01 julio, 2026

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La vid, la poda y el clamor por la paz: León XIV inaugura el Consistorio Extraordinario

Ante el Colegio Cardinalicio en la víspera de San Pedro y San Pablo, el Pontífice advierte que «la guerra nunca puede ser bendecida» y llama a la Iglesia a permanecer injertada en Cristo para dar fruto en tiempos de prueba

La vid, la poda y el clamor por la paz: León XIV inaugura el Consistorio Extraordinario

En la víspera de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, la Basílica de San Pietro se ha convertido en el epicentro de la catolicidad visible. El Papa León XIV ha presidido la Santa Misa de apertura del Consistorio Extraordinario, uniendo en torno al altar al Colegio Cardinalicio llegado desde todos los rincones del planeta. En un momento de profunda gravedad geopolítica y eclesial, el Sucesor de Pedro ha marcado la hoja de ruta de estas jornadas con una vibrante relectura evangélica y una denuncia rotunda e inapelable: «la guerra nunca puede ser bendecida».

La linfa que sostiene a la Iglesia

Tomando como eje la alegoría evangélica de la vid y los sarmientos («Yo soy la vid verdadera», Jn 15,1), León XIV ha recordado a los purpurados que la diversidad de procedencias, lenguas y realidades pastorales solo encuentra su «centro luminoso» si permanece unida a Cristo.

«Sin mí no podéis hacer nada», ha advertido el Papa citando al Maestro, para subrayar que los dones, la gracia y la verdad que deben fluir en las deliberaciones del Consistorio no son fruto de estrategias humanas, sino de la comunión íntima con Dios.

El Pontífice ha insistido en que la gracia divina no produce un crecimiento raquítico o estancado, sino un desarrollo riguroso destinado a dar «mucho fruto». Sin embargo, no ha ocultado que este florecimiento pasa inevitablemente por la experiencia de la purificación: la vida eclesial, incluso cuando se inicia firmemente en la fe, es fortalecida a través de la «prueba de la poda», cultivada siempre por la premura y el cuidado del Padre.

La contundencia ante el drama de la guerra

Más allá de la hondura teológica intramuros, el eco más político y social del inicio del Consistorio ha resonado al abordar los conflictos que desgarran el escenario internacional. Aludiendo a la misión pacifista de la Iglesia y a la urgencia de reconciliación global, León XIV ha clamado con firmeza contra la instrumentalización de lo sagrado para justificar la violencia.

La contundente afirmación de que ninguna guerra puede recibir la bendición divina sitúa de nuevo la diplomacia vaticana en la línea de la defensa irrestricta de la vida humana y la resolución pacífica de los conflictos, instando a los cardenales a llevar en el corazón el sufrimiento de los pueblos que sufren el azote de las armas de manera directa.

Bajo la sombra de las columnas de Roma

La coincidencia cronológica de este Consistorio con la gran fiesta de los patronos de Roma, Pedro y Pablo, no es un detalle menor para el Papa. León XIV ha invitado a los cardenales a detenerse en la memoria de estos dos misioneros mártires, cuyas vidas se hicieron una sola pieza con su predicación hasta el punto de convertirse en parte de las Sagres Escrituras.

Con las sesiones de trabajo ya en marcha en el Aula Nueva del Sínodo, este Consistorio Extraordinario se presenta no solo como un espacio de consulta e institucionalidad, sino como un recordatorio de que la Iglesia está llamada a sostener la esperanza del mundo, precisamente cuando las tensiones globales amenazan con resquebrajarla.

Texto completo de la homilía:

CONSISTORIO EXTRAORDINARIO
(26-27 DE JUNIO DE 2026)

CONCELEBRACIÓN CON LOS CARDENALES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Basílica Vaticana
Viernes, 26 de junio de 2026

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Queridos y venerados hermanos:

nos hemos reunido en torno al altar del Señor, junto a la tumba de san Pedro, para dar comienzo al Consistorio. Venimos a celebrar esta Eucaristía procedentes de todos los rincones del mundo: junto con nuestra vida, ofrecemos a Dios las comunidades y los pueblos que llevamos en el corazón, así como los proyectos y las experiencias pastorales, tanto las alegres como las difíciles.

Esta variedad de sentimientos y pensamientos converge ahora, es decir, encuentra su centro luminoso que es Cristo. Él mismo, en persona, se dirige a nosotros diciendo: «Yo soy la vid verdadera» (Jn 15,1). Por medio de Jesús, la gracia y la verdad fluyen en nuestra vida (cf. Jn 1,17), renovándonos íntimamente; estos dones divinos son también la savia fecunda del Consistorio que hoy inauguramos. Es el propio Evangelio el que prepara las condiciones para que este sea fructífero: «Permanezcan en mí como yo en ustedes» (Jn 15,4). Por un lado, el Maestro nos advierte así que «separados sin mí no pueden hacer nada» (v. 5); por otro, quiere que sus discípulos den «mucho fruto» (v. 8). Sí, mucho; la gracia de Dios no produce en quien la acoge un crecimiento raquítico, sino un desarrollo exuberante. El Verbo eterno, en efecto, se hizo hombre para que todos «tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). Iniciada en la fe, esta vida se ve incluso fortalecida por la prueba de la podadura, porque es cultivada por la solicitud del Padre.

Por eso, mientras pedimos a Dios que nos conceda fuerza y sabiduría, resulta significativo que nuestro Consistorio tenga lugar en la víspera de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Detengámonos juntos en esta conmemoración, que recuerda a las columnas de la Iglesia católica y romana, los dos misioneros mártires cuya predicación se fundió con su vida, hasta el punto de volverse parte de las Sagradas Escrituras.

Al escuchar hoy las palabras de san Pablo a los Corintios, podemos apreciar la feliz consonancia con las del Evangelio. Los diversos carismas, en efecto, los ministerios y las actividades eclesiales son como los sarmientos de la única vid, es decir, del único Señor (cf. 1 Co 12,4-6), que infunde el Espíritu Santo en su Iglesia. A esta unidad orgánica corresponde el criterio que hace que todos esos servicios eclesiales sean buenos y gratificantes: el criterio del bien común (cf. v. 7).

Queridos hermanos, de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar quisiera sacar algunas indicaciones para nuestro discernimiento de estos días.

En primer lugar, el ejemplo de los santos Pedro y Pablo nos anima a compartir en la fe la verdadera libertad. De hecho, es precisamente la relación con el Señor Jesús la que nos libera del pecado y del miedo: Al tiempo que nos llama a seguirle, Él mismo nos envía al mundo como sucesores de los apóstoles. Anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos y dedicarnos al rebaño del Señor se hace realidad y da fruto en la medida en que creemos en Él, Buen Pastor. La fe es esa virtud, nunca dada por sentada, que da vida a la Iglesia, porque corresponde a la gracia que nutre los sarmientos de la única vid. La Iglesia viva es la Iglesia que cree, por el don del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones: esta es la Iglesia que da mucho fruto. Así como la gracia divina precede a la libertad humana, también la fe de la Iglesia precede a la nuestra y exige que demos testimonio de ella con entusiasmo. Esta misión tiene a Cristo como principio y como fin: en palabras del salmista, «anuncien su salvación todos los días. Proclamen su gloria entre las naciones» (Sal 96, 2-3).

En segundo lugar, pidamos el don de la paz en la unidad. Mientras invitamos a todos los pueblos a la fe, en la cual somos verdaderamente libres, las tensiones internacionales y los conflictos hieren gravemente a la familia humana. Sin embargo, no faltan —es más, se multiplican— en la Iglesia y en el mundo iniciativas y experiencias que llaman al respeto de la dignidad humana, de la justicia, del derecho, en pocas palabras, de lo que es humano. Esto es motivo de esperanza, porque testimonia la belleza de la obra de Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, como signo de su gloria en el mundo. Cuando se hiere a este signo, todos somos heridos. Cuando se corrompe, todos sufrimos las consecuencias. Cuando se le aniquila, todos nos sentimos desgarrados. Por eso, la guerra nunca es digna del hombre, y nunca será bendecida por Dios, porque el Creador nos ha dotado de inteligencia y voluntad para resolver los conflictos como seres humanos y no como animales, aun cuando se esté dotados de armas hipertecnológicas. La unidad de la familia humana precede a los pueblos y naciones individuales. No se trata sólo de un dato biológico, sino que es un principio ético. La paz es un deber de justicia porque somos una única familia humana, una magnifica humanitas que halla en Cristo a su único jefe y redentor.

Al reflexionar sobre la encíclica que promulgué el pasado 15 de mayo, es necesario continuar por el camino trazado por san Pablo VI: cuando él «introdujo la expresión “civilización del amor”, el mundo se veía marcado por la Guerra Fría, la carrera armamentista y fuertes desequilibrios económicos. En ese contexto, la Iglesia indicaba un camino alternativo a la oposición ideológica entre sistemas, imaginando un orden social en el que la justicia y la caridad se entrelazan» (Carta enc. Magnifica humanitas, 186. Cf. S. Pablo VI, Regina Caeli, 17 mayo 1970). De ese modo, el testimonio cristiano se convierte en profecía de un mundo nuevo, en evangelización y servicio, en un proyecto cultural y social que promueve de manera integral el desarrollo humano. La Iglesia, al anunciar el Evangelio entre alegrías y persecuciones, nunca toma partido: es para todos, y a cada uno dirige una misma palabra de conversión y de salvación.

En tercer lugar, disfrutemos hoy y siempre de la concordia en la obediencia, es decir, en la escucha que reconoce el don del Verbo, hecho carne por nosotros. A través de este ejercicio, el Espíritu Santo nos guía, señalándonos Él mismo los problemas y las oportunidades pastorales, purificando las intenciones y corrigiendo lo que se desvía del camino común. La puesta en práctica del Sínodo, por la que nos estamos esforzando, invita a todos a avanzar en la unidad de la fe, en la promoción de la paz y en la obediencia a la Palabra viva, que es Jesús. En esta perspectiva, «los enormes y veloces cambios culturales requieren que prestemos una constante atención para intentar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad» (Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 41). El único Verbo, hecho hombre, se expresa en todas las lenguas: Cristo muerto y resucitado es la vid verdadera, que da fruto a través de todas las culturas que los cristianos transforman desde dentro. Así, cuando se marchitan las ideologías del mundo, el Espíritu Santo hace florecer en la Iglesia la comprensión fraterna, la caridad y el impulso misionero.

Al trabajar juntos, nuestra colegialidad resume la sinodalidad en la que participan todos los bautizados, en la unidad del pueblo de Dios. La sinodalidad y la colegialidad son, en efecto, formas de la fraternidad cristiana que nos une como bautizados y como obispos. Por eso, la ayuda que puedan prestarme en el ejercicio del ministerio petrino encuentra en mí a quien pide, no a quien manda. La autoridad del primado, de hecho, es propia de quien escucha y solo por eso guía, de quien aprende y sólo por eso enseña, siempre siguiendo al único Maestro. Que la intercesión de los santos apóstoles Pedro y Pablo nos acompañe en este apasionante camino.

Exaudi Redacción

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