19 marzo, 2026

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Elocuencia del silencio

El poder transformador del silencio en la contemplación y la inspiración artística

Elocuencia del silencio

Mi contacto con el mundo de los caballos ha sido efímero, episódico y siempre ligado a las tareas campesinas con las que tuve relación en mi infancia durante algunos períodos de las vacaciones veraniegas en el pueblo. Sin embargo, este anecdótico vínculo me ha permitido comprender la atracción e inspiración creativa que los equinos ejercieron en la producción pictórica de Marc Chagall (1887-1985).

El lirismo surrealista de este poeta con alas de pintor –como lo definió Apollinaire (1880-1918)– le movió a no quedarse en la mera apariencia física de las cosas que habitan nuestra tierra y, por medio de la fascinación de imágenes insólitas, expresar su esencial vínculo con otra vida repleta de poesía y colorido. En sus cuadros se ofrece una continua presencia de animales domésticos, especialmente de caballos.

Respecto de esta preferencia temática, ofreció una reveladora explicación cuando ya era nonagenario avanzado: “Estos animales permanecen todos en silencio… Al contemplar los caballos, que parecen estar siempre en un estado de éxtasis, pienso: ¿no son quizá más felices que nosotros?”.

Dadas las circunstancias que desde hace tiempo envuelven nuestra realidad cotidiana, aun sin caer en la mudez involuntaria de estas bestias de carga, no resultaría extraño sentir un compulsivo ataque de taciturnidad, al menos como reacción higiénica ante tanta palabrería desaforada que hoy nos inunda. En ella encuentra el hombre tan poca felicidad que, según Charles de Foucauld (1858-1916), sería suficiente este hecho para probar en qué gran medida aquella le separa de su vocación, pues su alma no está hecha para el ruido, sino para el recogimiento en Dios.

Hace siglos nos lo advirtió ya san Juan de la Cruz (1542-1591): “Amas tú, Señor, la discreción… Quédese, pues, lejos la retórica del mundo; quédense las parlerías y elocuencia seca de la humana sabiduría, flaca e ingeniosa, de que nunca tú gustas”.

Sin embargo, cada día nos lanzamos a un número mayor de discusiones interminables y cotilleos sin fronteras. Frente al aturdimiento y sinrazón de nuestro mundo actual, parece que lo primero que urge hacer es callarse. A partir de ese instante, al desprendernos del lastre con el que el ruido grava la vida, estamos en condiciones de acceder en nuestra intimidad al acontecer puro que el silencio aguza hasta situarla en los umbrales de la adoración.

Sólo él –advierte Roger de Taizé (1915-2005)– permite superar los límites que la inteligencia presenta para el conocimiento de lo profundo y, por medio del abismo contemplativo, abrirla a posibilidades insospechadas.

Aunque la convivencia comporta y exige comunicación, el habla auténtica se compone principalmente de silencio (de lo que se calla por consabido, por respeto, por prudencia…). Es así como, desde su desnudez, cada vocablo salta a las entrañas de quien escucha y se muestra el poder de penetración de la palabra sosegada. Es entonces cuando actúa su energía transformadora, que, poco a poco, renueva a la persona y la aboca al misterio de los límites del lenguaje y del mundo.

En esa coyuntura –lejos del acaloramiento de la pasión y del fragor de la inmediatez– se llega a los umbrales de lo profundo y se produce la incursión en el corazón palpitante de cuanto existe, donde la inteligencia atisba posibilidades insospechadas. Es el silencioso periplo que, al llenarnos interiormente de plenitud, nos lo dice todo sin hablar nada. Cuando se suprime la voz de los hombres y el ruido de las cosas, la vida adquiere una sugerente emoción: es la elocuencia del silencio. En esos momentos, si se quiere de verdad obrar en serio, lo que hay que hacer es enmudecer.

Si en nuestros días se hace cada vez más difícil encontrar remansos de una tranquilidad ambiental apropiada a nuestra condición de buscadores de Dios, más exigentes tendrán que ser las circunstancias que nos sitúen en aquel silencio que lleva al gozo de la unión con el Creador y del que nos hablaba santa Teresa de Jesús (1515-1582): “En esta morada [interior, adonde está Dios en nuestra alma…] está el alma en quietud casi siempre… Pasa tan sin ruido todo lo que el Señor aprovecha aquí al alma y la enseña, que…, en esta morada suya, solo Él y el alma se gozan con grandísimo silencio”.

Pedro Paricio . dametresminutos

Exaudi Redacción

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