31 octubre, 2026

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El misterio de la última escena

Del Bronx a la plegaria de Miguel Ángel: la búsqueda interior de Al Pacino al margen de los focos

El misterio de la última escena

El otro día releía unas páginas de Sonny Boy, esas memorias que Al Pacino sacó a la luz pública, y me dio por pensar en lo curioso que resulta el recorrido de ciertos hombres. Nos acostumbramos a verlos en la pantalla grande encarnando la furia, el poder o la perdición, y se nos olvida que debajo del vestuario de un capo ítalo-americano o de un abogado endiablado hay una memoria personal marcada por la infancia, por las pérdidas y por las preguntas que todos nos hacemos cuando se apagan los focos.

Pacino creció en el Bronx, criado por su madre y sus abuelos en una casa donde la fe católica no era una teología abstracta, sino el pan cotidiano y la forma natural de respirar. Sin embargo, el éxito desmedido de los años setenta arrolló casi todo a su paso. La fama te da un lugar en el mundo, pero a menudo te quita el suelo sobre el que pisas. Pasó décadas entre los aplausos y ese vértigo que produce la industria del cine, donde resulta tan fácil perder el norte. Y sin embargo, la inquietud espiritual nunca terminó de apagarse del todo en él. Solía decir en sus entrevistas que «Dios está en la lucha» o que no se le encuentra en los momentos cómodos, sino en el dolor, en la duda y en la pelea diaria.

Hay una frase de Miguel Ángel que Pacino cita en sus páginas personales y que se le quedó grabada a fuego: «Señor, libérame de mí mismo para que pueda complacerte». Me parece un detalle revelador para un hombre que ha vivido de construir personajes y alimentar el ego que exige la profesión. Reconocer esa necesidad de despojarse de uno mismo para dejar sitio a algo más grande es, en el fondo, el inicio de toda conversión verdadera.

Con los años, el actor de El Padrino y Esencia de mujer fue mirando hacia atrás con menos estruendo y mayor claridad. Tras rozar la muerte hace un tiempo por una complicación de salud, confesó en varias intervenciones la fragilidad con la que contemplaba la existencia y su deseo de reencontrarse con sus raíces. Decía con sencillez que, si Dios le concedía llegar al cielo, su mayor anhelo era volver a ver a su madre, mirarla a los ojos y decirle: «Oye, mamá, ¿viste lo que me pasó?».

Ahí no habla la estrella galardonada con el Oscar, sino el niño del Bronx que intuye que las luces del escenario son pasajeras y que lo único que realmente permanece es la gracia, el amor recibido y el perdón. La verdadera transformación de la vida no siempre ocurre entre truenos; muchas veces basta con un silencio donde dejas de actuar y te rindes a la verdad de quien te creó.

Sonia Clara del Campo

Sonia Clara del Campo es historiadora del arte y teóloga. Se ha dedicado al estudio de la belleza como vía privilegiada de encuentro con Dios. Apasionada de la música sacra y el arte religioso, escribe desde la convicción de que la Iglesia ha sido la mayor protectora y promotora de las artes en la historia de la humanidad, y que hoy más que nunca necesitamos redescubrir ese tesoro espiritual y cultural.