Acompañamiento Espiritual: ¿Exclusiva de sacerdotes?
Temas espirituales. Peligros de pontificar en las redes
Desde esta privilegiada tribuna me expreso con cierta sorpresa y preocupación tras haber visto un programa en un canal en el que se tratan aspectos espirituales. El tema versaba sobre la dirección espiritual y el abuso de conciencia, y en algunas ocasiones con cierto desenfado. A tenor de lo oído, siempre con todo respeto, quisiera hacer una serie de consideraciones ya que hay puntos en los que disiento llevada de mi propia experiencia.
En primer lugar, ninguna persona está en posesión de la verdad absoluta. Y creo que es conveniente partir de este extremo porque todos nos podemos equivocar: sacerdotes, religiosos y laicos. Afirmar que la dirección espiritual es exclusiva del sacerdocio como se afirmó en ese espacio es inexacta. Por el hecho de haber sido bautizada una persona preparada puede perfectamente asumir la dirección espiritual de otra, como sucede en realidades eclesiales integradas por hombres o mujeres. Pero también pueden hacerlo los laicos porque es un carisma que emana de ese sacramento que nos convierte en hijos de Dios, y con el cual se nos confiere la gracia santificante.
La claridad, la capacidad de discernimiento y buen juicio no es prebenda del sacerdocio. Hay buenos y malos confesores como hay personas virtuosas y otras que no lo son. En la vida santa hay ejemplos de todo ello. San Juan María Vianney y el Padre Pío encarnan a esos sacerdotes santos que escuchaban conmovidos, y sin poner límites al tiempo, cuantas flaquezas anidan en el corazón de los penitentes. Muchos sacerdotes han salido (y salen en la actualidad) al encuentro de ellos animándolos a acercarse al confesionario; oran por la conversión personal y la ajena. Por el contrario, otros sacerdotes han sido azote de quienes depositaron en su autoridad el convencimiento de que su palabra provenía de Dios. Sin ir más lejos, santa Teresa de Jesús o santa Juana Francisca de Chantal a quien san Francisco de Sales extrajo de un mundo cuajado de escrúpulos que no supo encauzar su anterior director espiritual.
La prudencia y la caridad, saber equilibrar el rigor —siempre respetuoso con la dignidad del otro— y la misericordia no es patrimonio del sacerdocio presbiterial únicamente. Hay que ser persona orante, probada en la virtud —lo que no significa que deje de haber tentaciones e incurirse en flaquezas— para ir madurando en la fe y experimentar temblor ante la gran responsabilidad que supone tener que dirigir a otros congéneres. Se requiere humildad, dejarse llevar por el convencimiento de que es el Espíritu Santo que sopla donde quiere, quien dirige, quien otorga al director espiritual cuantos dones precise. Un ciego no puede guiar a otro ciego, como dice el Evangelio, y cegueras tenemos todos.
Cualquier canal en el que se toquen aspectos tan delicados debería tener en cuenta que a una persona espiritualmente débil pueden influirle negativamente ciertas apreciaciones como las que se hicieron en el espacio que da lugar a esta reflexión. Por ejemplo, señalar la periodicidad de una dirección espiritual por mucho que se afirmase que cada persona busque ayuda siempre que lo desee y que tenga un problema concreto que precise exponer. Y es que, como se dijo literalmente que una vez por semana «es un aburrimiento» —aunque fuera una licencia expuesta en tono jocoso— se puede estar induciendo a dudar sobre la bondad de esa práctica en quien ya lo haga, o disuadir a quien desee hacerlo. Puede dejar la impresión de que actuamos de forma inconveniente o molestamos al acudir a pedir consejo de forma asidua. Cada persona tiene sus necesidades y sus tiempos que deberían haber quedado remarcados en ese programa, como también la disponibilidad para responderla. No es un simple servicio. O se es apóstol o no se es.
Insisto. Creo modestamente que son riesgos que hay que barajar antes de efectuar ciertas manifestaciones porque no sabemos quién nos ve o nos escucha igual que sucede con quien nos lee. Además, se olvida que a diario hemos de reconciliarnos con Dios y con nuestro prójimo. El sacramento de la reconciliación es una gracia. Y, dentro de sus límites (puesto que solamente el presbítero puede confesar) también lo es la dirección espiritual que puede proporcionar un religioso, aunque no esté ordenado, o un laico bien formado. Los frutos son inmensos porque recibir luz en la penumbra que por un motivo u otro asola la mente y el corazón constituyen una bendición para nuestra vida que se proyecta en la convivencia. De manera que en un itinerario espiritual no es «aburrida» la dirección semanal. Para muchos es necesaria, aunque yo la calificaría de imprescindible.
Pasando de puntillas por un asunto que no es trivial vinculado con el tema del abuso de conciencia, también se aludió a la obediencia debida a un superior (se sobreentendía siendo sacerdote o religioso) creyendo que Dios habla a través de sus palabras. Se calificó como algo de un tiempo pasado, apuntando a los peligros que puedan darse: declinar la propia responsabilidad en esa persona o dejarse apoderar de la propia conciencia lo que a veces ha derivado, entre otros problemas graves, al abuso sexual. Son afirmaciones que requieren una matización. Cierto que los abusos de conciencia han hecho un daño inmenso en la Iglesia y que el sexual está dentro de ellos. No se dijo que provenían de personas que hicieron de su impenitencia un reinado abyecto imponiendo sus vicios sobre los débiles, y convenía haberlo recordado. Y es que, al margen de ello, la obediencia auténtica no forma parte del pasado. Continúa siendo para muchos una virtud liberadora, elegida por amor a Dios sin que ello implique perder la propia autonomía en las decisiones que hayan de tomarse. Simplemente uno se ofrenda, entraña ante Cristo la profesión que hizo de vivir esa virtud junto a la castidad y a la pobreza, cuando es el caso. Por eso, todo religioso, por ejemplo, ve cual es la voluntad divina para su vida en las necesidades tocantes a la misión que plantea su superior. Si uno eligiera por sí mismo podría tener la tentación de buscar lo mínimo. Y cuando se habla en términos evangélicos se nos invita a ser santos; no simplemente buena gente, que por fortuna hay mucha, sino a ser heroicos en la virtud. Y es evangélico enseñar lo máximo y no lo mínimo. El Padre Pío lo tenía claro: «Donde no hay obediencia no hay virtud, no hay bondad ni amor. Y donde no hay amor no hay Dios. Sin Dios no podemos alcanzar el cielo. Estas virtudes forman una escalera; si falta un paso nos caemos».
Concluyo recordando que si las expresiones no son rigurosas y se da la impresión de realizar afirmaciones que tienen carácter de ley, se puede estar influyendo en la conciencia ajena obteniendo justamente el resultado contrario al que se quiso llegar.

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