El Cura de Ars, Pío de Pietrelcina y el padre Mandic
Tres gigantes de la confesión que vivieron en tiempos distintos, pero con una misma pasión: reconciliar al mundo con Dios
Decían de una reina que era tan limpia, tan limpia, que le bastaba y le sobraba con ducharse una vez al año. No dicen, pero, si bastaba con que se acercara a los caballos para que huyeran corriendo a más no poder, ya que hay que lavarse más. El mal no está en lavarse mucho, sino en lavarse poco. Ahora bien, lo que más ensucia al ser humano son los pecados mortales y los veniales. El sacramento de la confesión nos lava. Luego, por analogía, conviene confesarse con cierta frecuencia. En conformidad con esta lógica el Magisterio de la Iglesia recomienda la confesión frecuente. En correspondencia con esto, los curas de almas han de estar muy dispuestos a confesar a los penitentes. Esto queda iluminado por los santos de la misericordia, particularmente por el santo cura de Ars, el padre Pío y el sacerdote Leopoldo Mandic.
El padre Leopoldo Mandic (12.05.1866 – 30.07.1942), capuchino, como el padre Pío, dedicó su vida sacerdotal al ministerio de la confesión. Símbolo muy gráfico de la vida de este confesor es que la mano con la que daba la absolución está incorrupta, como lo está la lengua del predicador San Antonio de Padua. Era un confesor muy misericordioso. Tenía un carácter fuerte, pero se sabía dominar Así, en el confesonario, no se impacientaba, era todo comprensión y delicadeza. Confesando, era firmísimo en la doctrina. Decía: cuando confieso, siento todo el peso de mi ministerio y no puedo traicionar mi conciencia; primeramente, y, ante todo, la verdad. Con un confesor como este da mucho gusto confesarse, abraza, y, con caridad sobrenatural, obsequia la verdad. Se pasaba el día en el confesonario, siempre asediado de penitentes. Durante decenios estuvo diariamente en el confesonario de diez a quince horas. Confesó a muchísimas almas. Se le puede, pues, considerar un mártir del confesonario. Estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio en bien y servicio de las almas. Vivía, pues, conforme a este dicho suyo: un sacerdote debe morir de fatigas apostólicas; ninguna otra muerte es digna de un sacerdote. Fue canonizado por san Juan Pablo II, el Magno, en 1983. En síntesis, en el confesonario, sirvió mucho, y a muchos, conforme a la caridad misericordiosa y a la verdad.
El padre Pío (25.05.1887 – 23.09.1968) vivió tan de espaldas a las modernidades, que parece que para el mundo actual hubiera de quedar sepultado en lo más profundo del seno del planeta, en el lugar más lejano, quedando así totalmente ignorado. Sin embargo, ¡sorpresa! Este fraile italiano es el santo más popular del siglo XX. Cada año su tumba tiene 7.000.000 de visitantes. En 2002, al canonizarle san Juan Pablo II, hubo 300.000 personas presentes. Millones siguieron ese acto por los medios de comunicación. Pero, es que, incluso, ya en su funeral, hubo 100.000 asistentes. Logró esa fama, no con retóricas, y otras hierbas, sino siendo otro Cristo. Y eso llegó a ocurrir, además, habiendo pasado la mayor parte de su vida sin salir de su convento de San Giovanni Rotondo (Italia), habiendo sido un cireneo de Jesús y queriendo ser solo un fraile que reza. El Papa san Pablo VI sintetizó así su labor: confesaba desde la mañana hasta la noche. El mismo padre Pío, afirmó: “No tengo un minuto libre: todo el tiempo está empleado en liberar los hermanos de los lazos de Satanás […]. Y esto exactamente hago día y noche […]”. A partir de 1950 a veces hubo que esperar más de quince días para confesarse con él, y esto que confesaba durante al menos quince horas diarias. En definitiva, el padre Pío fue uno de los más grandes santos del XX. Y, curiosamente, el más famoso de ese siglo. Ese grande famoso y famoso grande, lo que hizo fue confesar ¡Todo un ejemplo!
El Cura de Ars (08.05.1786 – 04.08.1859), sacerdote secular, estuvo encargado de Ars, pueblecito de solo 230 personas, donde casi nadie iba a Misa y abundaban cosas tan horribles como las blasfemias y los odios. Esto es, las tinieblas habían descendido sobre la localidad. El panorama era desolador. ¿Podía allí florecer algo? Sin embargo, allí prendió el fuego de su amor. Así, con el transcurso del tiempo, la montaña helada devino horno de fuego. En labor sacerdotal tan sobresaliente lo que descuella principalmente es el mucho tiempo que dedicó a confesar. De noviembre a marzo estaba al menos once o doce horas en el confesonario. En los días largos pasaba confesando entre dieciséis y dieciocho horas. De muchos lugares, incluso muy distantes, acudían muchos, y de muchos talantes, a confesarse con él y a tratar de cosas espirituales. Confesó mucho. Convirtió a muchos. Impacta grandemente que consiguiera hacer tanto bien estando en aquel pueblecito de entonces. Clave muy importante de logro tan grande fue el sacramento de la confesión, que administraba con la caridad misericordiosa del Corazón de Jesús, que venda las heridas de sus ovejas. Es el patrón de todos los párrocos del cosmos. Y, por tanto, maestro y modelo de todos ellos. En definitiva, confesando mucho, con grande amor paternal, mostró a todo el mundo el grandísimo bien que hace este sacramento.
En suma, que redescubramos, con entusiasmo muy vibrante, la inmensa maravilla del sacramento de la confesión, que es uno de los tesoros más ricos, fantásticos, bellos, poéticos, brillantes, resplandecientes, destellantes, fulgurantes y relampagueantes, de la Iglesia.

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