Ladrillo a ladrillo, gota a gota
Dar sentido a la vida, poner nuestro pequeño ladrillo
Uno de los libros que más me ha hecho pensar, y no poco, es El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. No es un cuento de hadas. Tampoco lo pretende. Es el enorme testimonio de un ser humano que fue capaz de sobrevivir a varios campos de concentración nazis y, aun así, afirmar algo que descoloca: que la vida siempre tiene sentido. Siempre.
Incluso allí.
Incluso en medio de lo peor que uno pueda imaginar.
Frankl sostenía que al ser humano se le puede arrebatar casi todo, salvo una cosa: la capacidad de dar sentido a su existencia. Dicho de otro modo, incluso cuando no elegimos lo que nos ocurre, seguimos siendo autores de cómo respondemos.
Una idea que sigue interpelándonos hoy
No hace falta trasladarse a aquel horror para entender que esto nos interpela hoy. Basta con mirar alrededor. O, mejor aún, mirarnos por dentro.
Vivimos en una sociedad que ha mejorado en muchas cosas, no seré yo quien lo niegue, pero que, al mismo tiempo, parece haber perdido en ocasiones el norte. Y el sur, y el este y el oeste.
Y no será por falta de temas sobre los que quejarse.
Si te paras a pensar, seguro que se te ocurren unos cuantos: guerras, violencia, crispación, superficialidad, falta de respeto, desorientación… Podríamos seguir. El listado es largo. Muy largo.
Ahora bien, la pregunta no es solo qué habría que cambiar ahí fuera. La cuestión de fondo es otra: ¿qué estamos dispuestos a cambiar nosotros?
El mundo también se cambia desde dentro
Porque, cuando uno habla de “arreglar el mundo”, la tentación es pensar en grandes decisiones, en políticas globales, en movimientos de alcance. Y algo de eso habrá. Hay. Pero no nos engañemos: el mundo se cambia, si es que se cambia, de otra manera mucho más sencilla y mucho más exigente.
Porque te concierne.
Porque me concierne.
Ladrillo a ladrillo.
Cada uno desde su sitio. Desde el lugar que ocupa. Desde lo que le toca hacer hoy.
La imagen del reloj
A veces me gusta pensar en esto como en un reloj. Un mecanismo complejo en el que cada pieza, también la más pequeña e incluso no visible, tiene su función. Falta un tornillo, uno solo, y el conjunto deja de funcionar como debe.
Puede parecer insignificante, pero no lo es.
Lo mismo ocurre con nosotros.
Hay quien dedicará su vida a la política, ojalá siempre entendida como servicio al bien común; quien investigará, quien enseñará, quien curará, quien protegerá. Y hay quien, sin focos ni titulares, sostendrá a una familia, acompañará a un enfermo o hará bien su trabajo cada día.
Todo cuenta. Todo suma. O todo resta.
Depende de ti, del otro, de mí.
No estamos aquí para pasar el rato
El problema aparece cuando creemos que estamos aquí simplemente para “pasar el rato”. Para consumir, entretenernos y dejar que el tiempo corra. Que se vayan quemando las hojas del calendario. Como si vivir fuera gastar la vida, en lugar de darla.
No funciona.
Porque, en el fondo, todos necesitamos algo más: saber que lo que hacemos tiene sentido. Que lo que somos importa. Que nuestra presencia no es casual. Ni aleatoria.
Y no lo es.
Cada persona, tú, yo, cualquiera, tiene una misión. A veces discreta. A veces silenciosa. A veces poco vistosa. Pero siempre real.
Y, cuando uno intenta cumplirla bien, bien de verdad, algo cambia. Cambia el día. Cambia la vida. Y, sin hacer ruido, puede que también cambie un poco el mundo.
Una invitación sencilla y exigente
Así que, sin grandes teorías, te dejo una idea sencilla: no subestimes lo que puedes aportar. Haz lo que te toca. Hazlo bien. Y hazlo con sentido.
Porque, al final, de eso va todo esto. De ir poniendo, cada día, nuestro pequeño ladrillo. O nuestra gota en el mar. Para recordar, como decía la Madre Teresa de Calcuta, que el mar no sería lo mismo si le faltara esa gota.
Mójate. Y da sentido a tu vida. Harás bien.

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