1. Síntesis Epistemológica de HowScienceWorks
La ciencia contemporánea suele presentarse tanto en el debate público como en los despachos de los legisladores y sedes judiciales como una institución monolítica proveedora de certezas absolutas, una distorsión metodológica que la filosofía de la ciencia ha tratado de desmontar a lo largo del último siglo [1, 2]. En su obra de referencia How Science Works, Michael Weisberg y Anastasia Thanukos exponen una visión realista y pormenorizada de la práctica científica real, contrastándola con el estereotipo estéril y lineal del “método científico” de los manuales escolares [1, 3].
La ciencia no opera a través de una receta rígida de cinco pasos, sino que se define de manera dual: es tanto un cuerpo acumulativo de conocimientos como el proceso dinámico, complejo, iterativo y social diseñado para construir y refinar ese conocimiento basándose en evidencia empírica obtenida mediante observación, experimentación y simulación [1]. Este proceso de construcción de conocimiento se describe con precisión a través del “diagrama de flujo de la ciencia”, un modelo de múltiples caminos que interactúan de forma no lineal, donde las hipótesis se testean de forma iterativa y los errores se corrigen progresivamente a través de la interacción de una comunidad diversa [1].
Para comprender la utilidad de la ciencia en la deliberación bioética, es imperativo establecer sus principios de demarcación científica, que se resumen a continuación.
Investigación del mundo natural
La ciencia experimental se limita estrictamente a investigar el mundo físico y natural (que abarca desde la materia y las fuerzas físicas hasta las sociedades humanas y sus productos) utilizando explicaciones exclusivamente naturales [1, 2]. Las hipótesis o explicaciones que apelan a causas sobrenaturales o metafísicas quedan metodológicamente fuera de su alcance por no ser susceptibles de contrastación empírica [1].
Generación de hipótesis testeables y predicciones
Para que una propuesta sea científica, debe generar predicciones lógicas, es decir, observaciones esperadas si la hipótesis es correcta o incorrecta. Las ideas que se protegen a sí mismas de la contrastación empírica o que son compatibles con cualquier observación posible no forman parte de la ciencia [1].
Dependencia y respuesta a la evidencia
La evidencia empírica es el árbitro supremo de la validez científica. La comunidad científica tiene la obligación de asimilar la evidencia disponible, modificando o abandonando las hipótesis cuando los datos las contradicen [1].
Falibilismo
Una de las tesis centrales de Weisberg y Thanukos es el principio del falibilismo: la ciencia nunca “prueba” una hipótesis de manera irrevocable [1, 4]. Por muy robusto que sea el soporte empírico de una teoría, esta permanece siempre abierta al refinamiento, la revisión o el rechazo si surge nueva evidencia o interpretaciones más coherentes, tal como lo demuestra la sustitución histórica de la mecánica clásica por la teoría de la relatividad o la aceptación tardía de la hipótesis de los priones [1, 5].
La influencia del contexto
Asimismo, la ciencia es una empresa inherentemente humana y comunitaria. Los investigadores no son autómatas perfectamente objetivos, sino seres humanos condicionados por sus propios contextos, sesgos, ambiciones de carrera e incentivos de financiación [1]. La objetividad científica no radica en la mente individual de un investigador aislado, sino en el escrutinio cruzado y colectivo de una comunidad científica diversa que somete los trabajos a rigurosos controles [1].

Mecanismos de control
Entre los mecanismos de control propuestos para llevar a cabo este escrutinio destaca la revisión por pares, un filtro esencial para garantizar un estándar mínimo de calidad y validez metodológica en el registro oficial de la ciencia [1].
No obstante, Weisberg y Thanukos advierten de que la revisión por pares no es infalible, ya que no está diseñada para detectar fraudes científicos sofisticados o manipulación de datos de manera sistemática, como lo demuestra la tardía retracción de investigaciones clave sobre el Alzheimer publicadas originalmente en la revista Nature [1, 6, 7].
Por otra parte, el prestigio de la revista (factor de impacto), la eminencia del autor o la significación estadística aislada (p-valores inferiores a 0.05) son heurísticas engañosas que no equivalen automáticamente a la corrección metodológica ni al consenso científico [1].
También el auge de los preprints (prepublicaciones sin revisar por pares) introduce agilidad, pero carece de filtros comunitarios estandarizados, lo que obliga a los evaluadores a aplicar un examen metodológico extraordinariamente cauteloso antes de dar validez a sus conclusiones [1].
Por último, el consenso científico no es un evento instantáneo derivado de un solo experimento crítico, sino una propiedad emergente que surge lentamente a lo largo de los años cuando múltiples líneas de evidencia independientes e independientes convergen hacia una misma explicación teórica [1, 8].
La delimitación definitiva de este marco epistemológico se condensa en la frontera de los juicios morales: la ciencia experimental es un instrumento descriptivo y predictivo capaz de revelar cómo funciona el mundo real, pero carece de competencia metodológica y conceptual para realizar juicios prescriptivos o morales. Puede medir, por ejemplo, los efectos psicológicos, la aceptación social o la fisiología de una práctica, pero es epistemológicamente incompetente para dirimir si dicha práctica es éticamente lícita o ilícita [1, 5].
2. Trascendencia en la valoración del estatuto biológico del embrión humano
El debate bioético sobre el estatuto moral del embrión humano se beneficia directamente de la aplicación del principio de demarcación entre hecho y valor propuesto por Weisberg y Thanukos. La embriología clínica y la genética molecular proveen descripciones sumamente precisas y testeables sobre la realidad física del embrión temprano: la conformación de su genoma único y el programa de desarrollo que contiene y arranca desde la fecundación, los patrones secuenciales de su división celular o la totipotencialidad de los blastómeros son elementos que constituyen hechos del mundo natural empíricamente constatables.
Sin embargo, el paso de la descripción biológica a la atribución de la “naturaleza humana” en un sentido normativo (es decir, la consideración de si el embrión temprano es una persona con dignidad intrínseca y derecho inalienable a la vida) representa un juicio moral y metafísico que excede la competencia de las ciencias experimentales [1, 5].
Por tanto, tal como hemos publicado previamente, la fundamentación de la protección ética absoluta de un embrión —o, por el contrario, su desprotección total— debe basarse, además de su naturaleza biológica, en la consideración sobre su cualidad ontológica, que conformará la interpretación antropológico-filosófica en la que se insertan la dignidad o el estatus de persona, de los que dependerá el trato y reconocimiento que deberá dispensársele y los derechos que se le reconocerán.
Por otra parte, la aplicación del principio del falibilismo es de suma relevancia en la evaluación de los hitos biológicos utilizados tradicionalmente por los bioeticistas para trazar líneas de demarcación moral. Conceptos biológicos que parecían absolutos, como la totipotencialidad celular, la imposibilidad de desarrollo organizado sin fecundación previa o el límite de los catorce días asociado a la línea primitiva, se encuentran bajo una profunda revisión científica [1]. El avance de la biología del desarrollo y la creación de modelos de embriones sintéticos a partir de la reprogramación de células troncales demuestran que las categorías científicas no son estáticas, sino explicaciones provisionales sujetas a una constante autocorrección. La bioética, por tanto, no puede anclarse en dogmas biológicos inmutables de manual escolar, sino que debe elaborar marcos conceptuales dinámicos capaces de dialogar con una ciencia en constante perfeccionamiento empírico.
3. Trascendencia en el debate ético sobre la eutanasia
Weisberg y Thanukos abordan el caso de la eutanasia de forma explícita para ilustrar los límites insalvables de la demarcación científica: la ciencia experimental puede aportar datos empíricos del mayor relieve para este debate —tales como encuestas rigurosas sobre la aceptación pública del suicidio asistido en diferentes culturas [9], estudios cualitativos de la psicología del enfermo terminal ante la muerte [10], o descripciones cuantitativas detalladas del impacto psicosocial y emocional en los familiares sobrevivientes [11]—, pero es radicalmente incapaz de decretar si la eutanasia es un acto moralmente correcto o incorrecto [1].
La trascendencia de este límite epistemológico en el campo bioético es doble. Por una parte, evita la tecnocratización de la moral: un comité bioético o una legislatura que pretenda justificar la legalización o la prohibición de la eutanasia basándose exclusivamente en encuestas de opinión pública o en estadísticas de efectividad clínica estaría falseando el proceso científico, utilizándolo como un escudo de aparente objetividad técnica para ocultar elecciones de valores éticos subyacentes.
En segundo lugar, ex exigible una fundamentación filosófico-antropológica rigurosa: La valoración de la eutanasia debe resolverse necesariamente en el plano de la filosofía moral y del derecho, ponderando principios racionales como la autonomía personal del paciente, la sacralidad y el valor intrínseco de la vida humana, y los deberes de beneficencia, no maleficencia y compasión terapéutica dentro de la ética del cuidado. Los datos provistos por la medicina clínica y las ciencias del comportamiento actúan como un contexto empírico de obligada consulta para comprender la realidad fáctica del paciente terminal, pero nunca como una fuente de justificación normativa directa.

4. Trascendencia en las Teorías de Gender (sexo sentido frente a sexo biológico)
El debate sobre la discordancia entre la identidad de género percibida o “sexo sentido” y el sexo biológico cromosómico y anatómico representa uno de los desafíos más complejos de la bioética clínica actual. Weisberg y Thanukos defienden de manera explícita que las ciencias sociales y del comportamiento son disciplinas legítimas que pueden investigar científicamente dinámicas humanas complejas a través de metodologías rigurosas cuantitativas, cualitativas o de métodos mixtos [1, 12]. En consecuencia, el sexo sentido y los procesos de autopercepción psicológica e integración social del género son objetos de estudio enteramente científicos.
No obstante, la epistemología contemporánea exige que se aplique a estas ciencias del comportamiento el mismo nivel de escrutinio crítico, control de sesgos y rigor metodológico que se exige habitualmente a las ciencias naturales [1]. Al analizar los postulados de las teorías de género que abogan por intervenciones médicas de transición, tanto en adultos como de forma temprana en menores (terapias hormonales de transición, bloqueadores de pubertad o cirugías de reasignación), la bioética debe someter los “consensos” médicos alegados a una evaluación epistemológica severa frente a las patologías actuales de la ciencia descritas en el texto [1], como son:
a) La crisis de replicación y la fragilidad metodológica
Las ciencias de la conducta y la psicología se encuentran en el epicentro de la llamada “crisis de replicación”, donde una proporción alarmante de estudios publicados no logra replicar sus resultados cuando son sometidos a pruebas independientes [1, 13]. Muchas de las guías clínicas que recomiendan transiciones médicas tempranas se apoyan en estudios observacionales con muestras reducidas, altas tasas de abandono en el seguimiento y ausencia de grupos de control adecuados, lo que limita severamente su poder estadístico y su validez externa.
b) Sesgos de publicación y financiación
La ciencia, al ser una práctica social humana, se ve fuertemente afectada por sesgos sistémicos que favorecen la publicación de resultados positivos e innovadores sobre aquellos que no reportan efectos significativos o que sugieren daños a largo plazo [1, 14]. En el ámbito de la salud de género, las presiones institucionales, ideológicas y las fuentes de financiación (con fuertes intereses de mercado en la cronicidad de los tratamientos hormonales) pueden introducir sesgos de confirmación profundos, desalentando activamente la publicación de estudios críticos o de investigaciones sobre procesos de desistimiento y detransición [1, 15, 16].
c) Manipulación de la percepción pública del consenso
Weisberg y Thanukos advierten de que ciertos sectores y grupos de interés diseñan estrategias de comunicación para simular la existencia de un consenso científico consolidado donde en realidad persiste un intenso debate científico interno [1]. En la bioética del género, la etiqueta de “consenso de expertos” suele ser instrumentalizada políticamente, ignorando las revisiones sistemáticas e independientes de países con alta tradición bioética (como el Reino Unido, Suecia o Finlandia), como hemos publicado previamente, que han restringido las intervenciones hormonales en menores ante la falta de una convergencia robusta de pruebas y tasas de error clínico no despreciables.
Guiada por el principio de prudencia científica, la bioética clínica debe advertir de que implementar protocolos médicos experimentales e irreversibles sobre la población pediátrica basándose en “mala ciencia” o en teorías sin un consenso sólidamente fundamentado en múltiples líneas de evidencia clínica convergentes de seguimiento a largo plazo, constituye una transgresión de los principios de no maleficencia y beneficencia terapéutica.

5. Conclusiones: La vigilancia epistemológica ante la disrupción biotecnológica
La aplicación de la filosofía de la ciencia propuesta por Weisberg y Thanukos a la bioética contemporánea nos permite articular una defensa de la racionalidad clínica basada en lo que podemos denominar vigilancia epistemológica activa. Ante la aceleración exponencial de los avances en biomedicina y la presión social y de mercado por su aplicación inmediata, tanto los científicos, como los legisladores y los comités de bioética deben operar como órganos de traducción crítica guiados por los siguientes principios metodológicos fundamentales:
Ponderación de la incertidumbre y el principio de precaución
Dado que el conocimiento científico es por naturaleza provisional y falible [1, 4], y que la replicación rigurosa de las innovaciones médicas toma años, los comités de bioética deben tomar decisiones regulatorias bajo escenarios de alta incertidumbre. En estos casos, la prudencia exige que, ante la falta de una sólida convergencia de evidencia empírica a largo plazo, se aplique el principio de precaución, deteniendo o restringiendo el uso clínico masivo de tecnologías invasivas o irreversibles hasta que su margen de error metodológico y de seguridad terapéutica sea sólidamente delimitado por la comunidad científica [1]. Esto resulta especialmente necesario en el campo de la edición y diagnóstico genéticos, donde la incertidumbre sobre sus efectos debe ponderar la oportunidad de emprender o no ciertos experimentos.
Exigencia de independencia financiera y metodológica
Además de evaluar la validez de los resultados presentados por los promotores de una biotecnología, deben indagarse de manera activa las fuentes de patrocinio y financiación, reconociendo que existe un sesgo estadísticamente demostrado que correlaciona el origen corporativo del dinero con resultados metodológicos sistemáticamente favorables a los patrocinadores [1, 16]. La verdadera independencia del juicio ético exige depurar la evidencia clínica de conflictos de interés subyacentes.
Filtros críticos frente a preprints y literatura provisional
Ante lo vertiginoso de la investigación biomédica actual, los juicios bioéticos que condicionen los procedimientos científicos o las recomendaciones clínicas o normativas no deben construirse sobre la base de literatura preliminar (preprints) o estudios publicados apresuradamente en revistas de baja exigencia metodológica [1, 17]. Deben exigir la madurez del proceso científico comunitario y la confirmación empírica a través de revisiones sistemáticas independientes y meta-análisis metodológicamente intachables.
Julio Tudela . Observatorio de Bioética . Instituto Ciencias de la Vida . Universidad Católica de Valencia
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Referencias Bibliográficas
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