El caballo de Troya de Nolan
La adaptación cinematográfica de la Odisea de Nolan expone las fracturas morales y espirituales de la civilización occidental contemporánea
¿Woke o cristiana? Quizá la polémica suscitada por La Odisea de Christopher Nolan diga más de nosotros que de Homero.
Hay regalos tan grandes que obligan a preguntarse, como hizo Laocoonte, qué llevan dentro. Eso pensaron demasiado tarde los troyanos ante aquel gigantesco caballo abandonado frente a sus murallas. Y algo parecido está ocurriendo, casi tres mil años después, con La Odisea de Christopher Nolan.
La película ha dejado además de ser únicamente un acontecimiento cinematográfico para convertirse en un fenómeno cultural de extraordinarias dimensiones. Su éxito mundial la ha llevado a superar todos los récords históricos de Universal, con 1.677 millones de dólares a 12 de septiembre. Quizá por eso resulte todavía más interesante preguntarse qué Homero hemos introducido en nuestro particular caballo de Troya.
Unos han descubierto dentro del caballo la ideología woke: culpa occidental, deconstrucción del héroe, arrepentimiento y renuncia al poder. Otros han encontrado exactamente lo contrario: una sorprendente cristianización de Homero, un Odiseo que descubre el pecado, el perdón, la hospitalidad, el amor y la renuncia.
¿Quién tiene razón? Quizá los dos. O quizá ninguno del todo.
Estas líneas no pretenden ser una crítica cinematográfica. Nacieron de una discusión entre amigos provocada precisamente por esas interpretaciones contradictorias tras ver la película. Tampoco nos interesa demasiado averiguar quién ha leído más a Homero o quién vio primero la película. La cuestión es otra: qué sucede cuando una civilización vuelve a contar, tres mil años después, uno de sus relatos fundacionales y decide cambiar precisamente su desenlace.
Porque Nolan lo cambia. Y el final de una historia nunca es un detalle.
De la restauración a la expiación
La Odisea es ante todo un nóstos, un regreso. Y quizá por eso ha fascinado durante siglos: quien vuelve a Ítaca —a casa— no es ya quien salió de ella. Ha conocido otros mundos, otras mujeres, otros pueblos, otros dioses, peligros y tentaciones, para descubrir finalmente el valor de aquello que dejó atrás. Todo gran viaje acaba confrontándonos con nuestras primeras lealtades. El propio viaje de la vida nos devuelve con mucha frecuencia a nuestras raíces, a aquellas primeras creencias en las que nos educaron nuestros padres y abuelos y que después habíamos desechado en nuestra juventud en pos de una ilusoria Troya.
El final homérico es inequívocamente restaurador. Tras la matanza de los pretendientes amenaza todavía un nuevo ciclo de venganzas, pero Zeus y Atenea intervienen y restablecen la paz. Odiseo vuelve a su hogar, recupera su lugar en Ítaca y el mundo roto vuelve a ordenarse. El canto XXIV concluye precisamente con esa reconciliación.
Nolan elige otra salida. Su Odiseo no culmina la aventura reasumiendo simplemente el poder. La experiencia de la guerra, la mentira y la sangre derramada lo conduce hacia la renuncia y hacia una forma de expiación.
Y ahora sabemos que esa transformación fue plenamente consciente. El propio Nolan ha explicado después del estreno que dejó fuera parte del desenlace homérico porque lo consideraba demasiado «macabro» y «misógino», aunque quiso conservar lo que, a su juicio, nos dice sobre los hombres y su manera de hacer la guerra.
La declaración es reveladora. Nolan tiene, naturalmente, todo el derecho a reinterpretar a Homero. Europa lleva haciéndolo desde hace milenios. El problema no es la licencia artística, sino fingir que una modificación semejante carece de significado. Al explicar sus razones, el propio director reconoce, de hecho, algo esencial para esta discusión: ha contemplado a Homero desde la sensibilidad moral de nuestro tiempo y ha decidido qué podía conservar y qué debía transformar.
Homero lleva a Odiseo de la dispersión a la restauración. Nolan parece llevarlo de la culpa a la expiación.
No estamos ante un pequeño cambio argumental. Estamos ante un desplazamiento del centro moral de la historia.
¿Woke o cristiano?
Aquí comienza la polémica:
Una lectura ha visto en el nuevo Odiseo otro episodio de la revisión culpabilizadora de Occidente. Nuestra época ha pasado con sorprendente facilidad de la hagiografía de sus héroes a su demolición. Conquistadores, descubridores, gobernantes, misioneros, militares o fundadores son sacados de su tiempo, derribados de sus estatuas y sentados ante un tribunal constituido con la sensibilidad moral —o con la sensibilidad que algunos pretenden convertir en obligatoria— del siglo XXI.
Desde esa óptica, el héroe ya no puede vencer a sus enemigos, regresar y gobernar: debe sentirse culpable de su propia victoria.
Hay algo atendible en esa crítica. Pero reducir por ello al Odiseo de Nolan a un héroe woke presenta una dificultad evidente: antes de arrepentirse mata a los pretendientes, y lo hace con una violencia que no parece anunciar precisamente el triunfo de la mansedumbre.
La verdadera contraposición no es, por tanto, entre un Odiseo fuerte y otro débil. Es más profunda: restauración o expiación.
Y ahí aparece la interpretación contraria. Diversos críticos cristianos han advertido en la película una moral sorprendentemente próxima al cristianismo: hospitalidad, conciencia de culpa, compasión hacia el débil, horror ante la guerra, perdón y renuncia al poder.
Otros han reprochado a Nolan precisamente haber llevado la xenía homérica demasiado cerca de la moral cristiana.
La paradoja es formidable: lo que unos consideran una deconstrucción de Occidente podría ser leído por otros como la introducción en Homero de otra de las raíces esenciales de Occidente: el cristianismo.
Porque Occidente no es únicamente Grecia y Roma, Aquiles y César, voluntad, conquista y poder.
También es el Sermón de la Montaña. Es la desconcertante idea de que los últimos pueden ser los primeros; que perdonar puede ser más grande que vencer; que el ojo por ojo no constituye la última palabra de la justicia; y que de nada sirve ganar el mundo entero si, entretanto, se pierde el alma.
Por eso identificar automáticamente culpa y renuncia con ideología woke resulta demasiado sencillo.
Pero tampoco es muy lógico transformar en cristiano a Odiseo. Cristianizar a Homero también es cambiarlo.
La xenía, la hospitalidad sagrada del mundo griego, no es todavía la fraternidad universal del Evangelio. Y el héroe homérico vive dentro de una moral guerrera muy alejada de Cristo, aunque quizá no tanto del ethos de las cruzadas.
Hay además otra diferencia todavía más importante.

Los dioses de Homero para los griegos existen.
No son recursos literarios ni proyecciones psicológicas. Atenea no es simplemente la conciencia de Odiseo, Poseidón no es la proyección de sus traumas o paranoias y Zeus no es una metáfora del destino. Los hombres habitan un cosmos sagrado en el que las potencias divinas intervienen, castigan, protegen y finalmente restauran el orden.
Nuestra época tiene enormes dificultades para entrar verdaderamente en ese mundo. Y quizá sea ahí donde se esconde el auténtico caballo de Troya.
Cuando una religión se convierte en mitología
Decimos con toda naturalidad que Homero nos habla de «mitología griega».
Pero para los hombres que vivieron dentro de aquel universo, aquello no era mitología. Era religión.
Los templos que hoy fotografiamos fueron lugares sagrados. Las estatuas que contemplamos en los museos recibieron plegarias. Los dioses que estudiamos como personajes literarios formaron parte de la explicación última de la realidad de una civilización.
Y hay aquí una señal que debería inquietarnos:
cuando una civilización empieza a llamar mitología a lo que antes constituía su religión, es que probablemente ha perdido la espiritualidad que le daba columna vertebral y razón de ser.
Eso ocurrió con el mundo antiguo.
¿No nos estará también ocurriendo a nosotros?
Quizá algún día un visitante recorra nuestras catedrales como nosotros recorremos hoy el Partenón. Admirará sus vidrieras, preguntará quién era aquel hombre crucificado que aparece en los lugares clave y escuchará al guía explicar la antigua «mitología cristiana» de los europeos. Quizá nuestras ciudades más espléndidas acaben convertidas en parques temáticos para los nuevos turistas.
Las civilizaciones no desaparecen únicamente cuando son conquistadas o invadidas.
También empiezan a desaparecer cuando dejan de comprender —y, finalmente, de venerar— las creencias sobre las que se alzaron y los símbolos que ellas mismas crearon.
Desde hace décadas asistimos a una erosión sistemática de muchos de esos símbolos. Por la incuria de los más y la perfidia de algunos. Lo preocupante no es solamente que desaparezcan, sino que no está nada claro qué creencias, esperanzas o concepción del hombre están llamadas a ocupar su lugar. Porque una civilización puede sobrevivir a muchas derrotas; lo que difícilmente sobrevive es al nihilismo. Llámesele suicidio o eutanasia asistida, el desenlace es el mismo.
Lo que hay dentro del caballo de Nolan
Por eso quizá hayamos planteado mal la discusión sobre Nolan. La pregunta no es únicamente si su Odisea es woke o cristiana.
La pregunta verdaderamente interesante es por qué necesitamos convertir a Homero en una cosa o en la otra.
La guerra cultural nos ha acostumbrado a polarizarnos ad nauseam y a buscar inmediatamente amigos y enemigos. Un reparto, una frase o un cambio argumental bastan para colocar una etiqueta. Pero una civilización que solo sabe acercarse a sus clásicos preguntándoles si son de derechas o de izquierdas quizá haya empezado ya a dejar de comprenderlos y, por ende, a perder sus referentes.
Nolan ha introducido nuestra conciencia contemporánea dentro de uno de los relatos más antiguos de Occidente. Y al hacerlo ha dejado al descubierto la distancia espiritual que nos separa de Homero.
Podremos discutir si esa reinterpretación enriquece la Odisea o la desfigura; si contiene culpa woke, conciencia cristiana, trauma posbélico o simplemente la legítima mirada de un creador de nuestro tiempo.
Pero una cosa resulta difícil de negar: el nuevo final cambia el significado.
El Odiseo de Homero regresa para recuperar su lugar en el mundo que añoraba y lo recupera.
El de Nolan descubre que, después de regresar, ya no puede ocuparlo de la misma manera. Su desarraigo es total.
Entre ambos caben casi tres mil años de historia espiritual de Occidente. Quizá eso sea lo que Nolan lleva realmente escondido dentro de su caballo. No soldados.
Nos lleva a nosotros.

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