, después de Cristo no queda otra palabra por esperar, no hay nada más que decir, pues todo ha sido dicho en Él (cf. Subida al Monte Carmelo, II, 22, 3-5). Evangelizar consiste, ante todo, en hacer presente y accesible a Jesucristo. Toda acción de la Iglesia debe buscar introducir al ser humano en una relación viva con Él, que ilumina la existencia, interpela la libertad y abre a un camino de conversión, disponiendo a acoger el don de la fe como respuesta al Amor que da sentido y sostiene la vida en todas sus dimensiones.

Sin embargo, el anuncio de la Buena Nueva acontece siempre dentro de una experiencia concreta. Tener eso en cuenta es reconocer e imitar la lógica del misterio de la Encarnación, por el cual Cristo «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14), asumiendo nuestra condición humana, con todo lo que ella comporta en su configuración temporal. Se sigue entonces que no puede ignorarse la realidad cultural de quienes reciben el anuncio y se comprende que la inculturación no es una concesión secundaria ni una mera estrategia pastoral, sino una exigencia intrínseca de la misión de la Iglesia. Como señaló san Pablo VI, el Evangelio —y, por consiguiente, la evangelización— no se identifica con ninguna cultura en particular, pero es capaz de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 20).

Inculturar el Evangelio es, desde esta convicción, seguir el mismo camino que Dios ha recorrido: entrar con respeto y amor en la historia concreta de los pueblos para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de su propia vivencia humana y cultural. Esto implica asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo, no sólo como vehículos externos del anuncio, sino como lugares reales en los que la gracia desea habitar y actuar.

Con todo, es necesario aclarar que la inculturación no equivale a una sacralización de las culturas ni a su adopción como marco interpretativo decisivo del mensaje evangélico, ni puede reducirse a una acomodación relativista o a una adaptación superficial del mensaje cristiano, pues ninguna cultura, por valiosa que sea, puede identificarse sin más con la Revelación ni convertirse en criterio último de la fe. Legitimar todo lo culturalmente dado o justificar prácticas, visiones del mundo o estructuras que contradicen el Evangelio y la dignidad de la persona sería desconocer que toda cultura —como toda realidad humana— debe ser iluminada y transformada por la gracia que brota del misterio pascual de Cristo.

La inculturación es, más bien, un proceso exigente y purificador, mediante el cual el Evangelio, permaneciendo íntegro en su verdad, reconoce, discierne y asume las semina Verbi presentes en las culturas, y al mismo tiempo purifica y eleva sus valores auténticos, liberándolos de aquello que los oscurece o los desfigura. Estas semillas del Verbo, como huellas de la acción previa del Espíritu, encuentran en Jesucristo su criterio de autenticidad y su plenitud.

Desde esta perspectiva, Santa María de Guadalupe es una lección de la pedagogía divina sobre la inculturación de la verdad salvífica. En ella no se canoniza una cultura ni se absolutizan sus categorías, pero tampoco se las ignora o se las desprecia: son asumidas, purificadas y transfiguradas para convertirse en un lugar de encuentro con Cristo. La Morenita manifiesta el modo de Dios para acercarse a su pueblo; respetuoso en su punto de partida, inteligible en su lenguaje y firme y delicado en su conducción hacia el encuentro con la Verdad plena, con el Fruto bendito de su vientre. En la tilma, entre rosas pintadas, la Buena Noticia entra en el mundo simbólico de un pueblo y hace visible su cercanía, ofreciendo su novedad sin violencia ni coacción. Así, lo sucedido en el Tepeyac no se presenta como una teoría ni como una táctica, sino como un criterio permanente para el discernimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, llamada a anunciar al Verdadero Dios por quien se vive sin imponerlo, pero también sin diluir la radical novedad de su presencia salvadora.

Hoy, en muchas regiones del continente americano y del mundo, la transmisión de la fe ya no puede darse por supuesta, particularmente en los grandes centros urbanos y en sociedades plurales, marcadas por visiones del hombre y de la vida que tienden a relegar a Dios al ámbito de lo privado o a prescindir de Él. En este contexto, fortalecer los procesos pastorales exige una inculturación capaz de dialogar con estas realidades culturales y antropológicas complejas, sin asumirlas acríticamente, de modo que suscite una fe adulta y madura, sostenida en contextos exigentes y a menudo adversos. Esto implica concebir la transmisión de la fe no como una repetición fragmentaria de contenidos ni como una preparación meramente funcional para los sacramentos, sino como un verdadero camino de discipulado, en el que la relación viva con Cristo forme creyentes capaces de discernir, de dar razón de su esperanza y de vivir el Evangelio con libertad y coherencia.

Por ello, la catequesis se vuelve una prioridad irrenunciable para todos los pastores (cf. CELAM, Documento de Aparecida, 295-300). Está llamada a ocupar un lugar central en la acción de la Iglesia, a acompañar de forma continua y profunda el proceso de maduración que conduce a una fe realmente comprendida, asumida y vivida de manera personal y consciente, incluso cuando ello suponga ir a contracorriente de los discursos culturales dominantes.

En este Congreso, ustedes han querido redescubrir y comprender cómo difundir adecuadamente el contenido teológico del acontecimiento guadalupano y, por ende, del Evangelio mismo. Que el ejemplo y la intercesión de tantos santos evangelizadores y pastores que se enfrentaron a ese mismo desafío en su tiempo —Toribio de Mogrovejo, Junípero Serra, Sebastián de Aparicio, Mamá Antula, José de Anchieta, Juan de Palafox, Pedro de San José de Betancur, Roque González, Mariana de Jesús, Francisco Solano, entre tantos otros— les concedan luz y fortaleza para proseguir el anuncio hoy. Y que Santa María de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización, acompañe e inspire cada iniciativa rumbo a los 500 años de su aparición. De corazón les imparto la Bendición.

Vaticano, 5 de febrero de 2026. Memoria de san Felipe de Jesús, protomártir mexicano.

LEÓN PP. XIV

Exaudi Redacción

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