06 mayo, 2026

Síguenos en

La diferencia entre oír y escuchar: un acto de amor y voluntad

La verdadera escucha transforma relaciones, matrimonios y confesiones

La diferencia entre oír y escuchar: un acto de amor y voluntad

¿Alguna vez has pensado en la gran diferencia que existe entre oír y escuchar? A menudo nos equivocamos incluso en el lenguaje cotidiano: decimos “Óyeme” o “Oye” cuando en realidad queremos decir “Escúchame”. ¿Sabes qué significa realmente oír?

Oír es algo pasivo, involuntario. “Acabo de oír un pajarito”, “oí que ladró el perro”, “oí que pasó el tren” o “oí que gritó mi bebé”. Oír no requiere esfuerzo ni decisión: es gratis, simplemente sucede. Los sonidos llegan a nuestros oídos sin que hagamos nada por ello.

En cambio, escuchar es un acto de la voluntad. Es una elección consciente y deliberada. Me volteo hacia ti, te miro a los ojos, o caminamos de la mano porque te amo y queremos platicar. No siempre hace falta verte, pero es mucho mejor si lo hago, porque los ojos —y la expresión del rostro— a veces hablan más que las palabras. La cara revela tristeza, angustia, preocupación o dolor. Puedo notar todo eso cuando realmente escucho.

Oír se oyen tantas cosas al día… pero escuchar es poner atención a cada palabra, es querer comprender, es desear entender lo que la otra persona me está diciendo. “Quiero escucharte. Quiero comprenderte”. Eso es un acto de voluntad pura.

Piensa en quienes acuden al psicólogo: se acuestan en el diván y hablan. El psicólogo oye cosas aburridas, tontas, profundas o muy dolorosas… y aun así debe escuchar palabra por palabra. A mí, como sacerdote, me pasa en la confesión. A veces la persona no viene a confesar pecados, sino a contar un largo rollo: “Mi marido esto, mi hermana aquello…”. Tengo que escuchar. No puedo interrumpir bruscamente. Puedo orientar para que se concentre o abrieve —sobre todo cuando hay una fila de 25 personas esperando—, pero necesito oír por qué lo hizo, cómo lo hizo, para poder comprender, orientar y aconsejar de verdad.

Esto aplica especialmente en las relaciones más cercanas: entre marido y mujer, hermanos, padres e hijos. No basta con oírse. No existe el “Óyeme, oye el tren”. Lo que necesitamos es: “Escúchame a mí”. Escúchame para comprenderme, para que lo que hablemos sea constructivo y, al terminar la conversación, ambos podamos decir: “Hemos avanzado, hemos crecido, hemos solucionado algo”.

Una de las cosas que más me duele es cuando alguien me cuenta una situación conyugal complicada y le pregunto: “¿Ya hablaron? ¿Has tocado el tema?”. Y responde: “Uy, padre, nunca quiso escucharme”. Se oyeron gritos, portazos, discusiones, argumentos… pero escucharse de verdad, no. Sentarse cara a cara, mirarse y escuchar: “¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?”. Probablemente, si hubiera habido verdadera escucha, todo se habría solucionado mucho antes.

He escuchado casos dolorosos: “Padre, son 15 años que no me quiso escuchar. Ahora sí tomé la decisión: me voy de la casa”. El “hubiera” no existe. Si hubieras escuchado en lugar de solo oír, tal vez no estaríamos aquí.

Escucha. Haz el esfuerzo de escuchar. Hagamos todo el bien que podamos.

Hagamos todo el bien que podamos. Que Dios los bendiga siempre.

P Angel Espinosa de los Monteros

El Padre Ángel Espinosa de los Monteros ha impartido más de 4,000 conferencias sobre matrimonio, valores familiares y espiritualidad en diferentes ciudades de México, Estados Unidos, Francia, Italia, España y Sudamérica. Ha atendido a cientos de matrimonios ofreciendo consejos y programas de crecimiento conyugal y familiar. Es autor del libro «El anillo es para siempre», traducido a diferentes lenguas y a partir de las cuales ha dictado más de 20 títulos de conferencias. Actualmente se dedica de tiempo completo a impartir conferencias y renovaciones matrimoniales en 20 países del mundo.