Haz lo que debes y está en lo que haces
La santidad como camino sencillo y profundo según el espíritu cristiano
En un capítulo anterior del Flexo se comentaba el inicio del punto 815 de Camino, que comienza con una pregunta directa: “¿Quieres de verdad ser santo?”. La respuesta es clara y breve: “Cumple el pequeño deber de cada momento. Haz lo que debes y está en lo que haces”.
En este capítulo se profundiza en la segunda parte de esa frase. La santidad no consiste en realizar obras extraordinarias, tener experiencias místicas, acumular formación o lograr una eficacia evangelizadora sobresaliente. Es, sencillamente, cumplir lo que debemos en cada instante y hacerlo con plena atención y amor. Puede parecer poco, pero es todo.
Haz lo que debes
“Hacer lo que debes” no significa vivir sometido a una lista interminable de obligaciones, sino responder a lo que Dios nos propone en cada momento: sea fácil o difícil, agradable o doloroso. Este es el núcleo del discernimiento cristiano: reconocer la voluntad de Dios en las circunstancias concretas.
El discernimiento tiene distintos niveles:
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Momentos clave de la vida, como elegir una vocación o una carrera.
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Decisiones importantes, aunque no definitivas, como aceptar un trabajo o elegir dónde pasar las vacaciones.
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Discernimiento cotidiano, que consiste en descubrir la voluntad de Dios a lo largo del día en las pequeñas cosas: el clima, un contratiempo, una alegría o una dificultad.
El estilo de vida de Cristo se basaba en esta actitud: escuchar al Padre y responder afirmativamente. El Evangelio lo muestra en múltiples momentos, como en las bodas de Caná, donde actúa no por un plan propio, sino porque ha llegado la hora según la voluntad de Dios.
El mandamiento, recuerda el Deuteronomio, está cerca: en las personas y circunstancias que nos rodean. El discernimiento cristiano consiste en no “pasar de largo” como el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano, sino atender lo que Dios propone en cada situación.
Está en lo que haces
No basta con cumplir: hay que hacerlo con todo el corazón, con toda el alma y todas las fuerzas. No es cuestión de ejecutar mecánicamente, sino de poner en ello a la persona entera. Como el escritor noruego Jon Fosse explica sobre la literatura, la forma y el fondo deben coincidir; en la vida cristiana, la acción y el amor han de ir unidos.
San Josemaría Escrivá lo resumía así: “Las personas de la Obra procuran no trabajar, sino amar”. La acción exterior puede parecer igual a la de cualquier otra persona, pero el motor interior es distinto: es amor a Dios. Y ese amor se puede vivir en el trabajo, en la tertulia, en la oración o en el descanso.
La santidad, entonces, es un modo de caminar: hacer lo que debemos y estar en lo que hacemos. Así se ilumina el mundo, se consuela a Dios y se irradia una alegría que atrae a otros, como la luz de las luciérnagas en la noche.
El ejemplo de María
La Virgen María encarna perfectamente esta enseñanza. No realizó obras llamativas a los ojos del mundo. Si le preguntáramos cómo llegó a ser la Madre de Dios, respondería con sencillez: “He hecho lo que debía y he estado en lo que hacía”.
En tiempos difíciles, Santa Teresa de Jesús decía que “son tiempos recios, tiempos de santos”. La respuesta no es el miedo ni la queja, sino el compromiso personal: ser luz en medio de la oscuridad, comenzando por lo más sencillo y constante.

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