20 abril, 2026

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El Papa León XIV en Saurimo: “Cristo escucha el clamor de los pueblos y renueva la historia”

En su tercer día de viaje apostólico a Angola, el Pontífice celebra una multitudinaria Eucaristía y visita una casa de acogida para ancianos, donde subraya el valor de la sabiduría de los mayores y el poder del perdón.

El Papa León XIV en Saurimo: “Cristo escucha el clamor de los pueblos y renueva la historia”

Este lunes 20 de abril de 2026, el Papa León XIV llegó temprano por la mañana a Saurimo, capital de la provincia de Lunda Sul, procedente de Luanda. La jornada comenzó con una visita a un centro de atención para personas mayores gestionado por el Gobierno angoleño, conocido cariñosamente como “Lar” (hogar), que acoge a 62 ancianos: 26 hombres y 36 mujeres. Posteriormente, celebró la santa Misa en una gran explanada ante alrededor de 60.000 fieles, muchos de los cuales lo recibieron con alegría a su paso en el papamóvil. Antes de la Eucaristía, el Santo Padre hizo un momento de oración y adoración al Santísimo Sacramento en la catedral de Nuestra Señora de la Asunción.

Una casa donde Jesús habita en el perdón y el cuidado mutuo

En el “Lar”, el Papa expresó su alegría por el “acogida llena de fe” de los residentes y deseó que el lugar sea realmente un hogar familiar. Recordó que Jesús gustaba visitar las casas de sus amigos, como la de Pedro o la de María, Marta y Lázaro, y afirmó que también habita allí: “Él vive entre ustedes cada vez que intentan amarse y ayudarse mutuamente como hermanos y hermanas. Cada vez que, tras una incomprensión o una pequeña ofensa, saben perdonarse y reconciliarse”.

León XIV agradeció a las autoridades angoleñas por iniciativas como esta y subrayó que “el cuidado de las personas frágiles es un indicador muy importante de la calidad de la vida social de un país”. Añadió: “No olvidemos que a las personas mayores no sólo hay que asistirlas, ante todo hay que escucharlas, porque custodian la sabiduría de un pueblo. Y les debemos gratitud, porque han afrontado grandes dificultades por el bien de la comunidad”. Terminó encomendándolos a la Virgen María.

La directora del centro, Georgina Mwandumba, destacó la estrecha colaboración con la Iglesia local, que ofrece asistencia espiritual y apoyo económico. Muchos residentes cultivan pequeños huertos y participan juntos en la Misa, incluso si no son católicos. Expresó su deseo de superar prácticas como la brujería que llevan a algunas familias a abandonar a sus ancianos.

En la Misa: el Pan que no perece frente a la injusticia que corrompe

Durante la homilía, comentando el Evangelio de Juan en el que Jesús reprocha a la multitud que lo busca porque comió de los panes multiplicados, el Papa advirtió contra una fe interesada o supersticiosa que trata a Dios como un “amuleto de la suerte”. Jesús, dijo, no rechaza a quien lo busca por motivos equivocados, sino que invita a examinar el corazón y a convertirnos: “No trabaja para el alimento que perece, sino para el alimento que permanece para la vida eterna”.

Con claridad y cercanía, León XIV denunció las realidades que frustran la esperanza: “Hoy vemos que muchos deseos de la gente son frustrados por los violentos, explotados por los prepotentes y engañados por la riqueza. Cuando la injusticia corrompe los corazones, el pan de todos se convierte en posesión de unos pocos”. Pero inmediatamente añadió una palabra de consuelo y fuerza: “Ante estos males, Cristo escucha el clamor de los pueblos y renueva nuestra historia: de cada caída nos levanta, en cada sufrimiento nos consuela y en la misión nos alienta”.

Insistió en que “toda forma de opresión, violencia, explotación y mentira niega la resurrección de Cristo, don supremo de nuestra libertad”. No hemos venido al mundo para morir ni para ser esclavos de la corrupción, ni de la carne ni del alma. La liberación que trae el Resucitado ocurre cada día, en la historia concreta. Por eso, “el Señor quien traza el camino para este recorrido, no nuestras urgencias ni las modas del momento”.

Recordando las palabras de san Juan Pablo II en Ecclesia in Africa, invitó a la Iglesia en Angola a vivir como un “sínodo de la resurrección y de la esperanza”. “Con el Evangelio en el corazón, tendrán valor ante las dificultades y las decepciones; el camino que Dios ha abierto para nosotros nunca falla”, aseguró. Compartir la Eucaristía significa servir al pueblo con una dedicación que levanta de las caídas, reconstruye lo que la violencia destruye y comparte con alegría los lazos fraternos.

El testimonio de los mártires y santos, concluyó, “nos alienta y nos impulsa a un camino de esperanza, de reconciliación y de paz”. Al final de la celebración, el Papa agradeció a los obispos, sacerdotes, consagrados, laicos y autoridades civiles por el esfuerzo organizativo, y pidió a Angola que permanezca fiel a sus raíces cristianas para seguir contribuyendo a la justicia y la paz en África y en el mundo.

Una jornada intensa que combina el respeto a los más frágiles con el anuncio valiente de un Cristo que escucha, levanta y renueva. Un mensaje que, en la tierra de Saurimo, resuena con fuerza entre quienes buscan pan que no perece y una esperanza que no defrauda.

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL
(13-23 DE ABRIL DE 2026)

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Explanada de Saurimo (Saurimo)
Lunes, 20 de abril de 2026

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Queridos hermanos y hermanas:

En todas partes del mundo, la Iglesia vive como un pueblo que camina en pos de Cristo, nuestro hermano y Redentor. Él, el Resucitado, ilumina nuestro camino hacia el Padre y, con la fuerza del Espíritu, nos santifica, para que transformemos nuestro estilo de vida según su amor. Esta es la Buena Noticia, el Evangelio que corre como sangre por nuestras venas, sosteniéndonos a lo largo del camino. ¡Un camino que hoy me ha traído aquí, con ustedes! En la alegría y la belleza de nuestra asamblea, reunida en nombre de Jesús, escuchemos con el corazón abierto su Palabra de salvación, porque nos hace reflexionar sobre el motivo y el fin por los que seguimos al Señor.

Cuando el Hijo de Dios se hace hombre, en efecto, realiza gestos elocuentes para manifestar la voluntad del Padre: ilumina las tinieblas devolviendo la vista a los ciegos, da voz a los oprimidos desatando la lengua de los mudos, sacia nuestra hambre de justicia multiplicando el pan para los pobres y los débiles. Quien oye hablar de estas obras, se dispone a buscar a Jesús. Al mismo tiempo, el Señor conoce nuestro corazón y nos pregunta si lo buscamos por gratitud o por interés, por cálculo o por amor. De hecho, dice a la gente que lo seguía: «Me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse» (Jn 6,26). Sus palabras revelan los planes de quienes no desean el encuentro con una persona, sino el consumo material. La multitud ve a Jesús como un instrumento para lograr algo más, como un proveedor de servicios. Si Él no les diera algo de comer, sus gestos y sus enseñanzas no les interesarían.

Esto ocurre cuando la fe auténtica se sustituye por un comercio supersticioso, en el cual Dios se convierte en un ídolo al que sólo se recurre cuando nos conviene, mientras nos conviene. Incluso los dones más hermosos del Señor —que siempre cuida de su pueblo— pueden convertirse en una exigencia, un premio o un chantaje, y son malinterpretados precisamente por quienes los reciben. El relato evangélico nos hace comprender, por tanto, que existen motivos equivocados para buscar a Cristo, sobre todo cuando se le considera un gurú o un amuleto de la suerte. También el fin que se propone la multitud es inadecuado; pues no buscan un maestro al que amar, sino un líder al que venerar por interés propio.

Muy diferente es la actitud de Jesús hacia nosotros: Él no rechaza esta búsqueda insincera, sino que anima a la conversión. No aleja a la multitud, sino que invita a todos a examinar lo que late en nuestro corazón. Cristo nos llama a la libertad; no quiere siervos ni clientes, sino que busca hermanos y hermanas a quienes dedicarse con todo su ser. Para corresponder con fe a este amor, no basta con oír hablar de Jesús, hay que acoger el sentido de sus palabras. Tampoco es suficiente ver lo que Jesús hace, hay que seguir e imitar su iniciativa. Cuando en el signo del pan compartido vemos la voluntad del Salvador, que se entrega por nosotros, entonces nos acercamos al verdadero encuentro con Jesús, que se convierte en seguimiento, misión y vida.

La exhortación que el Señor dirige a la multitud se transforma así en una invitación: «Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna» (Jn 6,27). Con estas palabras, Cristo nos señala su verdadero don para nosotros: no nos llama al desinterés por el pan de cada día, que, por el contrario, multiplica en abundancia y nos enseña a pedir en la oración. Nos educa en la forma correcta de buscar el pan de vida, alimento que nos sostiene para siempre. El deseo de la multitud encuentra así una respuesta aún más grande y sorprendente: Jesús no nos da un alimento que perece, sino un pan que hace que no perezcamos, porque es alimento de vida eterna.

Su don ilumina nuestro presente: hoy vemos, de hecho, que muchos deseos de la gente son frustrados por los violentos, explotados por los prepotentes y engañados por la riqueza. Cuando la injusticia corrompe los corazones, el pan de todos se convierte en posesión de unos pocos. Ante estos males, Cristo escucha el clamor de los pueblos y renueva nuestra historia; de cada caída nos levanta, en cada sufrimiento nos consuela y en la misión nos alienta. Como el pan vivo que siempre nos da —la Eucaristía— tampoco su historia conoce fin, y por eso quita el fin, o sea la muerte, de nuestra historia, que el Resucitado abre con la fuerza de su Espíritu. ¡Cristo vive! Él es nuestro Redentor. Este es el Evangelio que compartimos, haciendo hermanos a todos los pueblos de la tierra. Este es el anuncio que transforma el pecado en perdón. ¡Esta es la fe que salva la vida!

El testimonio pascual, por tanto, se refiere ciertamente a Cristo, el crucificado que ha resucitado, pero precisamente por eso se refiere también a nosotros: en Él se hace voz el anuncio de nuestra resurrección. No hemos venido al mundo para morir. No hemos nacido para convertirnos en esclavos ni de la corrupción de la carne, ni de la del alma: toda forma de opresión, violencia, explotación y mentira niega la resurrección de Cristo, don supremo de nuestra libertad. Este triunfo sobre el mal y sobre la muerte, de hecho, no ocurre sólo al final de los días, sino en la historia de cada día. ¿Qué debemos hacer para acoger este don? El mismo Evangelio nos lo enseña: «La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado» (Jn 6,29). ¡Sí, creemos! Hoy, lo decimos juntos con fuerza y con gratitud hacia Ti, Señor Jesús. Queremos seguirte y servirte en nuestro prójimo: tu palabra es para nosotros regla de vida, criterio de verdad.

“Dichoso el que camina en la ley del Señor” (cf. Sal 119,1): así hemos cantado en el salmo. Queridos hermanos, es el Señor quien traza el camino para este recorrido, no nuestras urgencias ni las modas del momento. Por eso, al seguir a Jesús, el camino eclesial es siempre un «Sínodo de la resurrección y de la esperanza» (Exhort. ap. Ecclesia in Africa, 13), como afirmaba san Juan Pablo II en su Exhortación apostólica para África. ¡Sigamos en esta sabia dirección! Con el Evangelio en el corazón, tendrán valor ante las dificultades y las decepciones; el camino que Dios ha abierto para nosotros nunca falla. El Señor, en efecto, camina siempre a nuestro paso, para que podamos seguir por su senda. Cristo mismo da orientación y fuerza al camino, un camino que queremos aprender a vivir cada vez más como debe ser, es decir, sinodal.

En particular, «la Iglesia anuncia la Buena Nueva no sólo a través de la proclamación de la palabra que ha recibido del Señor, sino también mediante el testimonio de la vida, gracias al cual los discípulos de Cristo dan razón de la fe, de la esperanza y del amor que hay en ellos» (ibíd., 55). Al compartir la Eucaristía, pan de vida eterna, estamos llamados a servir a nuestro pueblo con una dedicación que levanta de toda caída, que reconstruye lo que la violencia destruye y comparte con alegría los lazos fraternos. A través de nosotros, la iniciativa de la gracia divina da buenos frutos sobre todo en las adversidades, como muestra el ejemplo del protomártir Esteban (cf. Hch 6,8-15).

Queridos hermanos, el testimonio de los mártires y de los santos nos alienta y nos impulsa a un camino de esperanza, de reconciliación y de paz, a lo largo del cual el don de Dios se convierte en el compromiso del hombre en la familia, en la comunidad cristiana y en la sociedad civil. Recorriéndolo juntos, a la luz del Evangelio, la Iglesia en Angola crece según esa fecundidad espiritual que comienza en la Eucaristía y continúa en el cuidado integral de cada persona y de todo el pueblo. En particular, la vitalidad de las vocaciones que ustedes experimentan es signo de la correspondencia al don del Señor, siempre abundante para quien lo acoge con corazón puro. Gracias al Pan de vida nueva, que hoy compartimos, podemos continuar en el camino de toda la Iglesia, que tiene como meta el Reino de Dios, como luz la fe y como alma la caridad.

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Agradecimiento final del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Esta tarde tendremos el último encuentro con la comunidad católica de Angola, pero en este momento deseo dirigir a todos mi saludo lleno de gratitud.

Agradezco a los obispos, y con ellos a los sacerdotes y a los diáconos, así como a los consagrados y a los fieles laicos, por haber preparado mi visita.

Expreso viva gratitud a las autoridades civiles angoleñas por el gran esfuerzo organizativo.

¡Angola, mantente fiel a tus raíces cristianas! Así podrás seguir ofreciendo tu ayuda cada vez mejor para la construcción de la justicia y la paz en África y en el mundo entero. ¡Muchas gracias!

 

VISITA A UN HOGAR DE ACOGIDA PARA PERSONAS MAYORES

SALUDO DEL SANTO PADRE

Hogar de Acogida para Personas Mayores (Saurimo)
Lunes, 20 de abril de 2026

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Señora Directora,
queridos hermanos y hermanas,
¡paz a esta casa y a todos los que habitan en ella!

Les agradezco mucho su acogida, tan llena de fe que me llega al corazón y es un gran consuelo para mi misión. ¡Gracias!

Me ha conmovido oír que llaman a este lugar “lar”, que habla de familia. Doy gracias a Dios por ello, y espero que todos ustedes puedan vivir aquí realmente, en la medida de lo posible, en un ambiente familiar.

A Jesús le agradaba estar en la casa de sus amigos. El Evangelio nos dice que iba a la casa de Pedro, en Cafarnaúm, donde un día curó a su suegra. Nos recuerda su amistad con María, Marta y Lázaro; en su casa, en Betania, era acogido como Maestro y Señor y, al mismo tiempo, con familiaridad.

Por eso, queridos hermanos, me gusta pensar que Jesús habita también aquí, en esta casa. Sí, Él vive entre ustedes cada vez que intentan amarse y ayudarse mutuamente como hermanos y hermanas. Cada vez que, tras una incomprensión o una pequeña ofensa, saben perdonarse y reconciliarse. Cada vez que, algunos de ustedes o todos juntos, rezan con sencillez y humildad.

Expreso mi agradecimiento a las autoridades angoleñas por las iniciativas en favor de los ancianos más necesitados, así como a todos los colaboradores y voluntarios. El cuidado de las personas frágiles es un indicador muy importante de la calidad de la vida social de un país. Y no olvidemos que a las personas mayores no sólo hay que asistirlas, ante todo hay que escucharlas, porque custodian la sabiduría de un pueblo. Y les debemos gratitud, porque han afrontado grandes dificultades por el bien de la comunidad.

Queridas hermanas y queridos hermanos, llevaré en mi corazón el recuerdo de este encuentro con ustedes. Que la Virgen María, que llenaba de fe y de amor la casa de Nazaret, vele siempre por esta comunidad. Y que mi bendición también los acompañe. Gracias!

Exaudi Redacción

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