16 julio, 2026

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Marta Luquero

Voces

16 julio, 2026

6 min

El sendero de la hospitalidad

La importancia de desacelerar, habitar el presente y abrir el corazón al encuentro con los demás

El sendero de la hospitalidad

Hace unos días que he vuelto del camino de Santiago y estoy muy agradecida por lo recibido y vivido. 5 etapas recorridas junto a un numeroso grupo de universitarios de alumnos y formadores. Tengo la inmensa suerte de trabajar en una universidad donde se sabe de la importancia de una educación que forme integralmente a la persona, poniéndola siempre en el centro. En esta tarea, los viajes y las experiencias fuera del aula tienen un lugar destacado por generar espacios de encuentro muy significativos por su fecundidad, entre otras cosas, a través de la creación y fortalecimiento de los vínculos.

En un entorno en el que cada vez se nos pide más especialización, tecnificación y más utilidad; donde parece que el valor de nuestro día y, a veces, incluso de nosotros mismos, depende de la productividad de nuestros haceres, el poder tomarse un tiempo para caminar hacia Santiago acompañada de 105 personas, es un auténtico regalo.

Y lo es, no porque haya sido un camino recto y sin pendientes. Son muchos los kilómetros andados, las cuestas y los madrugones.

No porque no haya habido alguna que otra ampolla o rozadura. Las tiritas y el Compeed (sin ánimo de hacer publicidad) han sido grandes compañeros de viaje.

O no porque no hayamos pasado un calor terrible, con los casi 40 grados de alguna de las etapas.

Ha sido un verdadero regalo por la posibilidad de saborear y habitar los “mientras tanto” de cada etapa. Esos “durante” sin prisa.

Esos “ínterin” que nos posibilitan el tomar consciencia del camino que estamos andando. Llenos de esperanza por la meta y del objetivo común, y que, a la vez, nos centran en el momento presente. En el ahora.

Ese “ahora” que en breve será pasado y que nos proyecta al futuro, pero que necesita de nosotros por entero. De nuestra atención y acogida. De nuestra hospitalidad. De que le dejemos habitarnos.

En este camino, gracias a amigo Martín, he rumiado con mucho interés la expresión “ser hospitalaria” de la que él con tanta entrega nos ha hablado y, sobre todo, con su ejemplo, nos ha mostrado.

La palabra “hospitalidad” – que tiene su origen en hospitalitas, hospitalitatis – viene a significar “buena acogida o trato amable al huésped”.

Implica, por tanto, una relación de dos personas: un huésped y un anfitrión, revestida de amabilidad y acogida.

Ser hospitalario significa dejar espacio al otro en mí. Abrirte a algo o a alguien que no eres tú. Decir con tu modo de estar en el mundo y sin necesidad de palabras, “te espero” o “aquí hay posada para ti”.

Ser hospitalario implica vivirte en clave de encuentro, donde tú eres el anfitrión que tiene que decidir abrir las puertas de su corazón a ese rostro con el que se encuentra en el camino.

Y es que somos seres relacionales, hechos para la relación. Necesitados del otro. Llamados al amor y a la donación, aunque los mensajes que, muchas veces recibamos, sean de autosuficiencia y de acumulación.

Acumulación de conocimientos. Acumulación de experiencias. Acumulación de amigos o más bien, de seguidores y de likes. Acumulación de viajes, de listas de tareas y programaciones. Acumulación incluso de prejuicios y de ideologías.

Caminando estos días me he dado cuenta de que a veces no soy hospitalaria. Y no por falta de propósito o de un sincero deseo, sino precisamente por no estar presente en los “mientras tanto”.

Por ir siempre deprisa y con prisa. Por pensar que mi día es mejor cuanto más productivo sea.  Por entrar en la rueda del hacer y llenarme de ruido.

Cuántas veces el anhelo de llegar a la meta me distrae y activa en mí el modo automático. Cuántas otras, el hacer me quita mi capacidad de atender a la realidad que tengo delante. Y cuántas más, la mentalidad materialista y mis prejuicios me anclan al suelo y no me dejan levantar la mirada al cielo para trascender. Para admirarme con la belleza del mundo fuera de mí. Para dejarme asombrar por la bondad de cuantos me rodean o para dejarme habitar por el silencio que habla.

Y caigo en la cuenta de que “ser hospitalaria” implica vaciarte y dejarse habitar. Un “dejarse” que, lejos de tratarse de mera pasividad, implica siempre un movimiento del corazón. Un “disponerse a”.

Dejarse asombrar. Dejarse tocar. Dejarse mirar… porque cuando lo haces, dejas espacio a esa persona que camina junto a ti. Porque cuando te desarmas quitándote el escudo de autosuficiencia, tu corazón se ensancha para que el otro quepa. Porque cuando te despojas de los miedos y los prejuicios, te permites ponerte en verdad ante la realidad y el mundo. Ante tus ojos y los ojos del otro.

Yo reconozco que empecé el camino en modo rendimiento. De hecho, en la primera etapa solo paré una vez y fue parada técnica de 5 minutos. Tenía prisa por llegar a Portomarín, pero poco a poco, y gracias a mis maravillosos compañeros de aventura, dejé de pensar en la meta del llegar para saborear cada paso. Dejé la prisa aparcada, vaciándome de ruido y de productividad, para dejarme habitar por el paisaje, por los caminos, por el cielo, el amanecer y, sobre todo, por aquellos junto a los que caminaba.

Y es que la buenísima noticia, es que el modo de vivirnos y de estar en el mundo, lo decidimos nosotros gracias al grandísimo don que se nos dado: la libertad. Libertad de decidir la actitud con la que afrontar el día. Libertad de cómo y desde dónde mirar la realidad. Libertad de ser hospitalario o no serlo. En definitiva, de abrir tu corazón o mantenerlo cerrado.

Quizá, necesitemos ayuda. Alguien que nos lo recuerde, como en mi caso, mi amigo Martín. Y eso, será muy bueno porque, aunque el mundo nos diga lo contrario, somos vulnerables e imperfectos y necesitados de los demás.

Yo hoy escribiendo esta reflexión me dispongo a recomenzar y a ponerme en modo hospitalario con el propósito de renovar mi compromiso cada día al caminar. En cada etapa. En cada parada. Allí donde esté y allí donde vaya.

Y antes de irme, querido lector, te doy las gracias por tu hospitalidad y por el tiempo dedicado a leerme.

Marta Luquero

@sencillamentemarta Nacida en Madrid, soy madre de dos hijos. Licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, actualmente estoy cursando un máster en Humanidades. Apasionada de las personas y de una buena conversación, creo firmemente en el poder de las pequeñas cosas hechas con amor. Hace años mi vida profesional dio un giro de 180 grados cuando comprendí e hice experiencia de la necesidad vital de acompañar y ser acompañada. Tengo la inmensa suerte de trabajar en el mundo académico, acompañando como mentora a jóvenes en su camino universitario.