06 mayo, 2026

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El Sagrado Corazón de Jesús

Un corazón ardiente que guía y protege nuestro camino de felicidad

El Sagrado Corazón de Jesús

Cada ser humano es un proyecto de felicidad diseñado por Dios. En cada uno ve una flor. Cada uno es una esperanza.

Cada persona humana es única e irrepetible. Es como si una vez terminada de formar una figurita se procediera a romper el molde ¡Ninguno es como tú! ¡Así eres tú a los ojos de Dios!

El Sagrado Corazón de Jesús es un corazón ardiente. Nos es nido. Su corazón de padre nos mira con mucho amor. Nos sabemos muy amados por Él. Nos ama más que la madre más cariñosa del mundo. Nos quiere personalmente como hijos, seamos como seamos. Nos quiere más que nadie. Él quiere más que nosotros mismos nuestro propio bien ¡Qué dicha!

Esto nos garantiza la gran bondad de sus planes para con nosotros. Para cada persona humana ha reservado una preciosa poesía que únicamente ella puede cantar. Se trata de una senda personal que va hacia el cielo, -sembrada de muchas gracias interrelacionadas y muy fructuosas-, que ningún otro hombre puede recorrer.

Dios, al diseñar las rutas por las que debemos cantar y danzar, en compañía de las avecillas y el perfume de las flores, se ha mostrado grande, digno de ser aclamado con triunfantes trompetas. Andar a través de este surco es lo más maravilloso que a uno le puede suceder, porque esta vía está trazada por el amor infinito y personal de Dios, por el cariño del Santísimo Corazón de Jesús, por su sabiduría y bondad infinitas, por su omnisciencia y por su poder infinito y eterno, previsor y protector.

Sin embargo, en algunos momentos, siendo misteriosa tan gran navegación, otras andaduras nos pueden tentar, pareciéndonos que siguiéndolas podremos recoger frutos mayores.

En realidad, ¡Dios sabe más! Resulta siempre erróneo cambiar los senderos de los designios divinos por los planes humanos, aun cuando estos nos pudieran parecer mejores que aquellos. Pues, en la aventura e itinerario de amor a Cristo, y no en hacer cosas, está la verdadera grandeza. Un corazón tan bueno, el de Cristo, y no una cosa, es lo único que nos hace verdadera y plenamente dichosos. Él es nuestro bien. Nada hay tan bonito como complacer a Dios.

El Sacratísimo Corazón de Cristo es un corazón crucificado ¡No es más el discípulo que el maestro! Seguir a Cristo conlleva el encuentro con la cruz. Pueden, -a causa de la fidelidad y amor a Cristo-, por ejemplo, abundar las incomprensiones, las contrariedades, las persecuciones, etc. Pero, esto no es una desgracia, sino grande honor y preciosidad. Recibir las gracias de las bendiciones de la cruz es cosa estupenda y magnífica. Todo es para bien de los que aman a Dios.

Quien abraza amorosamente la cruz, abraza al divino crucificado, y nada hay mejor que esto. Las obras más grandes nada son en comparación con este estar amorosamente junto a la belleza de Cristo en la cruz.

No ha de extrañarnos que haya espinas donde hay gran florecer de rosas, pues no hay rosas sin espinas. Tampoco ha de maravillarnos que, habiendo tantas rosas magníficas, no las vemos, pues como dijo el poeta: el encanto de las rosas es que siendo tan hermosas no saben que lo son.

La poda conviene a las plantas, incluso si esta nos resulta misteriosa o difícil de entender.

Así, toda la historia está atravesada por una larga estela de grandes cireneos, portadores de la cruz luminosa, -en el silencio de los tiempos-, y que son lo mejor de la Iglesia de Cristo, los santos, principales colaboradores en la obra de redención del adorable Salvador.

Ahí resplandecen los rubís de los mártires, la férrea fortaleza de los santos confesores, los lirios de nieve de las santas vírgenes, la elegancia de los progenitores que santamente se desviven por sus hijos, la maravilla de los que se han hecho santos en la vida corriente, etc.

Se suceden a través de los siglos las oleadas de personas que han aprendido en el dulce Corazón de Cristo a devolver perdón y bien por el mal que reciben, y que pagan con siembra de luz, alegría y amor el desamor. Son alegres brillantes a los ojos de Dios, no a los del mundo.

El amor a Dios, la fidelidad y la obediencia supera a toda otra obra humana ¡Eso es obra de Dios!, que es mucho más grande que la obra de los seres humanos. En realidad, más resplandece un poco de oro puro, que muy aparentes altísimas torres de fango. La importancia del artista no se mide por el tamaño colosal de sus esculturas sino por la grandeza de su corazón.

El Corazón de Cristo es un corazón de oro que ha sido fuertemente herido. Muchas veces a tanto amor como Dios nos tiene respondemos con el desamor de nuestros pecados, que le hieren ¡El Amor no es amado! De ahí la necesidad de desagraviar. Con pequeñas lágrimas, en las que brilla la luz, lavemos las manchas de los pecados. En la balanza el platillo de los pecados ha de ser contrarrestado con el platillo del amor a Dios. Hemos de levantarnos y volvernos a levantar.

Para con el Señor ofendido hemos de darle tantas florecillas de amor aquí en la tierra, y un enamoramiento eterno en el cielo que satisface todo deseo y todo apetito, y llena el pecho de grandísima felicidad.

José María Montiu de Nuix

Nacido en Cervera, Lérida, España, en 1960 y bautizado ese mismo año. Ordenado sacerdote en 1992. Doctor en Filosofía. Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Barcelona (UB). Licenciado (especialidad: Matemática Fundamental), cursos de doctorado y suficiencia investigadora en Ciencias Exactas por la UB. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Navarra. Licenciado en Estudios Eclesiásticos por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer, Valencia. Docente e investigador con más de medio millar de publicaciones. Académico de la Academia Hispanoamericana de Doctores.