El sentido de la Navidad
Preparar el Corazón para el Nacimiento del Niño Dios en Familia
Se acercan días grandes y luminosos. Estas fechas de espera para la Navidad son un momento de tal belleza que cautiva y da esperanza…
Podemos parar nuestra vida ajetreada para repensar la Navidad, para mirar con calma, con perspectiva y hondura, y sorprendernos de ese misterio. Con mirada «nueva», con ojos de niño que saben descubrir lo bello que nos sale al encuentro. ¿Qué nos querrá decir a nosotros?
Navidad es el misterio del «nacimiento» del Niño Dios en una familia: la Familia de Nazaret. Nada hay más bello y sorprendente que todo un Dios hecho un Niño… Es el espíritu de la Navidad. Algo enternecedor, el misterio del amor de Dios que se descubre desde la humildad de Belén. Mirando con el corazón, «metiéndose» en el portal, quizá como uno de los personajes, vislumbrando y percibiendo ese amor de Dios por los hombres. Sintiéndonos queridos.
Y nos pone de relieve la grandeza de la Familia, de cada familia, dando vida y cariño a todos los que se acercan…

Lo propio de esta espera es ir preparando el corazón, como los niños, y montar el Belén. Podemos aprovechar esa fuerza para estar pendientes de los demás, para mejorar las relaciones familiares.
Es un tiempo especial dedicado a pensar en los otros, para alegrarles la vida con detalles de cariño. No es necesario gastar mucho, sino tener ilusión, sorprender con imaginación y creatividad, con pequeños detalles cotidianos, especialmente a los que más queremos. También con los que sufren en muchos sitios, o están solos, tristes, o carecen de lo más esencial…
Pensar que siempre estamos formando: nuestros hijos nos están mirando todo el día. Vamos dejando una huella, y marcando la senda por donde ellos podrán pasar… Vamos a enseñarles algo trascendente y valioso que no pasa con las modas ni con los tiempos, y que siempre recordarán en su corazón y les dará fuerza y propósito en su vida. Y pasará de generación en generación como el tesoro que es.
Para empezar, podemos aprender de ellos a ver las cosas con asombro y entusiasmo, sabiendo sorprendernos de lo bonito, de lo bello. Intentar poner el Belén entre toda la familia, contando con las ideas de nuestros hijos. Buscar un lugar importante de la casa, y ponerlo acogedor…
Es algo divertido, estimulante, enriquecedor y creativo. Traer unas piedrecitas, un poco de hierba, unas ramas, unas hojas secas, pajas, cortezas de árbol, o lo que se nos ocurra. Y unas figuritas, aunque también pueden ser de plastilina o de arcilla… Recortar estrellas de cartulina o de papel charol, ríos de plata, poner caminitos de serrín o arena…, unos animalillos… Así pasar un rato entrañable haciendo algo de veras cautivador.
Cuando ya esté montado, podemos hacer un “juego” de imaginación con nuestros hijos y transformarnos en un personaje de aquella época. O disfrazarnos incluso. Escondernos en el Portal, ir con los pastores a ver al Niño, llevarle un queso, un tarro de miel, algo de ropita, o cantarle una canción. Imaginar que podemos estar con su Madre, María, o que hablamos con San José. ¿Cómo les miraríamos?, ¿qué nos transmitirían?…, ¿qué les diríamos?… Cada uno puede escuchar en su corazón.
Con nuestra inteligencia, imaginación y creatividad, podemos traspasar los límites del tiempo y del espacio, y acudir a su encuentro. Crear nuestra propia historia. Cada uno la nuestra, o ir toda la familia visitar al Niño y contemplar la mirada de nuestros hijos. Podemos hablar con el Niño, contarle nuestras ilusiones, alegrías, proyectos, sueños, preocupaciones… Y escucharle, pues habla directo a nuestro interior, si le hacemos sitio. Él está deseándolo…
Ver cómo se tratarían María y José, con qué cariño y detalles aunque no tuvieran apenas nada material… pero sí un espíritu entregado, enamorado, agradecido, generoso, alegre y animante. Con mucho cariño. ¡Con cuánto amor cuidarían a ese Niño, el Hijo de Dios hecho hombre! Le prepararían el lugar con mimo y cuidado, con paja harían una cunita confortable en ese pesebre frío y duro, le besarían, le mirarían, le sonreirían, le cantarían, le bailarían, y ¡no saldrían de su asombro!
Entonces, por un lado podemos hablar con ellos, en la imaginación, en la realidad, pues ambas se complementan. Y para Dios todo es posible. El Belén nos enseña a rezar con sólo mirarlo, es como una «máquina especial» que nos transporta a otro mundo, a otro tiempo…, y nos ayuda a meternos en la escena, a inspirarnos con sus vidas llenas de sencillez y confianza, atentas a lo que Dios les iba diciendo…
Y aprendemos de ellos un sinfín de cosas: a valorar lo importante, a no ser caprichosos, a pensar en los demás, a regalar cariño y atención, y a disfrutar de la alegría del Recién Nacido. ¡Cuán derroche de cariño supieron poner en ese pequeño lugar de la Tierra, donde todas las cosas se irán haciendo «nuevas»!
Incluso enseñar a nuestros hijos a esconderse en el Belén y hablar con esos Personajes… Ayudarles a cuidar al Niño, a tener detalles con Él, a ser muy amigos suyos, a decirle cosas cariñosas, a pedirle ayuda y darle gracias, a cantarle villancicos… Por vía afectiva, con el corazón, es como mejor se vive y ellos lo entienden bien.
Por otro lado, allí tenemos hecho hombre al mismo Dios. Con su grandeza y esplendor, todo el Amor concretado en algo tan pequeño. Toda la belleza y bondad que nos podamos imaginar, condensada en un Niñito indefenso… con los brazos abiertos, esperando nuestra acogida y cariño.

La Sagrada Familia nos puede servir de modelo para intentar mejorar como personas, para parecernos un poco más a ellos, para aprender a amar y ser mejores esposos…, y buenos referentes de nuestros hijos. También para pedirles ayuda ante nuestra «poquedad», a su Madre, nuestra Madre, la Virgen, y a su padre, nuestro querido San José, el de la sonrisa permanente…
Es el Belén que puso Dios. Y también es el título de un libro encantador de Enrique Monasterio, de Ed. Palabra, que comienza con el Big-Bang…, y nos cuenta la historia viva de cada personaje del belén. Puede ser bonito para hacer ambiente en familia, y leer estos días. O para regalar a los abuelos…, que tanto les gustará. Dejo una cita: «Al principio Dios quiso poner un belén y creó el universo para adornar la cuna. Y empezó su trabajo. Hizo mares y océanos de papel de plata, y grandes desiertos de arena dorada para los camellos de los Reyes Magos”… Una maravilla.
Po tanto, en la espera del Niño, podemos hacer ambiente de hogar alegre y optimista, creativo, lleno de ilusión. Regalarle cada día detalles concretos de atención y agradecimiento… Y disfrutar de la alegría inmensa de estar juntos en familia en estas fechas tan entrañables, donde Dios mismo quiere nacer en cada corazón.
Olvidar las diferencias y los problemas entorno al belén, poner comprensión y perdón, y ser más amables con quienes más queremos. Siempre merece la pena, pues nos necesitan alegres. Además, así seremos más dichosos. Tener más presentes a los que ya nos han dejado…, pero velan por nosotros. Sin que la tristeza haga «nido» en nuestro interior, sino velando también por ellos.
Cuidemos la familia, cada familia: «el corazón» de la humanidad.
Cuánto agradecimiento y asombro debemos mostrar ante semejante «Regalo» lleno de significado y trascendencia. Aprender a saborear tanta belleza que se nos da, tanto cariño atesorado y demostrado… Contemplar el Misterio con ojos y corazón de niño. Y así poder sembrar esa paz y esa alegría que rebosa a nuestro alrededor, en un mundo muy necesitado de paz, de luz, de cariño y perdón, de esperanza.
Os deseamos de todo corazón una ¡MUY FELIZ NAVIDAD!

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