La fe y los pobres, inseparables: claves de la exhortación Dilexi te de León XIV
La exhortación de León XIV: un texto que propone los fundamentos de la Revelación cristiana y de la tradición de la Iglesia
Si Pedro nos recuerda que los pobres son el corazón del Evangelio
Andrea Tornielli
Dilexi te, la primera exhortación apostólica de León XIV, está vinculada desde su título a la última encíclica del Papa Francisco, Dilexit nos (octubre de 2024) y es, en cierto modo, su continuación. No es un texto sobre la Doctrina Social de la Iglesia, no entra en el análisis de problemas concretos. Más bien propone los fundamentos de la Revelación, destacando el fuerte vínculo que existe entre el amor de Cristo y su llamada a estar cerca de los pobres. En efecto, la centralidad del amor a los pobres está en el corazón mismo del Evangelio y, por tanto, no puede reducirse a un «pálpito» de algunos Pontífices o de ciertas corrientes teológicas, ni presentarse como una consecuencia social y humanitaria extrínseca a la fe cristiana y a su anuncio.
«El afecto al Señor está unido al afecto a los pobres”, escribe León. Son, pues, inseparables: “Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”, dice Jesús. Por tanto, aquí «no estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación: el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia».
El Papa observa que, por desgracia, también los cristianos corren el riesgo de «contagiarse» de actitudes mundanas, ideologías y visiones político-económicas engañosas. El fastidio con que a veces se oye hablar del compromiso con los pobres, casi como si fuera una distracción del amor y del culto dirigidos a Dios, revela la actualidad del documento: «El hecho de que el ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar -afirma León XIV- que es necesario volver a leer el Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana».
A través de citas bíblicas y comentarios de los Padres de la Iglesia, se nos recuerda así que el amor a los pobres no es un «camino opcional», sino que representa «el criterio del verdadero culto». Iluminadoras, incluso para la Iglesia de hoy, son, por ejemplo, las palabras de san Juan Crisóstomo y san Agustín: el primero nos invita a honrar a Jesús en el cuerpo de los pobres, preguntándose qué sentido tiene tener altares llenos de cálices de oro mientras Cristo está extenuado por el hambre a las puertas de la iglesia; el segundo define a los pobres como «la presencia sacramental del Señor», viendo en el cuidado de los pobres una prueba concreta de la sinceridad de la fe: «Miente quien dice amar a Dios y no tiene compasión de los necesitados».
En virtud de este vínculo con la esencia del mensaje cristiano, la parte final de Dilexi te contiene una llamada dirigida a todo bautizado para que se comprometa concretamente en la defensa y la promoción de los más débiles: «Es responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios hacer oír, de diferentes maneras, una voz que despierte, que denuncie y que se exponga». Incluso a costa de parecer «estúpidos». Un mensaje lleno de consecuencias para la vida eclesial y social: el actual sistema económico-financiero y sus «estructuras de pecado» no son ineluctables y, por tanto, es posible comprometerse a pensar y construir, con la fuerza de la bondad, una sociedad diferente y más justa, mediante «un cambio de mentalidad, pero también con la ayuda de las ciencias y la técnica, mediante el desarrollo de políticas eficaces en la transformación de la sociedad».
La exhortación fue preparada inicialmente por Francisco. Fue adoptada por su sucesor León XIV, que como religioso y luego como obispo misionero compartió gran parte de su vida con los pobres, dejándose evangelizar por ellos.
“Dilexi te”, León XIV: no se puede separar la fe del amor por los pobres
Salvatore Cernuzio
Se ha publicado la primera exhortación apostólica de Robert Francis Prevost, un trabajo iniciado por Francisco sobre el tema del servicio a los pobres, en cuyo rostro encontramos “el sufrimiento de los inocentes”. El Papa denuncia la economía que mata, la falta de equidad, la violencia contra las mujeres, la desnutrición y la emergencia educativa. Hace suyo el llamamiento de Bergoglio a favor de los migrantes y pide a los creyentes hacer oír “una voz que denuncie”, porque “las estructuras de injusticia deben ser destruidas con la fuerza del bien”.
Dilexi te, «Te he amado» (Ap 3,9). El amor de Cristo que se hace carne en el amor a los pobres, entendido como cuidado de los enfermos; lucha contra la esclavitud; defensa de las mujeres que sufren exclusión y violencia; derecho a la educación; acompañamiento a los migrantes; limosna que “es justicia restaurada, no un gesto de paternalismo”; equidad, cuya falta es “raíz de los males sociales”. León XIV firma su primera exhortación apostólica, Dilexi te, un texto de 121 puntos que brota del Evangelio del Hijo de Dios, que se hizo pobre desde su entrada en el mundo y que relanza el Magisterio de la Iglesia sobre los pobres en los últimos ciento cincuenta años. “Una auténtica fuente de enseñanzas”.
Siguiendo los pasos de sus predecesores
Con este documento firmado el 4 de octubre, festividad de San Francisco de Asís, el Pontífice agustino sigue los pasos de sus predecesores: Juan XXIII, con su llamamiento a los países ricos en Mater et Magistra para que no permanecieran indiferentes ante los países oprimidos por el hambre y la miseria (83); Pablo VI, con la Populorum progressio y su intervención en la ONU “como abogado de los pueblos pobres”; Juan Pablo II, que consolidó doctrinalmente “la relación preferencial de la Iglesia con los pobres”; Benedicto XVI y la Caritas in Veritate, con su lectura “que se hace más marcadamente política” de las crisis del tercer milenio. Por último, Francisco, que ha hecho del cuidado “por los pobres” y “con los pobres” uno de los pilares de su pontificado.
Una obra iniciada por Francisco y retomada por León
Fue precisamente Francisco quien, en los meses previos a su muerte, había comenzado a trabajar en la exhortación apostólica. Al igual que con la Lumen Fidei de Benedicto XVI, retomada en 2013 por Jorge Mario Bergoglio, también en esta ocasión es el sucesor quien completa la obra, que representa una continuación de la Dilexit nos, la última encíclica del Papa argentino sobre el Corazón de Jesús. Porque es fuerte el “vínculo” entre el amor de Dios y el amor a los pobres: a través de ellos, Dios “sigue teniendo algo que decirnos”, afirma el Papa León. Y recuerda el tema de la “opción preferencial” por los pobres, expresión nacida en América Latina (16) no para indicar “un exclusivismo o una discriminación hacia otros grupos”, sino “la acción de Dios que se compadece ante la pobreza y la debilidad de toda la humanidad”.
“En el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo” (9).
Los “rostros” de la pobreza
Son numerosos los motivos de reflexión y los impulsos a la acción en la exhortación de Robert Francis Prevost, en la que se analizan los “rostros” de la pobreza. La pobreza de “los que no tienen medios de sustento material”, “del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades”, la pobreza “moral”, “espiritual”, “cultural”; la pobreza “del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad” (9).
Nuevas formas de pobreza y falta de equidad
Ante este panorama, el Santo Padre considera “insuficiente” el compromiso para eliminar las causas estructurales de la pobreza en sociedades marcadas “por numerosas desigualdades”, por la aparición de nuevas formas de pobreza “más sutiles y peligrosas” (10), por normas económicas que han aumentado la riqueza, “pero sin equidad”.
“La falta de equidad es raíz de los males sociales” (94).
La dictadura de una economía que mata
“Cuando dicen que el mundo moderno redujo la pobreza, lo hacen midiéndola con criterios de otras épocas no comparables con la realidad actual”, afirma León XIV (13). Desde este punto de vista, sostiene que “es encomiable el hecho de que las Naciones Unidas hayan puesto la erradicación de la pobreza como uno de los objetivos del Milenio”.
Sin embargo, el camino es largo, especialmente en una época en la que sigue vigente la “dictadura de una economía que mata”, en la que las ganancias de unos pocos “crecen exponencialmente”, mientras que las de la mayoría están “cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz” y en la que se difunden “ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera” (92).
Cultura del descarte, libertad de mercado, pastoral de las élites
Todo esto es señal de que aún persiste —“a veces bien enmascarada”— una cultura del descarte que “tolera con indiferencia que millones de personas mueran de hambre o sobrevivan en condiciones indignas del ser humano” (11). El Pontífice condena entonces los “criterios pseudocientíficos” según los cuales será “la libertad de mercado” la que llevará a la “solución” del problema de la pobreza, así como la “pastoral de las llamadas élites”, según la cual “en vez de perder el tiempo con los pobres, es mejor ocuparse de los ricos, de los poderosos y de los profesionales”.
“En efecto, muchas veces se percibe que, de hecho, los derechos humanos no son iguales para todos” (94).
Transformar la mentalidad
Lo que el Sucesor de Pedro preconiza es, por lo tanto, “un cambio de la mentalidad”, liberándose ante todo de la “ilusión de una felicidad que deriva de una vida acomodada”. Esto mueve a muchas personas a una visión de la existencia centrada en la riqueza y el éxito social “a toda costa”, incluso en detrimento de los demás y a través de “sistemas políticos y sociales injustos” (11).
“La dignidad de cada persona humana debe ser respetada ahora, no mañana” (92).
En cada migrante rechazado está Cristo llamando a la puerta
León XIV dedica un amplio espacio al tema de las migraciones. Acompaña a sus palabras la imagen del pequeño Alan Kurdi, el niño sirio de 3 años que en 2015 se convirtió en símbolo de la crisis migratoria europea con la foto de su pequeño cuerpo sin vida en una playa. “Lamentablemente, aparte de alguna emoción momentánea, hechos similares se están volviendo cada vez más irrelevantes, reduciéndose a noticias marginales” (11), constata el Pontífice.
Al mismo tiempo, recuerda la labor plurisecular de la Iglesia hacia quienes se ven obligados a abandonar sus tierras, expresada en centros de acogida, misiones fronterizas, esfuerzos de Cáritas Internacional y otras instituciones (75).
“La Iglesia, como una madre, camina con quienes caminan. Donde el mundo ve una amenaza, ella ve hijos; donde se levantan muros, ella construye puentes. Sabe que el anuncio del Evangelio sólo es creíble cuando se traduce en gestos de cercanía y de acogida; y que en cada migrante rechazado, es Cristo mismo quien llama a las puertas de la comunidad” (75).
Siempre en el tema de la migración, Robert Prevost hace suyos los famosos “cuatro verbos” del Papa Francisco: “Acoger, proteger, promover e integrar”. Y también toma prestada del Papa argentino la definición de los pobres no solo como objeto de nuestra compasión, sino como “maestros del Evangelio”.
“Servir a los pobres no es un gesto de arriba hacia abajo, sino un encuentro entre iguales… Por lo tanto, cuando la Iglesia se inclina hasta el suelo para cuidar de los pobres, asume su postura más elevada” (79).
Las mujeres víctimas de violencia y exclusión
El Sucesor de Pedro se refiere luego a la actualidad, signada por miles de personas que mueren cada día “por causas vinculadas a la malnutrición” (12). “Doblemente pobres”, añade, son “las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos” (12).
“Los pobres no están por casualidad”
León XIV reflexiona profundamente sobre las causas mismas de la pobreza: “Los pobres no están por casualidad o por un ciego y amargo destino. Menos aún la pobreza, para la mayor parte de ellos, es una elección. Y sin embargo, todavía hay algunos que se atreven a afirmarlo, mostrando ceguera y crueldad”, subraya (14). “Obviamente entre los pobres hay también quien no quiere trabajar”, pero también hay muchos hombres y mujeres que recogen cartones desde la mañana hasta la noche solo para “sobrevivir” y nunca para “mejorar verdaderamente” su vida. En resumen, se lee en uno de los puntos centrales de Dilexi te, “no podemos decir que la mayor parte de los pobres lo son porque no hayan obtenido ‘méritos’, según esa falsa visión de la meritocracia en la que parecería que sólo tienen méritos aquellos que han tenido éxito en la vida” (14).
Ideologías y orientaciones políticas
A veces, observa el Papa León, son los propios cristianos los que se dejan “contagiar por actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas”.
Hay quienes siguen diciendo: “Nuestra tarea es rezar y enseñar la verdadera doctrina”. “Pero, desvinculando este aspecto religioso de la promoción integral, agregan que sólo el gobierno debería encargarse de ellos, o que sería mejor dejarlos en la miseria, para que aprendan a trabajar” (114).
La limosna, a menudo despreciada
Un síntoma de esta mentalidad es el hecho de que el ejercicio de la caridad resulte a veces “despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial” (15). León XIV se detiene largamente en la limosna, raramente practicada y a menudo despreciada (115).
“Como cristianos, no renunciamos a la limosna. Es un gesto que se puede hacer de diferentes formas, y que podemos intentar hacer de la manera más eficaz, pero es preciso hacerlo. Y siempre será mejor hacer algo que no hacer nada. En todo caso nos llegará al corazón. No será la solución a la pobreza mundial, que hay que buscar con inteligencia, tenacidad y compromiso social. Pero necesitamos practicar la limosna para tocar la carne sufriente de los pobres” (119).
Indiferencia por parte de los cristianos
En la misma línea, el Obispo de Roma se refiere a “la carencia o incluso la ausencia de compromiso” con la defensa y promoción de los más desfavorecidos en algunos movimientos o grupos cristianos (112). Si una comunidad eclesial no coopera en la inclusión de todos, advierte, “también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos” (113).
“Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres” (36).
El derecho a la educación
El Pontífice recuerda además el ejemplo de San José de Calasanz, quien fundó la primera escuela popular gratuita de Europa (69), para subrayar la importancia de la educación de los pobres: “No es un favor, sino un deber”.
“Los pequeños tienen derecho a la sabiduría, como exigencia básica para el reconocimiento de la dignidad humana” (72).
La lucha de los movimientos populares
En la exhortación, el Sucesor de Pedro también hace referencia a la lucha contra los “destructores efectos del imperio del dinero” por parte de los movimientos populares, dirigidos por líderes “muchas veces bajo sospecha o incluso perseguidos” (80). Estos, sostiene, “nos invitan a superar ‘esa idea de las políticas sociales concebidas como una política hacia los pobres pero nunca con los pobres, nunca de los pobres’” (81).
Una voz que despierte y denuncie
En las últimas páginas del documento, el Santo Padre hace un llamamiento a todo el Pueblo de Dios para que haga oír, “de diferentes maneras, una voz que despierte, que denuncie y que se exponga, aun a costo de parecer ‘estúpidos’”.
“Las estructuras de injusticia deben ser reconocidas y destruidas con la fuerza del bien, a través de un cambio de mentalidad, pero también con la ayuda de las ciencias y de la técnica, mediante el desarrollo de políticas eficaces en la transformación de la sociedad” (97).
Los pobres, no un problema social, sino el centro de la Iglesia
Es necesario que “todos nos dejemos evangelizar por los pobres”, exhorta el Papa (102). “El cristiano no puede considerar a los pobres sólo como un problema social; estos son una ‘cuestión familiar’, son ‘de los nuestros’”. Por consiguiente, “nuestra relación con ellos no se puede reducir a una actividad o a una oficina de la Iglesia” (104).
“Los pobres están en el centro de la Iglesia” (111).

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