23 octubre, 2026

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El cambio de armario

Al guardar la ropa de verano: sobre la ilusión del control, la vulnerabilidad humana y la verdadera actitud para afrontar los cambios imprevistos de la vida

El cambio de armario

El pasado fin de semana me puse con el cambio de armario. Es una tarea que me cuesta bastante y es una tradición en mi vida el ir posponiéndola como si esperara que, por arte de magia, se hiciera sola.

Por un lado, está mi pereza. Subir y bajar al trastero intentando siempre encontrar esos huecos que nunca están y que parecen llenarse solos. Sacar de nuevo esa ropa que no sabes si todavía te quedará bien con la esperanza de que así sea.  Colgar en el armario esas prendas que, temporada a temporada, piensas en jubilar, para una vez más decidir que no por los “por si acaso”. En mi caso, siempre es lo mismo.  Y todo esto, sacrificando la rutina de fin de semana, donde trato de invertir el tiempo en esas cosas que me gustan, no siendo el cambio de ropa uno de mis hobbies.

A esto se añade por otro lado, mi padecer una especie de tristeza en forma de nostalgia por el tiempo pasado. Y más cuando se trata de este cambio de sacar la ropa de frío para guardar la de verano. Siento nostalgia de esos días más largos y que parece que cunden más. Donde la mayoría disfrutamos de otra manera del tiempo con la familia o con amigos. De ese irnos lejos de la ciudad y del ruido que conlleva, no tanto exterior como del interior. De ese tiempo en el que la prisa se queda un poco aparcada, y en el que las exigencias de utilidad y rendimiento tienden a bajar, para dar espacio a la contemplación y reflexión.

En esa mayoría, siempre he estado yo. Nunca había pasado un verano entero en mi casa hasta éste.

Y mirando mi ropa de playa, esa indumentaria que solo existe para ese tiempo concreto, me vino como un tsunami el recuerdo de lo vivido estas vacaciones estivales.

A finales de julio, y a raíz de un accidente doméstico de mi madre, mis planes cambiaron de golpe y, sin previo aviso, mi maleta y yo nos quedamos, como se suele decir “compuestas y sin novio”.

Todos los planes; todos los anhelos de tranquilidad, de lectura, de encuentro con los amigos y con la familia, de paseos por la playa… todos se quedaron metidos en una pequeña mochila para mi traslado al hospital donde pasaría mis vacaciones. En un segundo mi vida cambió.

Hoy en día, en el ámbito del crecimiento personal y de la dirección empresarial la conversación en torno a la gestión del cambio y de la incertidumbre es abundante.  Como buenos seres humanos que somos e hijos de los siglos XX y XXI, nos encanta tener todo controlado y los planes bien estructurados. Saber qué paso dar y, por supuesto, cuáles son los siguientes. En definitiva, queremos tener un mapa del camino y si éste es recto, mejor que mejor.

Son muchos los cursos, conferencias o seminarios sobre crecimiento personal, coaching empresarial o acompañamiento donde se habla mucho de esta gestión.

Pero ¿Es posible gestionar un cambio imprevisto? ¿Qué entendemos por gestionar?  ¿Podría haber hecho yo algo para cambiar el devenir del ingreso en el hospital de mi madre o para cambiar ese diagnóstico que no me estaba gustando nada?

El lenguaje es importante y creo que formularlo como gestión del cambio nos puede llevar a error porque no se trata de gestionar algo, como si se pudiera hacer que variara su oportunidad, su impacto o su naturaleza. Sino que de lo que se trata es de gestionar la actitud personal y la propia respuesta frente a estos cambios.

Yo no gestioné nada. No hice algo útil o sujeto a algún tipo de rendimiento que pudiera ser medido.  No me interpuse entre el cambio y mi vida. No podía. Ni siquiera pude pedir una tregua o unos minutos de descanso para coger fuerzas.

Y apareció el miedo. Miedo a los resultados de unas pruebas. De un diagnóstico que yo no podía evitar. Miedo de no saber casi nada. Miedo, precisamente de no poder gestionar como gestiono otras cosas de mi vida.

Yo solo podía hacer una cosa y era responder. Decidir, una vez pasado el shock, con qué actitud afrontar la situación y cómo abrazar esos miedos.

Estamos rodeados de mensajes que nos pueden confundir. Nos pueden llevar a creernos que podemos controlar todas las cosas. Que podemos gestionar todo y, por tanto, también, podemos eliminar de nuestra realidad vital la vulnerabilidad que, como personas, nos constituye.

Parece como si todo fuera gestionable y que nuestra habilidad y preparación personal fueran claves para hacerlo. “Si quieres, puedes” suele decirse. Pues yo no quería estar en el hospital. Quería y mucho, que mi madre estuviera bien y, por supuesto, también quería estar en mi querida Cantabria en vez de en una habitación de hospital.

Nos pasan cosas. La realidad se impone y se nos revela, muchas veces, de forma bastante dura. El sufrimiento existe y no lo elegimos. Y aun poniéndonos mil escudos protectores, somos vulnerables y frágiles.

Nuestro corazón, hecho para el amor, es herido y nosotros, muchas veces, incluso sin querer, herimos a otros.

La vida y vivir, es exigente. Nos exige ponernos en juego y esto conlleva mancharnos hasta la médula de barro. Nos pide que la atendamos y que demos nuestra respuesta.

Confieso que me cuesta mucho haberme quedado sin ver mi querido mar Cantábrico. Sin mis paseos matutinos por el Sardinero y sin mi helado de nata de Regma.

Soy consciente de lo mucho que me ha pesado el no poder compartir tiempo con mi familia y mi querida amiga Elena, y cuánto he echado de menos mi pequeña rutina veraniega.

Guardando mi bolsa de playa caí en la cuenta una vez más de lo poco que controlo pese a querer tenerlo todo bajo control.

Pero a la vez, mi corazón se ensanchó al pensar en la suerte que había tenido de poder cuidar a mi madre. Con mis numerosas limitaciones e inseguridades, pero también, con el convencimiento de que estaba donde tenía que estar.  Y es que qué grandísimo poder tiene en nosotros el saber que estamos donde tenemos que estar…

Una de las doctoras con las que he tenido la suerte de encontrarme en este camino de la enfermedad, me dijo una cosa cuando nos despedíamos, que me dejó pensando mucho: “muchas gracias a ti Marta, hemos creado un vínculo”.

Un vínculo… ¿No son acaso los vínculos los que marcan la diferencia?

Hoy me paro a dar gracias por cada vínculo. Por cada relación de encuentro que este verano, de una manera diferente e inesperada, he podido vivir.

Por poder haberlo vivido. Por poder contarlo. Por poder mirar el camino de mi vida con esperanza a pesar de la incertidumbre, sabiendo que no puedo controlar todo lo que me va a pasar, pero sí cómo quiero vivirlo, cómo mirarlo y con quién. Porque el camino no se anda solo, sino con y junto a otros. Y menos mal…

Marta Luquero

Nacida en Madrid, soy madre de dos hijos. Licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, actualmente estoy cursando un máster en Humanidades. Apasionada de las personas y de una buena conversación, creo firmemente en el poder de las pequeñas cosas hechas con amor. Hace años mi vida profesional dio un giro de 180 grados cuando comprendí e hice experiencia de la necesidad vital de acompañar y ser acompañada. Tengo la inmensa suerte de trabajar en el mundo académico, acompañando como mentora a jóvenes en su camino universitario.