El último mapa de Camillo Ruini: el Papa despide al estratega que unió la fe y la plaza pública
El Papa León XIV preside las exequias en San Pedro del cardenal que pilotó la Iglesia italiana durante dos décadas, destacando su lema: "La verdad nos hará libres" frente al relativismo actual
La Basílica de San Pedro despidió este jueves 18 de junio de 2026 a uno de los hombres que con mayor firmeza definió la identidad del catolicismo europeo en el cambio de siglo. El Papa León XIV ha presidido las exequias del cardenal Camillo Ruini, fallecido tras una larga etapa marcada por la enfermedad y la fragilidad, ante el Altar de la Cátedra. En una homilía de marcado carácter espiritual pero con nítidas lecturas sobre los desafíos de la sociedad contemporánea, el Pontífice ha reivindicado la figura de Ruini no solo como un pastor, sino como el gran impulsor del «Proyecto Cultural» que situó la voz de los católicos en el centro del debate civil y político.
El equilibrio entre el servicio humilde y el poder doctrinal
Durante diecisette años al frente de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI) y otros tantos como Vicario del Papa para la Diócesis de Roma, Camillo Ruini fue el gran estratega de la era de San Juan Pablo II en Italia. León XIV ha querido arrancar su alocución deshaciendo la dicotomía entre el gestor político y el sacerdote, recordando que sirvió con idéntica dedicación tanto «en los encargos más humildes como en aquellos más cargados de responsabilidad».
El Papa ha rescatado las propias palabras del testamento espiritual de Ruini para subrayar la hondura humana del purpurado: «De ellos recibí no menos de lo que intenté dar», dejó escrito el cardenal en referencia a las comunidades que pastoreó. Para León XIV, este pensamiento es una lección de humildad aplicable a quienes ostentan hoy responsabilidades dentro y fuera de la Iglesia.
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La sintonía con Juan Pablo II frente al relativismo
Uno de los momentos con mayor carga simbólica de la homilía ha sido la evocación de la estrecha alianza entre Ruini y Karol Wojtyła. El fallecido cardenal plasmó en sus memorias haber «tocado con mano» en Juan Pablo II la indisoluble unión entre la oración, la vida y un coraje capaz de guiar la historia. León XIV ha sugerido que esa misma solidez se reflejó en la trayectoria de Ruini al adoptar como lema episcopal la cita joánica Veritas liberabit nos (La verdad nos hará libres).
En este punto, el Papa ha lanzado un mensaje que conecta directamente con la actualidad social, contraponiendo la firmeza intelectual del cardenal a las corrientes ideológicas de hoy:
«Estas palabras nos recuerdan con claridad un mensaje particularmente significativo para nuestro tiempo, en el que se corre el riesgo de acabar desorientados por derivas relativistas y por visiones totalmente fluidas de la realidad y del ser humano».
El tramo final: de la influencia al silencio de la enfermedad
Los últimos años de Ruini, alejados de los focos de la opinión pública, discurrieron en el silencio de la dolencia física. El Pontífice ha desvelado que la oración —que el cardenal describía en sus notas como «sencilla, viva en los años tiernos y madurada con el tiempo»— fue el verdadero motor que le sostuvo en su última etapa.
Hacia el final de la liturgia, León XIV ha expresado su agradecimiento público a los familiares y, de manera muy especial, al personal médico y colaboradores que atendieron al purpurado con «devota dedicación» hasta sus últimos días. Con su marcha, la Iglesia despide a un intelectual que demostró que la fe no teme el cuerpo a cuerpo con la modernidad, sino que se crece cuando encuentra en la verdad su eje vertebrador.
Texto completo de la homilía:
CAPILLA PAPAL PARA LAS EXEQUIAS DEL SEÑOR CARDENAL CAMILLO RUINI
HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Altare della Cattedra de la Basílica de San Pedro
Jueves, 18 de junio de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos esta Eucaristía encomendando a la misericordia del Señor a nuestro hermano el cardenal Camillo Ruini, pastor sabio y solícito del rebaño de Cristo.
Durante muchos años sirvió a la Iglesia desempeñando con la misma dedicación tanto las tareas más humildes como aquellas más cargadas de responsabilidad que el Señor quiso confiarle como sacerdote, obispo y cardenal: en la enseñanza, en el estudio y la profundización teológica, en el servicio pastoral, en la animación juvenil, en el ámbito cultural, en el cuidado del laicado y de las vocaciones, y en el ejercicio de la autoridad.
Muchísimo le debe la Iglesia en Italia, a la que sirvió durante cerca de diecisiete años como presidente de la Conferencia Episcopal; al igual que la diócesis de Roma, en la cual por el mismo tiempo desempeñó el ministerio de vicario del Santo Padre. Supo guiar al Pueblo de Dios y a sus hermanos en el episcopado en momentos importantes y delicados, afrontando con entusiasmo, discernimiento y valentía múltiples desafíos.
A él se deben intuiciones e iniciativas que han dejado una huella profunda en el camino de la comunidad eclesial y también de la civil. Pensemos en el «Proyecto cultural»; en el empeño dedicado a promover la aportación del mundo católico en los más diversos ámbitos de la vida religiosa, civil y política italiana; en el gran trabajo del Sínodo diocesano y de su aplicación, aquí en Roma; en su presencia activa y dialogante en los distintos niveles de la vida de la Iglesia, así como del mundo laico y de la sociedad.
Mientras lo recordamos y lo encomendamos a los brazos del Padre celestial, nos dejamos iluminar por la Palabra de Dios que hemos escuchado y también por algunos pensamientos que él mismo dejó escritos.
En la primera lectura han resonado las vibrantes palabras del apóstol Pablo: «Ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni presente ni futuro, ni potencias, ni altura ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios» (Rm 8, 38-39). Esta es la verdad que animó también al cardenal Ruini en su ministerio. El amor de Dios es fiel, nada puede vencerlo ni separarnos de él, porque es un don suyo, viene de Él, y se nos concede más allá de todo mérito y debilidad nuestra. Múltiples fueron las vicisitudes a través de las cuales nuestro querido hermano acompañó a los fieles y a las comunidades que le fueron confiadas a lo largo de su extenso servicio, y es precisamente en la caridad invencible del Señor y en la respuesta de fe a este don donde debemos buscar la raíz de la fuerza con la que las afrontó.
En su testamento espiritual, al hablar de las muchas personas hacia las cuales sentía gratitud por el bien que le habían brindado, el cardenal Camillo escribió: «De ellos he recibido no menos de lo que he intentado dar». Creo que son palabras que pueden ayudarnos también a nosotros a vivir nuestras responsabilidades y nuestros distintos servicios con la misma humildad y con la misma confianza en Dios.
Por lo demás, él mismo testimonió que uno de los recursos que más lo acompañaron en su larga existencia, desde la infancia, fue la oración: simple, sentida, fresca en los años más tiernos y luego madurada a lo largo del tiempo, hasta la etapa de la fragilidad y de la enfermedad.
Otra frase de la Escritura que la liturgia nos ha ofrecido, y que puede ayudarnos a vivir con fruto este momento de gracia, son las palabras de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio: «Padre, quiero que los que me has dado estén también conmigo donde yo estoy» (Jn 17, 24). En ellas encontramos resumido el programa, la dirección y el fin último de una vida gastada por el bien de los hermanos y vivida en la búsqueda constante de los designios de Dios para su propia salvión y la de ellos. El cardenal Ruini escribió al respecto: «Espero, Señor, haber obrado no por intereses personales sino por los objetivos que me fueron confiados y que compartía de corazón» (Testamento espiritual). Es hermoso recordar, en este momento, la realidad que animó en lo profundo, más allá y por encima de cualquier otra preocupación, su corazón de pastor. Mientras lo acompañamos con la oración y con la ofrenda de la Eucaristía, hacemos nuestro su deseo: llegar allí donde el Señor nos espera y nos desea, en la alegría eterna, y caminar hacia la meta, unos con el deseo de ser partícipes junto con los otros, unidos, en Él y entre nosotros, para siempre.
El cardenal Camillo Ruini tuvo la gracia de conocer personalmente y de trabajar con algunos grandes santos de los tiempos recientes, como san Pablo VI y san Juan Pablo II. En particular, sobre su relación con el papa Wojtyła, de quien fue colaborador durante tantos años, escribió: «In Juan Pablo II he experimentado tu presencia, Señor, he podido tocar con la mano la unión en la oración, la inseparabilidad de oración, vida y apostolado, la valentía de la fe que guía la historia, la capacidad de amar y de perdonar» (ibid.). Considero que del ejemplo de unidad de vida del gran pontífice el cardenal supo extraer mucho, porque podemos encontrar también en él muchos de los rasgos con los que describe al santo papa; y creo que tal consonancia de sentimientos puede animarnos también a nosotros en nuestro camino.
Como lema de su episcopado, nuestro hermano había elegido una frase inspirada en el Evangelio de san Juan: Veritas liberabit nos, «La verdad os hará libres» (cf. Jn 8, 32). Estas palabras resumen la profunda concepción de la persona y de la libertad que Cristo nos ha revelado y que la Iglesia enseña: estamos hechos para la verdad y para el bien, y solo en esto encontramos unidad, paz y plena realización, en la vida terrena y para la eternidad. Ellas nos recuerdan con claridad un mensaje particularmente significativo para nuestro tiempo, en el que se puede correr el riesgo de desorientarse por derivas relativistas y por visiones totalmente fluidas de la realidad y del hombre. Mirando la vida del cardenal Ruini, cómo vivió y cómo dejó este mundo, podemos captar un signo de la fuerza y de la solidez con la que el hombre crece y madura cuando encuentra en la Verdad que viene de Dios el centro y el eje de su propia existencia.
Deseo, para concluir, dirigir una palabra de agradecimiento a las personas que, como ya se ha mencionado, acompañaron, ayudaron y sostuvieron al cardenal en su trabajo, durante su servicio pastoral y especialmente en los años de la vejez y de la enfermedad. En particular, quisiera agradecer a quien estuvo cerca de él hasta el último momento con devota dedicación. Que el Señor recompense a todos, conceda consuelo a los familiares y a los seres queridos, y le otorgue a él el premio de su paz que no tiene fin.
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