La sal de la tierra o el sabor de la nada
El cristianismo no se salva rebajando sus exigencias, sino viviendo la audacia del Evangelio a contracorriente
¿Quién apagó la luz de las grandes preguntas? Vivimos con el acelerador pisado a fondo en un escaparate donde el aplauso virtual sustituye al sentido, despachando la existencia entre prisas y convirtiendo a Dios en una pieza de anticuario o en un incordio decorativo.
Nos han vendido la ilusión de que el hombre se basta a sí mismo, de que podemos prescindir del Creador para levantar la civilización, ignorando aquella advertencia tajante que atraviesa los siglos: «separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Cuando las estructuras se agrietan y la intemperie moral nos sacude, descubrimos el engaño.
Frente a este espejismo, la Iglesia no está llamada a acurrucarse en la sacristía ni a pactar con los poderes del siglo, sino a plantar cara desde la intrepidez de la fe y la coherencia vivida a pie de calle.
Recientemente, durante su viaje apostólico y su histórico encuentro con la Conferencia de Obispos de Francia en el hemiciclo de Santa Bernadette en Lourdes, el papa León XIV recordaba una verdad fundamental: la Iglesia «no está «por encima» ni «junto» al mundo, sino que está injertada en él». Su voz mantiene esa autoridad moral que sacude los debates clave de nuestro tiempo ante los grandes asuntos que atañen a los fundamentos de la civilización.
Como señaló con rotundidad el Pontífice en aquella asamblea: «Aunque no siempre se la escuche, se la espera. Aunque no se la siga… es necesaria; ¡no lo duden!».
Más allá de las ideas organizativas: La construcción de la ciudad terrenal
Construir un mundo más justo y humano no es el resultado de meras estrategias de despacho o cálculos organizativos. Como nos enseña la doctrina conciliar de la Gaudium et spes, la aportación de los creyentes a la construcción de la ciudad terrenal no busca cuotas de poder, sino que consiste en «el testimonio de la fe y de la caridad, junto con el compromiso por la justicia, la paz, la fraternidad».
El Papa advertía a los obispos franceses sobre los peligros de una sociedad donde decaen la fraternidad y la calidad de vida, y donde resurgen la pobreza y la desigualdad. Ante este panorama, la tentación de diluir el mensaje cristiano para hacerlo más inofensivo resulta estéril, recordando la premisa de que «ciertamente, no es diluyendo los contenidos y suavizando las exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo».
El papel insustituible de los fieles laicos y la coherencia de vida
A los fieles laicos les corresponde aquí un papel insustituible. En virtud del Bautismo, están llamados a «animar el mundo con el espíritu cristiano y la visión del Evangelio», teniendo como principales ámbitos de acción la familia y la actividad laboral.
Los Padres Conciliares señalaban con claridad que «la separación entre la fe profesada y la vida diaria debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época». La verdadera transformación de la cultura no se logra desde los despachos, sino a través de la santidad personal y la coherencia de los cristianos corrientes. Cuando la fe ilumina las decisiones cotidianas, el Evangelio se vuelve operante y creíble.
Cambiar la cultura sin diluir las exigencias
Para cambiar la cultura del mundo no sirve el acomodo ni la tibieza. Se requiere un ánimo equilibrado, «libre de las modas culturales, capaz de mirar al mundo en un modo positivo y, al mismo tiempo, firme en la custodia y la presentación del mensaje evangélico en su integralidad». Los jóvenes de hoy, ávidos de autenticidad y preocupados por el futuro que heredan, no buscan un mensaje rebajado; exigen radicalidad evangélica y una sólida formación doctrinal.
Hagámonos dóciles a la acción del Espíritu Santo para vivir nuestra fe sin complejos. Solo desde una santidad sin fisuras, arraigados en Cristo y comprometidos con las preguntas profundas del hombre contemporáneo —como aquellas «sobre nuestro origen y nuestro destino, así como aquellas sobre el sentido del amor y del dolor»—, seremos capaces de desenmascarar las falsas promesas del mundo.
Porque, en definitiva, la única pretensión de la Iglesia al caminar por la historia es el advenimiento del Reino de Dios y la salvación de la humanidad. Y como nos recuerda el Magisterio con acento firme, sin la marca viva de la santidad personal y del amor fraternal, nuestra palabra corre el riesgo de vaciarse. Solo una vida entregada en coherencia y caridad abre brecha en el corazón del hombre contemporáneo, devolviéndole la esperanza y abriendo, en medio de la oscuridad, caminos de auténtica renovación.

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