08 mayo, 2026

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El Papa: Dios cuando ve el mal, no se venga, sino que se entristece

Audiencia General

El Papa: Dios cuando ve el mal, no se venga, sino que se entristece

La Audiencia General de esta mañana se celebró a las 10.00 horas en la Sala Pablo VI, donde el Santo Padre León XIV se reunió con grupos de peregrinos y fieles procedentes de Italia y de todo el mundo.

En su discurso en italiano, el Papa, retomando el ciclo de catequesis que se desarrolla a lo largo de todo el Año Jubilar, «Jesucristo, nuestra esperanza» — centró su meditación en el tema La traición. «¿Soy yo?» (Mc 14,19).

Tras resumir su catequesis en varios idiomas, el Santo Padre dirigió un saludo especial a los fieles presentes.

La Audiencia General concluyó con el rezo del Pater Noster y la Bendición Apostólica.

A continuación, el Papa saludó a los peregrinos reunidos fuera de la Sala Pablo VI, en el patio del Petriano, y luego pasó a la Basílica Vaticana para saludar a quienes no habían encontrado sitio en la Sala y habían seguido la audiencia por las pantallas.

Publicamos a continuación el texto de la Catequesis del Santo Padre:

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Buongiorno, Good morning everyone! Buenos días!

Esta mañana tendremos la audiencia en varios lugares, en diferentes momentos, para estar un poco alejados del sol y del calor extremo. Les agradecemos su paciencia y damos gracias a Dios por el maravilloso don de la vida, del buen tiempo y de todas sus bendiciones.

 

Ciclo de catequesis – Jubileo 2025. Jesucristo, nuestra esperanza. III. La Pascua de Jesús. 1. La traición. «¿Seré yo?» (Mc 14,19)

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos nuestro camino en la escuela del Evangelio, siguiendo los pasos de Jesús en los últimos días de su vida. Hoy nos detenemos en una escena íntima, dramática, pero también profundamente verdadera: el momento en que, durante la cena pascual, Jesús revela que uno de los Doce está a punto de traicionarlo: «En verdad os digo: uno de vosotros, el que come conmigo, me traicionará» (Mc 14,18).

Palabras fuertes. Jesús no las pronuncia para condenar, sino para mostrar cuánto el amor, cuando es verdadero, no puede prescindir de la verdad. La sala del piso superior, donde poco antes todo había sido preparado con esmero, se llena de repente de un dolor silencioso, hecho de preguntas, sospechas, vulnerabilidad. Es un dolor que también nosotros conocemos bien, cuando en las relaciones más queridas se insinúa la sombra de la traición.

Sin embargo, la forma en que Jesús habla de lo que está a punto de suceder es sorprendente. No levanta la voz, no señala con el dedo, no pronuncia el nombre de Judas. Habla de tal manera que cada uno puede preguntarse. Y eso es precisamente lo que ocurre. San Marcos nos dice: «Comenzaron a entristecerse y a decirle, uno tras otro: “¿Soy yo?”» (Mc 14,19).

Queridos amigos, esta pregunta —«¿Soy yo?»— es quizás una de las más sinceras que podemos hacernos a nosotros mismos. No es la pregunta del inocente, sino del discípulo que se descubre frágil. No es el grito del culpable, sino el susurro de quien, aunque quiere amar, sabe que puede herir. Es en esta conciencia donde comienza el camino de la salvación.

Jesús no denuncia para humillar. Dice la verdad porque quiere salvar. Y para ser salvados hay que sentir: sentir que se está involucrado, sentir que se es amado a pesar de todo, sentir que el mal es real pero no tiene la última palabra. Solo quien ha conocido la verdad de un amor profundo puede aceptar también la herida de la traición.

Jesús añade entonces una frase que nos inquieta y nos hace pensar: «¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es traicionado! ¡Mejor para ese hombre si nunca hubiera nacido!» (Mc 14,21). Son palabras duras, sin duda, pero hay que entenderlas bien: no se trata de una maldición, sino más bien de un grito de dolor. En griego, ese «ay» suena como un lamento, un «ay», una exclamación de compasión sincera y profunda.

Estamos acostumbrados a juzgar. Dios, en cambio, acepta sufrir. Cuando ve el mal, no se venga, sino que se entristece. Y ese «mejor que no hubiera nacido» no es una condena impuesta a priori, sino una verdad que cada uno de nosotros puede reconocer: si renegamos del amor que nos ha engendrado, si traicionando nos volvemos infieles a nosotros mismos, entonces realmente perdemos el sentido de nuestra venida al mundo y nos autoexcluimos de la salvación.

Sin embargo, precisamente allí, en el punto más oscuro, la luz no se apaga. Al contrario, comienza a brillar. Porque si reconocemos nuestro límite, si nos dejamos tocar por el dolor de Cristo, entonces podemos finalmente renacer. La fe no nos ahorra la posibilidad del pecado, pero siempre nos ofrece una vía para salir de él: la de la misericordia.

Jesús no se escandaliza ante nuestra fragilidad. Sabe bien que ninguna amistad es inmune al riesgo de la traición. Pero Jesús sigue confiando. Sigue sentándose a la mesa con los suyos. No renuncia a partir el pan incluso para quien lo traicionará. Esta es la fuerza silenciosa de Dios: nunca abandona la mesa del amor, ni siquiera cuando sabe que lo dejarán solo.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros podemos preguntarnos hoy, con sinceridad: «¿Soy yo?». No para sentirnos acusados, sino para abrir un espacio a la verdad en nuestro corazón. La salvación comienza aquí: en la conciencia de que podemos ser nosotros quienes rompamos la confianza en Dios, pero que también podemos ser nosotros quienes la recojamos, la custodiemos y la renovemos.

En el fondo, esta es la esperanza: saber que, aunque podamos fallar, Dios nunca nos falla. Aunque podamos traicionarlo, Él no deja de amarnos. Y si nos dejamos alcanzar por este amor —humilde, herido, pero siempre fiel—, entonces podemos renacer de verdad. Y empezar a vivir ya no como traidores, sino como hijos siempre amados.

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Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos reflexionando sobre los últimos días de la vida de Jesús. Hoy contemplamos el momento de la última cena en el que Jesús revela a sus apóstoles que uno de ellos lo iba a traicionar. La posibilidad de una traición entristece a todos. Y precisamente esta tristeza, si se acoge con sinceridad, se convierte en un lugar de conversión. Jesús no dice estas palabras para humillar, sino para salvar; y esto nos enseña que no debemos negar el mal, sino reconocerlo como una ocasión dolorosa para poder renacer.

También nosotros estamos llamados a examinar nuestra vida, con sus luces y sus sombras. Si reconocemos nuestros límites, si nos dejamos tocar por el dolor de Cristo, entonces podemos nacer de nuevo. Queridos amigos, a pesar de nuestras traiciones, Jesús nunca nos abandona. Acudamos a Él con sinceridad y confianza, pidiéndole que seamos siempre capaces de acoger el don de su amistad.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor Jesús un corazón humilde y abierto a su gracia para que, como hacemos en la Eucaristía, esté dispuesto a reconocer las faltas, a pedir perdón y a empezar de nuevo cada día, con la certeza de sabernos infinitamente amados por Él. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Exaudi Redacción

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