03 febrero, 2026

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Rosa Montenegro

Voces

02 febrero, 2026

5 min

El lenguaje del dolor ajeno

La empatía como arte de la presencia

El lenguaje del dolor ajeno

Hay silencios en el dolor. No se hablan. No se manosean.

Todos “masticamos” dolores; o nos alimentan o nos matan.

¡Cómo para detenerse ante una herida ajena que exige verdad y coherencia!

¡Quién confía su dolor al huracán!

Y ese dolor se encalla. Se acomoda.

No grita.

No hace ruido.

Asoma en gestos mínimos: una mirada que se va, una risa que llega tarde, una frase neutra que oculta un abismo: “Estoy bien”.

Y, sin embargo, sigue estando ahí. Atraganta.

El dolor ajeno tiene lenguaje propio. Y necesita la misma wifi para conectarse.

Vivimos rodeados de voces… pero desconocemos las contraseñas.

Nos bombardean mensajes cifrados, con signos y emoticonos… pero sin presencia.

Conectados…  pero solos, sin cobertura.

Las relaciones se han vuelto frágiles.

Basta un roce para que se rompan. Basta una incomodidad para que cada uno vuelva a su burbuja o a su propio dolor.

Y en este contexto, amar de verdad se revela en guardar silencio, saber esperar. Es un silencio que no irrita, respetuoso, que no resfría. Un silencio «habitado»:

el que limpia,

el que abre espacio,

el que deja pasar al otro sin invadirlo.

A veces hacemos como los niños que, ante el alcohol que desinfecta, lloran porque pica. Como la sal que escuece, pero cura.

Así actúa el amigo, que se atreve a contemplar el dolor sin huir.

Acallar el propio ruido

(el silencio interior)

El primer gesto empático es detenerse.

Porque lo que más impide escuchar el dolor ajeno no es la falta de tiempo, es el propio dolor o el exceso de “ego”.

El dolor propio encorva sobre sí mismo y paraliza, pero también capacita para comprender y disculpar si no entramos en su circuito.

Nuestra cabeza gira y gira: lista de pendientes, interpretaciones… Y dolores, gritos callados. Una especie de monólogo continuo que ocupa todo el espacio. Aunque el otro hable, solo oímos nuestro propio eco.

Por eso la empatía no emerge espontáneamente, es un entrenamiento de amor. Un acto de la libertad:

. Apagar el ruido propio para que el otro pueda existir en nosotros.

. Callar por dentro no es quedarse vacío. Es revelarse disponible.

Implica algo muy concreto:

mirar sin invadir,

escuchar sin plan previo,

estar sin tomar el mando.

Y, sobre todo: no «empastarse», no entrar en la espiral de trepidación.

Escuchar desde el corazón para comprender. El que comprende, disculpa. Hoy reaccionamos antes de comprender. Y si no comprendemos juzgamos y, con frecuencia, condenamos.

Cuando el otro se abre un poco, nuestro impulso es llenar el espacio: con consejos, con historias propias, con frases hechas.

Y sin darnos cuenta hacemos algo cruel: convertir su herida en un tema, en un caso, en un “Vale, ya lo entiendo”.

Pero el dolor ajeno no busca comprensión intelectual.

Busca acogida.

El silencio es respeto si el corazón está presente.

El silencio se educa. Tiene contenido. Se aprende a hablar sin palabras

Adecuarse al paso herido

paciencia rítmica.

Nos hace falta disponibilidad.

Quien va herido… molesta. Interrumpe.

Molesta porque se queda atrás.

Porque no siempre “mejora”.

Porque nos retrasa.

Porque llora otra vez.

Porque no puede con todo.

Pero tú sabes que el dolor no se cura a golpe de calendario.

Y el alma no sigue curvas de productividad.

En el dolor, del cuerpo o del alma, el herido marca el ritmo

Hay pasos adelante y noches que devuelven al suelo. Y el buen acompañamiento no exige progreso lineal para seguir cerca.

La paciencia es bailar al ritmo de ese dolor: permanecer sin exigir resultados inmediatos.

No somos “un medicamento”

  • un café sin agenda,
  • un paseo con paz,
  • un silencio compartido, sin necesidad de explicarse.

Los dolores ajenos se atraviesan de puntillas.

Y hay personas que solo sanan cuando descubren que no tienen que actuar bien para que las amen. Que pueden caerse sin perder el vínculo. Que pueden “no ser bonitas” “ni ser delgadas” -por dentro o por fuera- y, sin embargo, ser amadas.

“La compasión nos pide ir allí donde duele… La compasión nos exige ser débiles con los débiles, vulnerables con los vulnerables y desvalidos con los desvalidos…”

(Henri J.M. Nouwen, Compassion: A Reflection on the Christian Life (1982).)

Esta paciencia escuece porque cansa, nos desgasta

Porque obliga a renunciar al control.

Pero cura: porque lo único que necesita un herido es alguien que no se vaya cuando el proceso se ralentiza.

“Hay una cosa toscamente llamada caridad, que significa caridad para los pobres merecedores; pero la caridad para los merecedores no es caridad, sino justicia. Son los inmerecedores quienes la necesitan” (Chesterton)

Sostener sin invadir

Necesitamos cultivar delicadeza para no apropiarnos del dolor del otro.

Porque el dolor ajeno es territorio sagrado.

Y lo sagrado no se pisa con botas.

Sostener sin invadir supone:

  • no interrogar,
  • no forzar,
  • no “sacar conclusiones”,
  • no exigir claridad cuando hay caos.

A veces la frase más poderosa es esta:

“No sé qué decirte… pero no estás solo.”

Quizá el mundo no se esté rompiendo por falta de ideas, sino por falta de vínculos.

Por falta de “atención”. (Byung-chul Han)

Por falta de alguien que se atreva a quedarse cuando el otro carece de brillo.

El dolor ajeno no pide soluciones: pide un corazón disponible.

Y eso —aunque parezca pequeño— cambia el mundo.

El mundo cambia cuando alguien se queda.

Rosa Montenegro

Pedagoga, orientadora familiar (UNAV) y autora del libro “El yo y sus metáforas” libro de antropología para gente sencilla. Con una extensa experiencia internacional en asesoramiento, formación y coaching, acompaña procesos de reconstrucción personal y promueve el fortalecimiento de la identidad desde un enfoque humanista y transformador.