11 mayo, 2026

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La Eucaristía: El Centro de la Nueva Evangelización en la Europa Postcristiana

Sobre la crisis de fe en Occidente y el papel fundamental de la Misa como motor de transformación personal y eclesial

La Eucaristía: El Centro de la Nueva Evangelización en la Europa Postcristiana

Me encuentro finalizando una breve estancia en Torreciudad y, antes de regresar a Burgos, quiero compartir algunas consideraciones sobre el Evangelio de la quinta semana de Pascua, donde Jesús amplía la parábola de la vid, los sarmientos y el fruto. Si de la cepa no surgen sarmientos que producen fruto, es señal de algo grave. El fruto es natural, y el labrador poda o corta los sarmientos estériles.

Hoy, la situación de la Iglesia en Occidente evoca esta imagen: somos vides y sarmientos estériles. La fe cristiana y la espiritualidad en Occidente atraviesan una profundísima crisis. El sociólogo francés Emmanuel Todd describe tres fases del cristianismo en Europa: una primera fase de actividad, donde un número significativo de europeos creía y practicaba la fe cristiana; una segunda fase, que él llama zombie, donde la fe se ha perdido a nivel popular, pero se mantienen prácticas relacionadas con las etapas de transición biográfica (bautismo, matrimonio, funeral); y una tercera fase, la actual, que denomina cero de cristianismo, donde ni siquiera estas prácticas se mantienen. La frontera entre la fase zombie y la cero, según Todd, la marca el matrimonio igualitario, donde la ley y la opinión pública no distinguen entre un tipo de unión u otra, independientemente de si hay un vínculo, distinción entre hombre y mujer, o apertura a la vida.

Nos encontramos en la primera civilización postcristiana, algo nunca antes visto. Curiosamente, Europa sigue influyendo en el resto del mundo, transmitiendo un estilo de vida postcristiano a países emergentes, especialmente en África, que lo reciben sin haber sido previamente cristianos.

Europa, Tierra de Misión y Nuevo Inicio

Estamos ante una nueva evangelización: Europa es una tierra de misión y hay que empezar de cero. Esto tiene aspectos negativos y positivos. Entre los negativos, existe un prejuicio sobre lo que significa ser cristiano en esta civilización postcristiana. El cristianismo se percibe como algo superado, propio de una mentalidad oscurantista y arcaica en términos de desarrollo científico y tecnológico. Además, a los propios cristianos nos cuesta distinguir entre la esencia del cristianismo (lo que se difundió en un inicio) y el enorme recubrimiento cultural que se ha añadido a lo largo de los siglos. Como afirmaba San Juan Pablo II, «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida.» La fe se incultura, se convierte en costumbres, leyes y prácticas, con una conexión más o menos necesaria con su núcleo. Se precisa una profunda formación para distinguir lo coyuntural e histórico de aquello unido a la esencia de la fe.

El aspecto positivo, entre comillas, de la secularización actual en Occidente es que ese cristianismo sociológico-cultural ha sido barrido, recuperando la versión original del cristianismo como una relación personal con Cristo. Como dijo Benedicto XVI, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por un acontecimiento, por el encuentro con la persona de Cristo.» Por lo tanto, el nuevo inicio significa volver a cómo surgió el cristianismo por primera vez, lo que se denomina Pascua.

La Pascua y la Eucaristía: El Corazón del Cristianismo

La Pascua es el concepto que agrupa el conjunto de situaciones y acontecimientos que componen el amor hasta el extremo de Cristo. Toda su vida es amor, pero fundamentalmente sus últimos días: el Jueves Santo, la Última Cena, donde se entrega; el Viernes Santo, donde lleva a la práctica esa entrega; el Sábado Santo, la consumación de esa entrega hasta el final, hasta la muerte; y el Domingo de Resurrección, cuando el Padre lo resucita con un cuerpo glorioso, que ya no está sometido al espacio y al tiempo, permitiéndole regresar a la derecha del Padre e inhabitar en el alma del cristiano (la gracia, los sacramentos, especialmente el bautismo). Padre, Hijo y Espíritu Santo habitan con el cuerpo glorioso en el alma en gracia del cristiano. Así comenzó la Iglesia.

Por eso, Jesucristo dijo: «Haced esto en memoria mía.» De los cuatro elementos de la Pascua, el más importante es el primero, el Jueves Santo: la institución de la Eucaristía. A partir de ahí se produce una cadena de transformaciones. La Iglesia surge de la Eucaristía, y un nuevo inicio y una nueva evangelización también parten de ella.

La Misa es la actualización de la Pascua de Cristo. En ella tienen lugar dos transustanciaciones: la conversión del pan y el vino en el cuerpo sacramental de Cristo y la conversión de los cristianos en el cuerpo eclesial. Quien comulga se hace un mismo espíritu con Cristo, y los que comulgan se hacen una misma cosa, una sociedad, la Iglesia. Y la Iglesia transforma el mundo. Todo surge de ahí: de la transformación del pan y el vino, de la transformación en Cristo del comulgante, de la transformación de los comulgantes en Iglesia y de la transformación del mundo por parte de los cristianos.

«Haced Esto»: Más Allá de un Ritual

En la secularización contemporánea, la nueva evangelización nos remite a lo que Cristo nos dijo: «Haced esto«, es decir, celebrad la Eucaristía. Pero este «haced esto» puede interpretarse de distintas maneras según la fe.

  • Una fe infantil entiende la Eucaristía como un ritualismo, un hacer materialmente lo que Jesús hizo aquella noche, como una especie de magia. Se hacen determinadas cosas, se dicen ciertas palabras y se producen efectos. Los sacramentos tienen eficacia ex opere operato, pero el Señor no se refería a una ceremonia paralela a la vida, sin mezcla con ella, y con un aspecto mágico.

  • Una fe adulta concibe la Eucaristía como una reunión sociológica, la comunión de cristianos que se reúnen para autoafirmarse, formarse o tener autoconciencia. Todo sería perfectamente transparente, una reunión sociológica donde se toman decisiones, sin nada mistérico ni simbólico.

Realmente, el «haced esto» del Señor no se refiere a una fe infantil ni a una fe adulta, sino a una fe madura, que consiste en identificarse con Cristo en su amor extremo. En el evangelio de esta semana hemos leído «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos»: una conexión vital con Cristo, con aquella entrega del Jueves Santo. «Haced esto en memoria mía» no es solo un recuerdo, sino con sus mismas disposiciones, con su misma entrega. Cuando Jesús dice «lo que pidáis en mi nombre yo lo haré», no es solo una referencia a Él, sino en su espíritu, en la identificación con Él. Cuando dice «amaos los unos a los otros como yo os he amado», no es solo Él la causa ejemplar o el modelo, sino fundamentalmente la causa eficiente. En la medida en que estamos unidos a Cristo, somos capaces de amar a los demás.

Participación Activa en la Misa: Un Acto de Entrega

La participación activa en la Misa es entregarse junto a Cristo. Es incorporar la oración de San Ignacio: «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer; vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed de ello a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que esto me basta.» O como en la oración popular a la Virgen María: «¡Oh, Señora mía, oh, Madre mía! Yo me ofrezco del todo a vos, y en prueba de mi filial afecto os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, oh, Madre de bondad, guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra.» Esto es acudir a la Misa con disposiciones de entrega.

¿Cómo se realiza esto en la práctica?

  1. Acudir unos minutos antes de la Misa para hacer oración y actualizar estas disposiciones. Decirle al Señor: «Me entrego totalmente a ti, quiero en esta Misa, como Jesús aquella noche de Jueves Santo, entregarte toda mi vida: mi cuerpo entregado, mi sangre derramada, mi memoria, mi inteligencia, mi voluntad, mi vida, mi pasado, mi futuro, lo que vaya a pasar hoy, todas mis potencias, lo que tú quieras.» Una entrega total y radical de uno mismo antes de la Misa.

  2. En la misma Misa, en el momento de la elevación después de la consagración del pan, una práctica piadosa muy recomendable es la actualización del ofrecimiento de uno mismo al amor misericordioso. Uno puede decir: «Señor, o Padre, me ofrezco en sacrificio de holocausto» (entrega total, sin dejar rastro) «a ti, al amor misericordioso, para que en el día de hoy hagas lo que quieras en mi corazón y a través de mi corazón.»

  3. Un tercer momento es después de la Misa: comienza entonces nuestro Viernes Santo, llevando a la práctica esta entrega, e incluso nuestro Sábado Santo, la consumación de esa entrega cuando no podemos más.

  4. Finalmente, el otro momento es el final del día: nuestro Domingo de Resurrección diario, donde experimentamos la alegría de haber vivido el día de esta manera, convirtiéndolo en amor, ayudando a Cristo a salvar, a redimir, siendo corredentores. No hay motivo más hermoso para vivir y dar la vida que este, y de ahí viene la alegría del final de la jornada, un pregusto de la alegría que un día tendremos en el cielo.

La Belleza de la Misa: Un Acto que Transforma

Por todo esto, la Misa es el centro y la raíz de la vida interior. Como narra Flannery O’Connor, invitada a una cena donde se discutía la Eucaristía como un mero símbolo, ella respondió: «Si no es más que un símbolo, a mí no me interesa.» Y a su amiga le confiesa: «Es lo único que se me ocurrió decir, y pensándolo bien, es lo único que voy a ser capaz de decir sobre la Eucaristía, aparte de que para mí es lo fundamental de mi existencia. De todo lo demás puedo prescindir tranquilamente: juventud, talento, éxito, fama… de todo eso puedo prescindir, pero no de la Misa. Es el centro y la raíz de mi vida.»

La Misa es el centro y la raíz no solo de la vida de cada cristiano, sino también de la nueva evangelización. La Misa se transmite, produce una transformación de cada uno en un todo (la Iglesia) y de la Iglesia que transforma el mundo.

Dostoievski, aunque no literalmente, hace decir en dos ocasiones a sus personajes (el príncipe Myshkin y Alyosha Karamázov) que «la belleza salvará el mundo». Esto se puede parafrasear diciendo que «la Misa cambiará el mundo.» La belleza es una idea encarnada, un espíritu encarnado. Percibimos la belleza cuando detrás de lo físico intuimos una realidad espiritual. Una noche estrellada nos conmueve no solo por el negro con motas blancas, sino por la inmensidad del universo y nuestra pequeñez. Las artes son bellas cuando unen lo físico con una idea o realidad espiritual.

Esto sucede de manera sublime en la Misa. Cuando el sacerdote se identifica con Cristo y el participante también, no hay solo una actuación, sino una actualización: se participa de esa entrega de Cristo en la Última Cena. Aquí se esconde una paradoja potente: es más fácil ser sabio que ser santo, pero es más asequible ser santo que ser sabio. Todos podemos ser santos, aunque sea más difícil, porque consiste en identificarse con Cristo, donde el protagonismo es de la gracia.

Como decía Wittgenstein, «lo que no se puede explicar, hay que mostrarlo.» Por eso, la nueva evangelización comienza por la participación activa en la Santa Misa. Cuando el sacerdote y los asistentes participan activamente, algo muy potente sucede, que brilla, que es bello. El entonces joven José Boix, en 1938, escribió en su diario sobre la Misa celebrada por San Josemaría Escrivá en los Pirineos durante la Guerra Civil española: «Aquí tiene lugar el acto más emocionante del viaje, la Santa Misa. Sobre una roca y arrodillado, casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con nosotros dice la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un santo.»

La nostalgia por el rito extraordinario de la Misa es, en realidad, nostalgia por la participación activa, tanto del sacerdote como de los participantes. Quien participa así en la Misa experimenta algo tan potente que el rito ordinario es más que suficiente para esta entrega. Esta entrega se demuestra en la caridad: «En esto conocerán que sois mis discípulos», en un amor que brota del mandamiento nuevo: «Como yo os he amado, dejad que ese amor mío, esa entrega mía en la Eucaristía, ensanche vuestro corazón y os permita amar un poco como el mío.»

Este es el lema episcopal y papal de León XIII: «In Hilo Unum» (en Él, uno). La unidad de la Iglesia, de la obra, de la familia, entre los amigos, brota de la unión con Cristo. La caridad es un amor que brota de la unión con Cristo, distinto de todos los demás amores.

María, Mujer Eucarística

La nueva evangelización comienza con la Santa Misa, como la primera vez, como la primera Pascua: Jueves Santo, luego Viernes, Sábado, Domingo, Ascensión, Pentecostés. Cristo que vive en el alma del cristiano, los cristianos que tienen a Cristo y forman la comunidad de la Iglesia, la Iglesia que transforma el mundo. Empecemos de nuevo por el Jueves Santo, por la Santa Misa, por la participación activa. Es lo más evangelizador, lo más revolucionario, lo más transformador, lo más esencial del cristianismo.

Concluyo con una referencia a la Santísima Virgen, María, a quien se le denomina mujer eucarística por muchos motivos. En la Última Cena, ella se enteró de lo que pasó, por eso estará al pie de la cruz al día siguiente. María es mujer eucarística en sí misma porque la belleza es la unión de una realidad material con otra espiritual, y la Misa es bella. Si además de hacerlo físicamente, hay una aportación, una identificación con Cristo, un identificarse con su entrega, un hacer como Cristo entregándonos con Él radicalmente en ese momento, entonces la Misa es belleza pura.

María es madre de Cristo no solo porque lo engendró biológicamente, no solo porque le entregó el cuerpo como cualquier madre, sino porque también le entregó toda su alma: sus pensamientos, sus sentimientos, sus recuerdos, su imaginación, su tiempo, sus proyectos, toda su vida. Una entrega total como la de Cristo en la Última Cena.

¿Crees que esta reflexión sobre la Eucaristía puede inspirar un cambio en la forma de vivir la fe en la Europa actual?

Luis Herrera Campo

Nací en Burgos, donde vivo. Soy sacerdote del Opus Dei.