09 septiembre, 2026

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La aurora de un mundo nuevo: cuando el silencio del Evangelio revela la grandeza de María

Desde el Santuario de Genazzano, el papa León XIV reflexiona sobre la Natividad de la Virgen y nos invita a redescubrir el poder transformador de la sencillez en tiempos de incertidumbre

La aurora de un mundo nuevo: cuando el silencio del Evangelio revela la grandeza de María

El perfume de un nuevo comienzo

Hay acontecimientos que, a pesar de nacer en el silencio y la fragilidad de un brote tierno, tienen la fuerza inmensa de cambiar el rumbo de la historia. Con este espíritu de profunda emoción, el papa León XIV regresó al santuario de la Madre del Buen Consejo en Genazzano para presidir la víspera de la Natividad de la Virgen Santísima. En un mundo surcado por la incertidumbre y las sombras de la destrucción, la figura de María Niña se alza como una aurora luminosa, el signo palpable de una humanidad liberada del mal y llamada a renacer como hijos en el Hijo.

El misterio del silencio evangélico

¿Por qué los evangelistas guardaron silencio sobre los detalles de la infancia y juventud de la criatura más excelsa de la historia? Para responder a este interrogante, el Santo Padre se apoyó en la sabiduría de san Tomás de Villanueva, fraile y obispo agustino. Lejos de ser un vacío frustrante, este silencio es una clave teológica profunda: la gloria de la Virgen era tan plena que «estaba toda en ella». El Evangelio de Mateo, por ejemplo, no necesita grandes discursos para mostrar cómo la simple presencia de María —y del Hijo en ella— es capaz de transformar por completo las expectativas y las decisiones humanas, convirtiéndose en el hogar definitivo de Dios con nosotros.

Pintar la paz en el alma

Lejos de la pompa y del poder mundano, el camino elegido por Dios sigue siendo el de la humildad y la cercanía silenciosa. Retomando las hermosas palabras de san Tomás de Villanueva, el Papa extendió una invitación vibrante a los fieles: dejar volar la imaginación en la oración contemplativa para pintar en lo profundo del alma a la joven purísima, humilde y llena de gracia que Dios eligió para encarnar su Reino. No se trata de simple fantasía, sino de auténtica profecía. En tiempos donde la humanidad clama por estabilidad, imaginar la paz y dejarla germinar en el interior es el primer paso indispensable para verla florecer en el mundo.

Texto completo de la homilía:

SANTA MISA DE LA NATIVIDAD DE LA B.V. MARÍA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Genazzano, Santuario de la Madre del Buen Consejo

Lunes, 7 de septiembre de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Como recordaréis, ya «en los primeros días del pontificado sentí el deber y un profundo deseo de acercarme a Genazzano, al santuario de la Virgen del Buen Consejo, que durante toda mi vida me ha acompañado con su presencia materna, con su sabiduría y el ejemplo de su amor por el Hijo, que es siempre el centro de mi fe» (Dedicación en el libro de firmas del Santuario, 10 de mayo de 2025). Con alegría estoy de nuevo aquí, para celebrar con vosotros la Víspera de la Natividad de la Virgen Santísima y para encomendar a María Niña lo que en esta pobre y magnífica humanidad todavía nace: frágil como un brote, pero signo de la fidelidad de Dios. Sí, María es la aurora de un día diferente, de nuestro mundo liberado finalmente del mal. Y estamos aquí, junto a Ella, alrededor del Altar desde el cual la salvación viene a nosotros y nos transforma, hijos en el Hijo. Pidámosle su Buen Consejo, para acoger la Palabra divina, custodiarla en nosotros y darla a luz a través de decisiones valientes y sabias, decisiones de auténtica conversión.

Amadísimos, en este lugar de antigua presencia agustina volveré sobre las páginas bíblicas recién proclamadas con la ayuda de Santo Tomás de Villanueva, un fraile y obispo agustino que, dedicando su vida al servicio de los pobres, penetró a fondo en la verdad de la fe. Él supo ver la paradoja de la pequeñez y, por decirlo así, de la marginalidad de María, convertida en central en la economía de la salvación. Preguntémonos: ¿qué debía ser en tiempo de Joaquín y Ana el nacimiento de una niña? Santo Tomás indaga en profundidad: «He reflexionado muchas veces —escribe— y me he preguntado por qué los evangelistas, que han hablado tan ampliamente de San Juan Bautista y de los apóstoles, nos cuentan de manera tan sucinta la historia de la Virgen María, que supera a todos por su peripecia y su estatura personal. ¿Por qué, me pregunto, no se nos ha descrito el modo de su concepción, de su nacimiento, de su educación, de sus costumbres, de las virtudes que la adornaban, qué relación humana mantenía con su hijo, cómo se relacionaba con él, cómo vivió con los apóstoles después de su ascensión? Todas estas cosas eran importantes y los fieles las habrían leído con singular devoción y habrían gustado a la gente del pueblo. Oh, evangelistas, ¡me dirijo a vosotros! ¿Por qué nos habéis privado de una alegría tan grande con vuestro silencio? ¿Por qué habéis omitido detalles tan gozosos, tan esperados, tan agradables?» (Obras completas VII, 266,8).

Encontramos en estas palabras una sugerencia importante para nuestra fe: interrogar a la Escritura y a sus autores, discutir con el texto y dialogar con los testigos de la Revelación, como con unos amigos. Somos de hecho «conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2,19) y de la propia María aprendemos la inteligencia que conversa con Dios, que hace preguntas (cf. Lc 1,34) e interpreta los acontecimientos guardándolos y conectándolos en el corazón (cf. Lc 2,19.51). El Evangelio según Mateo, sin embargo, parece dar la razón con su silencio a Santo Tomás de Villanueva. Lo hemos escuchado: de María relata la presencia, pero ni una sola palabra. Y sin embargo, el simple estar ahí de María —y del Hijo en ella— mueve la historia entera: la de José y la de toda su casa. La presencia de María causa como un salto en la genealogía, como una novedad inesperada, capaz de modificar no solo las expectativas, sino también los comportamientos previsibles de un hombre. Lo que José escucha, lo que decide y lo que hace, en efecto, es respuesta a Dios y a la presencia de María, a su absoluta diferencia, que supera cualquier posible discurso y relato. En María la salvación encuentra hogar: ¡Dios con nosotros!

Escribe todavía nuestro Santo Tomás: «Pues bien, respecto a estas reflexiones mías a las que me refería, sobre por qué no se ha escrito un libro sobre las gestas de la Virgen, como en cambio se ha hecho sobre las gestas de Pablo, […] solo se me ocurre que fue así porque así plugo al Espíritu Santo, y que por impulso los evangelistas, sobre ella, han guardado silencio, por la sencilla razón de que la gloria de la Virgen, como leemos en el salmo, estaba toda en ella (cf. Sal 44,14 Vulg.), y podía ser imaginada más que descrita, y que, como síntesis de su historia, basta lo que se expresa en el título: que de ella nació Jesús. ¿Qué más quieres saber? ¿Qué más buscas en la Virgen? Te basta saber que es la Madre de Dios» (íb.).

Queridos hermanos y hermanas, experimentamos como un vértigo ante este Misterio: ¡es imposible acostumbrarse! Celebramos el nacimiento de una niña llamada a convertirse en la Madre de su Creador, la Madre de Dios que salva. Y sin embargo, nace simplemente una niña, como las hijas y las nietas que tenemos en brazos. Hoy tenemos para ella títulos nobles y altísimos, de Señora y Reina, pero el camino de Dios ha sido y sigue siendo más sencillo y silencioso, y no por ello menos potente y transformativo. Es el camino de Jesús mismo, «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Pues bien, como María, también nosotros estamos «predestinados a ser conformes a la imagen del Hijo» (íb.): por gracia, por supuesto, pero deseando y prefiriendo a otros caminos su vía, sus elecciones, su senda. En Jesucristo, Dios ha elegido las más humildes condiciones históricas y la más humilde de las criaturas para manifestar la originalidad de su Reino, en el que la prepotencia no tiene lugar y la omnipotencia es creación, servicio y cuidado de la vida.

Añade después Santo Tomás de Villanueva: «Deja correr la fantasía, amplía los límites de la comprensión y pinta en lo profundo de tu alma a una joven purísima, prudentísima, bellísima, devotísima, humilde, mansísima, llena de toda gracia, ricamente dotada de santidad, adornada de todas las virtudes, embellecida por todos los carismas, absolutamente grata a Dios; amplíficala cuanto puedas, imagina cuanto seas capaz» (íb.). Santo Tomás nos invita a este maravilloso ejercicio de imaginación. Y observa: «El Espíritu Santo no la ha descrito por escrito, sino que ha esperado que tú la pintaras interiormente» (íb., VII, 266,9). Queridos hermanos y hermanas, es exactamente así: en la oración contemplativa toma forma lo que el mundo no nos cuenta, pero ya existe; lo que aún es invisible, pero en sí tiene un nuevo tipo de fuerza. No se trata de fantasía, sino de profecía. La necesitamos, en tiempos de destrucción y de incertidumbre, para ver la obra de Dios y servirla.

El profeta Miqueas en la diminuta Belén ha intuido el surgimiento de un Rey de paz, gracias al cual habitar la tierra finalmente seguros (cf. Miq 5,1-4). Y hoy, en la oración Colecta, dirigiéndonos a la pequeña María, hemos pedido que «la fiesta de su nacimiento acreciente en nosotros la paz». Sí, amadísimos, queremos imaginar la paz —ampliar los límites de la comprensión y pintárnosla en el alma— para reconocer que ya existe, para acogerla y servirla. Es el don de Dios, el soplo del Resucitado, la obra del Espíritu Santo. Dejemos crecer la paz en nosotros. Germinará en el mundo. Y la Madre del Buen Consejo nos acompañará en esta misión.

Exaudi Redacción

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