León XIV: entre la ilusión, la incertidumbre y la esperanza
Ante la recuperación de León XIV y la posible reconfiguración de su viaje a Uruguay, Argentina y Perú, la salud de la persona y el verdadero sentido de la esperanza cristiana se imponen sobre cualquier calendario
Mientras Uruguay, Argentina y Perú se preparan para recibir al sucesor de Pedro, su recuperación nos invita a reflexionar sobre el sentido de la espera y el cuidado de la persona. Porque la esperanza cristiana no depende de un calendario.
El domingo 11 de octubre, León XIV anunció después del Ángelus que debía someterse a una intervención quirúrgica. El martes 13 ingresó al Policlínico Gemelli de Roma, donde fue operado con éxito.
Las noticias sobre su recuperación son alentadoras. Sin embargo, los tiempos de la salud no siempre coinciden con los calendarios previstos.
Mientras tanto, a miles de kilómetros, los pueblos de Uruguay, Argentina y Perú continúan preparándose para recibirlo, entre la ilusión y la angustia, la esperanza y el temor a una posible postergación.
Una visita apostólica comienza mucho antes de que el avión aterrice. Comienza cuando las comunidades se organizan, los voluntarios ofrecen su tiempo, los jóvenes se entusiasman y miles de corazones empiezan a arder ante la posibilidad de encontrarse con el sucesor de Pedro.
Hay reuniones, proyectos, viajes organizados, tareas compartidas y sueños que comienzan a tomar forma. Hay personas que trabajan silenciosamente para que otros puedan vivir ese encuentro.
Y hay también quienes esperan simplemente poder verlo pasar, recibir su bendición o escuchar una palabra que renueve su esperanza.
Por eso, la incertidumbre puede traer tristeza, temor y desilusión.
No porque falte fe, sino porque existe un deseo profundo.
Y quizás allí comience el verdadero desafío: aprender a transitar la esperanza.
Esperar no es tener certezas
Vivimos acostumbrados a las respuestas inmediatas, a los calendarios y a los proyectos que deben cumplirse. Nos cuesta aceptar que hay situaciones que escapan a nuestro control.
El silencio, cuando esperamos una respuesta, puede volverse incómodo. Nos lleva a imaginar escenarios, anticipar decisiones y buscar certezas que todavía nadie puede ofrecer.
Pero la esperanza cristiana no es la seguridad de que sucederá aquello que deseamos. Es la confianza en que Dios sigue caminando con nosotros, aun cuando las cosas no resulten como las imaginamos.
Hay una diferencia entre la ilusión de recibir al Papa y la esperanza que sostiene nuestra fe.
La primera está ligada a un acontecimiento. La segunda tiene raíces mucho más profundas.
La ilusión puede verse frustrada. La esperanza, en cambio, está llamada a sostenernos incluso en medio de esa frustración.
Esto no significa que debamos ocultar la tristeza o fingir que nada nos afecta. La fe no nos vuelve insensibles. También podemos sentir desilusión, preguntarnos por qué suceden determinadas cosas y necesitar tiempo para aceptarlas.
La esperanza no elimina la desilusión: nos ayuda a atravesarla sin quedarnos atrapados en ella.
Y quizás este tiempo nos enfrente a una pregunta todavía más profunda:
¿Somos capaces de amar al Papa incluso cuando ese amor nos exige renunciar, por un tiempo, a la alegría de recibirlo?
Cuando la persona importa más que el calendario
Durante estos meses esperamos la confirmación de la visita de León XIV, imaginamos sus encuentros, los lugares que recorrería y los mensajes que podríamos escuchar. Finalmente, llegó el anuncio.
Pero hoy la realidad nos recuerda algo esencial: antes que una agenda, antes que un acontecimiento histórico, hay una persona.
Un hombre que, como cualquiera de nosotros, puede enfermarse, necesita cuidados y tiene derecho a recuperarse sin que las expectativas de millones de personas se conviertan en una carga.
No podemos predicar el cuidado de la vida, la misericordia y la dignidad de cada ser humano si, llegado el momento, nuestros deseos terminan siendo más importantes que la salud de quien esperamos.
Y esto adquiere un significado especial en un pontificado que vuelve a insistir en la centralidad de la persona humana.
Tal vez el primer mensaje que debamos recibir de León XIV no llegue desde un escenario multitudinario, sino desde esta situación inesperada que nos invita a poner en práctica aquello que tantas veces escuchamos.
Quizás también en este momento Dios nos esté hablando a través del sucesor de Pedro, recordándonos que cuidar a la persona es más importante que cumplir nuestros planes.
La generosidad y la misericordia no pueden quedar solamente en los discursos. También deben expresarse en nuestra capacidad de comprender, acompañar y aceptar.
Una espera que también puede dar frutos
Los preparativos continúan, aunque la realización del viaje dependerá de la recuperación del Papa y de las indicaciones médicas.
Y quizás deban continuar, porque la esperanza también necesita expresarse en acciones.
¿Estamos construyendo comunidad? ¿Estamos aprendiendo a trabajar juntos? ¿Estamos descubriendo que la Iglesia no es solamente una multitud reunida alrededor del Papa, sino un pueblo que camina unido por la fe?
Cada voluntario que ofrece su tiempo, cada comunidad que se organiza y cada persona que se prepara para el encuentro ya está haciendo algo valioso.
Nada de eso pierde sentido si las fechas cambian.
Porque la misión de la Iglesia no comienza cuando llega el Papa ni termina si su visita debe postergarse.
La misión ya está en marcha.
Quizás, incluso, este tiempo de incertidumbre pueda ayudarnos a descubrir que la preparación más importante no es la de los escenarios, los recorridos o las celebraciones, sino la de una Iglesia dispuesta a escuchar, servir y salir al encuentro de los demás.
Transitar la esperanza
Hoy nuestra oración debería centrarse, ante todo, en la recuperación de León XIV, en su fortaleza y en la sabiduría de quienes deben acompañarlo en las decisiones que vienen.
Y también en nosotros, para que sepamos vivir este tiempo sin convertir la ilusión en exigencia, el silencio en desconfianza ni la incertidumbre en desesperanza.
Si finalmente podemos recibirlo en las fechas previstas, la alegría será inmensa. Y si es necesario esperar un poco más, tendremos la oportunidad de demostrar que nuestro cariño por el sucesor de Pedro no depende de un calendario.
Porque la esperanza cristiana no es una promesa de que nuestros proyectos se cumplirán tal como los imaginamos. Es la certeza de que Dios permanece presente aun cuando debemos cambiar de camino.
Quizás, después de todo, este tiempo también sea una enseñanza.
La esperanza no es la certeza de que el Papa vendrá. Es la confianza de que, venga o no en las fechas previstas, la fe que nos reúne seguirá viva.
A veces, amar significa encontrarse.
Otras veces, amar significa saber esperar.
Y también eso es transitar la esperanza.

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