Ética, política y fe: de Francisco a León XIV por la vida con una paz justa
Ética cristiana, caridad política y doctrina social para una justicia con los pobres y sin guerra
Este artículo quiere ser un memorial agradecido al Papa Francisco, ahora que estamos celebrando su aniversario, y a León XIV por la realización de su ministerio petrino en este tiempo, que continua y profundiza el legado de Francisco. En especial, vamos a resaltar las cuestiones o realidades de la teología moral y doctrina social de la iglesia (DSI), que el magisterio de estos Papas, junto con su testimonio, nos transmiten en esta época continuado la Tradición de la iglesia y enseñanza de sus predecesores.
Ciertamente la vida ética y la misma fe con esa esencial vida teologal, como la naturaleza de toda persona, tienen una constitutiva dimensión social, pública y política, especialmente desde Pío XI, asimismo dicho magisterio la denomina “caridad política e institucional” o “amor civil”. Es la caridad-amor más extenso, más universal, inteligente y efectivo que promueve el bien común de toda la humanidad, la civilización del amor y la opción por la justicia con los pobres, transformandor de las causas personales, estructurales u otras del mal e injusticia.
Este inherente carácter político de la fe y de la verdadera vida humana, singularmente, es lo que marca la vocación e identidad específica del laico. Efectivamente, el laicado ejerce esta esencial caridad política de forma más directa e inmediata, con su misión propia de renovar y gestionar las realidades del mundo e historia como son las relaciones sociales, económicas, institucionales, culturales y de todo tipo. Por ello, la fe e iglesia con todos sus miembros, tanto el Papa como los diversos ministerios ordenados y laicales, según su vocación o carisma tienen esta responsabilidad pública, política, moral, ciudadana y espiritual. De ahí que han de anunciar y propagar esta fe que actúa por la caridad política con su ética del bien común, de la fraternidad solidaria, de la paz y la justicia con los pobres de la tierra, en el Espíritu, siguiendo a Jesús con su proyecto del Reino.
El mismo Evangelio de Cristo, el Dios revelado y encarnado, con su Reino nos trae toda esta enseñanza y vida política, ética y espiritual con dichos valores o principios de promoción de la vida y dignidad de la persona, del amor y la fraternidad solidaria, de la paz, no violencia y justicia con los pobres. Así, remarcamos, nos lo transmite toda esta enseñanza moral con la DSI, cuya difusión y puesta en práctica es una clave integrante e indispensable de la misión de la iglesia, de todo cristiano-católico que unidos a toda persona de buena voluntad: deben comprometerse en esta búsqueda de un mundo más justo y fraterno. Tal como Dios en Jesucristo manifiesta con el Reino y su justicia, con el don de su salvación liberadora e integral de todo mal, del pecado, de la muerte, de toda esclavitud e injusticia.
Esta moral y DSI, como la misma fe con el Evangelio del Verbo (Jesús) Encarnado, se encarna en la realidad, se concreta y profundiza en los “signos de los tiempos”, en las circunstancias y condiciones de la realidad personal, social e histórica. Como resaltaba Benedicto XVI y continua explicando Francisco (por ejemplo) en la encíclica Fratelli tutti (FT 209) o en EG (n. 224), la ley natural-naturaleza humana, espiritual, moral y social, tiene unos valores, principios y claves que son permanente, universales, irrenunciables e innegociables. Tales como son la defensa y promoción de la sagrada e inviolable vida y dignidad de la persona en todas sus fases, dimensiones o aspectos. El matrimonio-familia, ese amor fiel del hombre con la mujer que se hace fecundo en los hijos, santuario de la vida, escuela de sociabilidad y de virtudes morales, sociales o públicas. La libertad como es la educativa o religiosa, frente a los totalitarismos e ideologías que quieren dominar. Y el bien común en sus diversas formas que contiene toda la enseñanza de la DSI, inseparable de la paz que siempre va unida a la justicia social con los pobres, con el fomento de los derechos humamos, de la solidaridad mundial, del desarrollo humano y la ecología integral.
“El relativismo no es la solución. Envuelto detrás de una supuesta tolerancia, termina facilitando que los valores morales sean interpretados por los poderosos según las conveniencias del momento. Si en definitiva «no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas […] no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley serán suficientes. […] Cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como imposiciones arbitrarias y como obstáculos a evitar» (Laudato si’ 123). Para que una sociedad tenga futuro es necesario que haya asumido un sentido respeto hacia la verdad de la dignidad humana, a la que nos sometemos. Entonces no se evitará matar a alguien sólo para evitar el escarnio social y el peso de la ley, sino por convicción. Es una verdad irrenunciable que reconocemos con la razón y aceptamos con la conciencia. Una sociedad es noble y respetable también por su cultivo de la búsqueda de la verdad y por su apego a las verdades más fundamentales.” (FT 206-297).
De este modo, para ir realizando y actualizando esta ley natural-moral unida a la misma fe, que se han de encarnar en dichas circunstancias y condiciones de lo real, la Tradición y magisterio de la iglesia con el Concilio Vaticano II, con su mismo Catecismo (CIC) y la DSI: continúan ahondando estos valores o principios como el de la defensa de la vida y dignidad de la persona; asimismo, como igualmente enseña Francisco (AL 301) y su referencia a San Juan Pablo II (FC 33) junto a la ética teológica, las normas morales o de otro tipo deben ser coherentes con los citados valores y principios u otros criterios, que están de fondo y son inherentes a dichas normas, a las propias acciones morales. Así como son los contenidos de la ley natural-divina, de la misma Palabra de Dios, del Evangelio de Jesús que han de guiar e iluminar siempre a estas normas o leyes morales para que sean integrales y verdaderas (reales) según el bien moral concreto con sus circunstancias y condiciones determinadas (Francisco, AL 304, que remite a la enseñanza de Santo Tomás de Aquino).
De ahí, por poner la actualidad de un supuesto real en este desarrollo de la fe (verdad) y moral viva, el rechazo de la iglesia a la pena de muerte, que ya no la valora aceptable con nuestras citadas condiciones y circunstancias especificas, como se ha precisado en su mismo Catecismo (CIC). “Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. En fin, se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente. Por tanto la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que «la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona» (Discurso del Santo Padre Francisco con motivo del XXV Aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica), se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo” (CIC 2267). El mismo Catecismo, tratando esta teología y vida moral, remarca la importancia de considerar dichas circunstancias y condiciones o distintos factores en otras cuestiones, como son el discernimiento de la responsabilidad subjetiva de la persona que comete el mal, que peca. Obviamente, sin negar la verdad objetiva ética, la ley natural-moral y divina, dichos principios y valores universales e innegociables (cf. AL 302; CIC 1735, 2352).
Francisco lo ha subrayado y confirmado con su magisterio auténtico en FT, siguiendo a sus predecesores. “Hay otra manera de hacer desaparecer al otro, que no se dirige a países sino a personas. Es la pena de muerte. San Juan Pablo II en Evangelium vitae (EV 56) declaró de manera clara y firme que esta es inadecuada en el ámbito moral y ya no es necesaria en el ámbito penal” (FT 246). En ese sentido, en la línea de toda esta teología moral y DSI con su bioética global, con los Papas como Francisco la iglesia ha continuado ajustando dicha ética de la vida y el mismo catecismo, “obligados como estamos a empeñarnos en evitar las guerra…; considerando así con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar” (CIC 2308-2309; cf. EV 56).
Pues bien, como ya muestra San Juan XXIII en su encíclica sobre La paz en la tierra (PT), “no se debe permitir -advertía Pío XII- que la tragedia de una guerra mundial, con sus ruinas económicas y sociales y sus aberraciones y perturbaciones morales, caiga por tercera vez sobre la humanidad.. Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra…” (PT 113-116). “La terrible potencia destructora que los actuales armamentos poseen y del temor a las horribles calamidades y ruinas que tales armamentos acarrearían. Por esto, en nuestra época, que se jacta de poseer la energía atómica, resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado” (PT 127). De ahí que “todos los pueblos, en virtud de un acuerdo, lleguen a un desarme simultáneo, controlado por mutuas y eficaces garantías” (PT 112).
El Concilio Vaticano II, en esta dirección, nos comunica la necesidad imprescindible de este desarme simultaneo y mundial, califica a la carrera e industria de armamentos como “la plaga más grave de la humanidad y perjudica a los pobres de manera intolerable” (GS 81). Es “el horror y la maldad de la guerra, que se acrecientan inmensamente con el incremento de las armas científicas. Con tales armas, las operaciones bélicas pueden producir destrucciones enormes e indiscriminadas, las cuales, por tanto, sobrepasan excesivamente los límites de la legítima defensa. Es más, si se empleasen a fondo estos medios, que ya se encuentran en los depósitos de armas de las grandes naciones, sobrevendría la matanza casi plena y totalmente recíproca de parte a parte enemiga, sin tener en cuanta las mil devastaciones que parecerían en el mundo y los perniciosos efectos nacidos del uso de tales armas. Todo esto nos obliga a examinar la guerra con mentalidad totalmente nueva” (GS 80). Por eso, continua el Vaticano II, la iglesia considera la actual “acción bélica, que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, un crimen contra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones” (GS 80). Y exige que “quede absolutamente prohibida cualquier guerra. Esto requiere el establecimiento de una autoridad pública universal reconocida por todos, con poder eficaz para garantizar la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos” (GS 82), como ya apunta igualmente San Juan XXIII (PT 136-139); con lo cual, se hacen posible unas condiciones esenciales para oponerse a toda guerra y expandir la paz.
Así, junto al Concilio y los otros Papas, San Juan Pablo II ha reafirmado su “¡No, nunca más la guerra!, que destruye la vida de los inocentes, que enseña a matar y trastorna igualmente la vida de los que matan, que deja tras de sí una secuela de rencores y odios, y hace más difícil la justa solución de los mismos problemas que la han provocado. Así como dentro de cada Estado ha llegado finalmente el tiempo en que el sistema de la venganza privada y de la represalia ha sido sustituido por el imperio de la ley, así también es urgente ahora que semejante progreso tenga lugar en la Comunidad internacional” (CA 52). Este Papa santo sigue visibilizando la mencionadas condiciones, para rechazar cualquier guerra y posibilitar la exigencia de la paz, extendiendo dicha bioética global. Contra la “cultura de la muerte”, observa ese “signo de esperanza de una nueva sensibilidad cada vez más contraria a la guerra como instrumento de solución de los conflictos entre los pueblos, y orientada cada vez más a la búsqueda de medios eficaces, pero « no violentos», para frenar la agresión armada” (EV 27).
En continuidad, pues, con toda esta enseñanza moral y de la DSI, Francisco enseña como en nuestra “cuestión, a partir del desarrollo de las armas nucleares, químicas y biológicas, y de las enormes y crecientes posibilidades que brindan las nuevas tecnologías, se dio a la guerra un poder destructivo fuera de control que afecta a muchos civiles inocentes. Es verdad que «nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien». Entonces ya no podemos pensar en la guerra como solución, debido a que los riesgos probablemente siempre serán superiores a la hipotética utilidad que se le atribuya. Ante esta realidad, hoy es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible “guerra justa”. ¡Nunca más la guerra!” (FT 258). En la nota explicativa correspondiente a este texto del número 258 de FT, el Papa aclara, profundiza y expresa, por tanto, que la iglesia ya “no sostiene la idea de una “guerra justa”. Y que el mismo San Agustín, de los primeros que plantea dicha cuestión, enfatiza que el Plan de Dios es “conseguir la paz”. San Juan Pablo II, en su ministerio petrino, igualmente no admite “este concepto de guerra justa” (Viaje desde UK a Roma, 2-6-1982).
Al respecto, para buscar la paz justa con la no violencia y prevenir las guerras, hay que promover: la justicia y los derechos humamos (San Juan XXII, PT), el desarrollo humano integral (San Pablo VI, PP 76); y la solidaridad mundial con esa responsabilidad permanente por el bien común mas universal, que libera globalmente del pecado y de la violencia e injusticia, tanto personal como estructural (San Juan Pablo II, SRS 39). En definitiva, yendo a la raíz de los males sociales con sus violencias, la paz es fruto de esta equidad fraterna y solidaria con los pobres, con las víctimas y todos los pueblos (Francisco, EG 59; FT 233-35). Tal como nos está transmitiendo todo lo anterior el Papa León XIV en su vida, en su magisterio como (por ejemplo) es Dilexi te y su testimonio que visibiliza esta “Paz desarmada y desarmante. «¡La paz esté con ustedes!» ( Jn 20,19.21) es la palabra de Jesús Resucitado, que no sólo desea sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad. Por eso, los sucesores de los Apóstoles dan voz cada día y en todo el mundo a la más silenciosa revolución: “¡La paz esté con ustedes!” (León XIV, Mensaje Jornada Mundial de la Paz 2026).

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