El misterio de la última escena
Del Bronx a la plegaria de Miguel Ángel: la búsqueda interior de Al Pacino al margen de los focos
El otro día releía unas páginas de Sonny Boy, esas memorias que Al Pacino sacó a la luz pública, y me dio por pensar en lo curioso que resulta el recorrido de ciertos hombres. Nos acostumbramos a verlos en la pantalla grande encarnando la furia, el poder o la perdición, y se nos olvida que debajo del vestuario de un capo ítalo-americano o de un abogado endiablado hay una memoria personal marcada por la infancia, por las pérdidas y por las preguntas que todos nos hacemos cuando se apagan los focos.
Pacino creció en el Bronx, criado por su madre y sus abuelos en una casa donde la fe católica no era una teología abstracta, sino el pan cotidiano y la forma natural de respirar. Sin embargo, el éxito desmedido de los años setenta arrolló casi todo a su paso. La fama te da un lugar en el mundo, pero a menudo te quita el suelo sobre el que pisas. Pasó décadas entre los aplausos y ese vértigo que produce la industria del cine, donde resulta tan fácil perder el norte. Y sin embargo, la inquietud espiritual nunca terminó de apagarse del todo en él. Solía decir en sus entrevistas que «Dios está en la lucha» o que no se le encuentra en los momentos cómodos, sino en el dolor, en la duda y en la pelea diaria.
Hay una frase de Miguel Ángel que Pacino cita en sus páginas personales y que se le quedó grabada a fuego: «Señor, libérame de mí mismo para que pueda complacerte». Me parece un detalle revelador para un hombre que ha vivido de construir personajes y alimentar el ego que exige la profesión. Reconocer esa necesidad de despojarse de uno mismo para dejar sitio a algo más grande es, en el fondo, el inicio de toda conversión verdadera.
Con los años, el actor de El Padrino y Esencia de mujer fue mirando hacia atrás con menos estruendo y mayor claridad. Tras rozar la muerte hace un tiempo por una complicación de salud, confesó en varias intervenciones la fragilidad con la que contemplaba la existencia y su deseo de reencontrarse con sus raíces. Decía con sencillez que, si Dios le concedía llegar al cielo, su mayor anhelo era volver a ver a su madre, mirarla a los ojos y decirle: «Oye, mamá, ¿viste lo que me pasó?».
Ahí no habla la estrella galardonada con el Oscar, sino el niño del Bronx que intuye que las luces del escenario son pasajeras y que lo único que realmente permanece es la gracia, el amor recibido y el perdón. La verdadera transformación de la vida no siempre ocurre entre truenos; muchas veces basta con un silencio donde dejas de actuar y te rindes a la verdad de quien te creó.

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