La Iglesia y la cultura: una alianza incontestable
Frente al sesgo del presentismo y el mito del retroceso, León XIV recuerda el papel histórico del cristianismo como motor de las artes, las letras y la educación universal
Aún hoy se repite con ligereza el viejo cliché de que la fe cristiana camina en dirección contraria a la ciencia, el pensamiento y el progreso cultural. A esta deformación contribuye en gran medida la trampa del presentismo: esa perversa tendencia a juzgar los siglos pasados con los códigos y la sensibilidad del presente, ignorando que fueron precisamente las instituciones cristianas las que sembraron las bases de las libertades y del saber de los que hoy disfrutamos.
Sin embargo, basta con revisar la historia con rigor para constatar una realidad incontestable: la vocación de la Iglesia por la educación digna, la universalización del saber y la inculturación del Evangelio en todas las Bellas Artes abarca sin interrupción desde el inicio de la predicación apostólica hasta nuestros días.
El Papa León XIV lo ha vuelto a poner sobre la mesa en su reciente Audiencia General al recordar que «el Concilio Vaticano II no podía dejar de hablar de la cultura y de sus relaciones con la fe cristiana». No hay base seria para sostener que la Iglesia ha puesto piedras en el camino del conocimiento cuando su labor ha vertebrado la enseñanza en los cinco continentes y impulsado las mayores expresiones artísticas de la humanidad, empezando por el hecho indiscutible de que «las universidades medievales nacieron, como sabemos, en el seno de la Iglesia, y contribuyeron de manera decisiva al desarrollo de la civilización occidental».
Pensar y crear la fe desde la vida real
Esta labor educativa y creadora no nació por cálculo ni por estrategia, sino por una exigencia teológica de fondo. Como explicó el Pontífice, «la relación entre la fe y la cultura encuentra su fundamento principal en la Encarnación: si la Palabra divina se hizo carne y habitó entre nosotros, también la fe es una realidad encarnada, entretejida con la cultura en la que está inmersa».
La fe cristiana rechaza las abstracciones etéreas. Está llamada «a hacerse cultura, es decir, a llegar a la persona en su entorno vital, constituido por palabras humanas, tradiciones, sentido religioso, arte y poesía, pensamiento y ciencia». De las naves románicas y góticas a los frescos renacentistas, de la escultura barroca a la literatura mística y la música sacra, la Iglesia no solo ha preservado la belleza, sino que la ha engendrado como vía de acceso al misterio. De ahí la contundente advertencia de san Juan Pablo II que rescató León XIV: «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida».
Tolerancia cero a la discriminación
En el ADN de las escuelas, universidades y centros de formación promovidos por la Iglesia ha estado siempre el rechazo frontal a cualquier tipo de discriminación, se piense por el motivo que se piense. Caer en la miopía del presentismo impide ver cómo el cristianismo fue pionero en democratizar el acceso al saber y a la belleza frente a las élites del momento: el acceso a la formación jamás se ha concebido en el ideario católico como un privilegio restringido o una herramienta de exclusión.
Al haber sido «enviada a todos los pueblos sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o reciente». Por eso el Concilio pide con firmeza romper barreras: «todos aquellos que tienen capacidad para acceder a los estudios superiores […] deben contar con las condiciones necesarias para poder hacerlo efectivamente», al tiempo que exige que «se reconozca y promueva la participación propia y necesaria de la mujer en la vida cultural».
Abrir las aulas y las artes al mundo, sin trincheras
Lejos del mito del colonialismo cultural o el adoctrinamiento rígido, el mensaje cristiano se adapta y respeta cada entorno. La Iglesia «habita en ellas y las configura desde dentro según la forma de Jesucristo», entablando un diálogo enriquecedor donde «puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes culturas». Su meta es combatir el analfabetismo y emancipar a la persona dándole las mejores herramientas científicas, artísticas y espirituales.
La fe no se vive desde la trinchera ni con sospecha hacia el pensamiento o las vanguardias de su época. La Gaudium et spes «nos recomienda no vivir la fe con un espíritu de contraposición u hostilidad hacia el mundo, la cultura y sus expresiones humanas», e invita a los creyentes a «vivir en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y esforzarse por comprender su manera de pensar y de sentir».
Frente al prejuicio, la caricatura simplista y el sesgo anacrónico del presentismo, las palabras de León XIV dejan claro que lograr «una síntesis madura y responsable entre la fe y la cultura es, en efecto, una condición necesaria para perseverar en la vocación cristiana, y también un requisito indispensable para dar testimonio de la fe ante el mundo y comunicarla a los demás de manera creíble».

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