El miedo que llevamos dentro
Wendell & Wild y todo aquello que seguimos cargando incluso cuando intentamos dejarlo atrás
La pregunta que abre
¿Qué ocurre cuando aquello que más tememos no está fuera, sino dentro de nosotros?
Es más sencillo reconocer un miedo cuando podemos señalarlo.
Una situación. Una persona. Una enfermedad. Una amenaza. Algo que está ahí fuera y frente a lo que podemos intentar protegernos.
Pero existen otros miedos mucho más difíciles de localizar.
No vienen hacia nosotros.
Viajan con nosotros.
Son recuerdos, culpas, heridas o acontecimientos que no conseguimos colocar del todo en nuestra historia. Y aunque aprendamos a continuar, permanecen en algún lugar esperando volver a hablar.
Eso que nos pasa
A veces seguimos adelante sin haber resuelto realmente lo que nos ocurrió.
Aprendemos a funcionar. Volvemos al trabajo. Regresamos a clase. Contestamos mensajes. Hacemos planes. Reímos. Continuamos con nuestra vida.
Desde fuera parece que todo ha vuelto a su sitio.
Pero continuar no siempre significa haber elaborado lo vivido.
Hay experiencias que dejamos guardadas porque todavía no sabemos qué hacer con ellas.
Y cuanto más intentamos evitar algunas preguntas, más espacio pueden ocupar en silencio.
¿Podría haber hecho algo distinto?
¿Fue culpa mía?
¿Por qué ocurrió?
¿Por qué sigo pensando en aquello?
¿Por qué no consigo dejarlo atrás?
No siempre tenemos una respuesta. Y precisamente por eso algunas heridas pueden acabar convirtiéndose en una especie de habitación interior que preferimos no abrir.
La historia que lo pone delante
Wendell & Wild coloca en el centro de su historia a Kat Elliot, una adolescente marcada por una pérdida que ha cambiado su manera de relacionarse con el mundo y también consigo misma.
La película utiliza demonios, mundos sobrenaturales y una estética oscura para hablar de algo profundamente humano: lo difícil que resulta avanzar cuando seguimos sintiéndonos atrapados por nuestro pasado.
Kat parece enfrentarse a amenazas externas, pero el verdadero conflicto no está únicamente fuera.
Está también en aquello que arrastra.
En los recuerdos.
En la culpa.
En la manera en que una experiencia dolorosa puede terminar definiendo la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Y ahí aparece una de las ideas más interesantes de la película: a veces nuestros demonios más persistentes no vienen a atacarnos desde fuera. Llevan tiempo viviendo dentro.
El espejo
No todas las heridas producen miedo de la misma manera.
Algunas nos hacen temer que algo vuelva a ocurrir.
Otras nos hacen temer aquello que podríamos descubrir sobre nosotros mismos si miramos demasiado de cerca.
Y quizá por eso evitamos determinados recuerdos.
No porque los hayamos olvidado, sino porque sabemos perfectamente dónde están.
Los rodeamos.
Cambiamos de conversación.
Nos distraemos.
Nos convencemos de que ya pasó.
Pero hay experiencias que no desaparecen simplemente porque dejemos de hablar de ellas.
Necesitan encontrar un lugar dentro de nuestra historia.
Eso no significa convertir el pasado en el centro permanente de nuestra vida. Tampoco significa justificarlo todo, ni reconciliarnos necesariamente con todo lo ocurrido.
Significa poder mirarlo sin sentir que todavía tiene derecho a decidir quiénes somos.
Porque existe una diferencia enorme entre recordar algo y seguir viviendo bajo su poder.
Un recuerdo forma parte de nuestra historia.
Una herida no elaborada puede empezar a escribirla por nosotros.
Entonces aparecen decisiones tomadas desde el miedo. Relaciones que evitamos. Lugares a los que no volvemos. Conversaciones que nunca tenemos. Formas de castigarnos por algo que quizá ni siquiera dependió completamente de nosotros.
Y es ahí donde la imagen de los “demonios interiores” deja de ser una metáfora cinematográfica para convertirse en algo reconocible.
Todos podemos cargar con algo que preferiríamos no mirar.
La cuestión es qué hacemos con ello.
Lo que hacemos con ello
Quizá el primer paso sea dejar de exigirnos que aquello que nos dolió desaparezca.
Hay experiencias que no se borran.
Se integran.
Eso requiere tiempo. A veces conversación. A veces acompañamiento. A veces aceptar que necesitamos ayuda para ordenar algo que solos no conseguimos colocar.
También requiere aprender a distinguir entre responsabilidad y castigo.
Podemos reconocer nuestros errores sin convertirlos en una condena permanente.
Podemos lamentar lo ocurrido sin reducir toda nuestra identidad a aquel momento.
Podemos aprender de una experiencia sin vivir eternamente dentro de ella.
Y quizá esa sea una de las formas más difíciles de valentía: no enfrentarnos a un monstruo exterior, sino atrevernos a mirar con honestidad aquello de nosotros mismos que llevamos mucho tiempo evitando.
No para quedarnos allí.
Precisamente para poder salir.
Una idea para llevarnos
Lo que intentamos esconder dentro de nosotros no siempre desaparece. A veces empieza a decidir por nosotros hasta que nos atrevemos a mirarlo.
La pregunta que continúa
¿Qué parte de tu pasado sigue teniendo demasiado poder sobre la persona que intentas ser hoy?
La pregunta continúa.

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