El banquete desatendido
Atrapados en las urgencias del mundo, a menudo olvidamos que estamos llamados a una fiesta infinita
A veces resulta incomprensible nuestra facilidad para rechazar lo importante y perdernos en naderías. Al comentar este domingo la parábola del banquete de bodas, el Papa León XIV recordaba que la bondad tiende por naturaleza a comunicarse —como ya señalaba Santo Tomás al afirmar que «Bonum dicitur diffusivum sui», el bien es de por sí difusivo— y que Dios nos invita a una fiesta deslumbrante. Esa mesa espléndida no es otra cosa que la imagen del Cielo, la plenitud a la que estamos llamados.
Sin embargo, la parábola nos choca porque retrata una negativa muy cotidiana. Ante el ofrecimiento del rey, los invitados prefieren desatender la llamada: «se retiran y prefieren continuar con sus asuntos». Nos parece un despropósito, pero a menudo hacemos lo mismo. Vivimos con la cabeza agachada bajo el peso de las urgencias materiales y el ruido del día a día, actuando como si este mundo fuera nuestro único horizonte.
Es verdad que la vida cristiana no consiste en caminar con la calculadora en la mano, midiendo los actos solo por el premio final o convirtiendo la fe en una transacción de méritos. Esa actitud de estar siempre pendientes de qué se gana o qué se recompensa recuerda a menudo a la cerrazón de los adolescentes, que todo lo negocian y a todo le ponen precio. El amor auténtico no funciona así. Jesús no nos quiere con mentalidad de meritorios cobradores, sino sencillos como niños, capaces de abandonarnos en su gracia y en su misericordia infinita.
Pero vivir con esa sencillez filial no significa restarle peso definitivo a la existencia. No se trata de especular con la otra vida, sino de comprender que el presente carece de brújula si olvidamos hacia dónde caminamos. Como bien apuntaba el Papa, el salón de banquetes de este misterio son «nuestras iglesias, nuestros hogares, los lugares donde vivimos, y donde cada día el Hijo del Rey, Jesucristo, regresa para declararnos su amor y espera nuestro «sí»». Es ahí, en la aparente monotonía de las horas, donde los laicos nos la jugamos de verdad. Nos jugamos la eternidad en la manera de afrontar el cansancio laboral sin sucumbir al cinismo, en la paciencia con la que acogemos al cónyuge al final de una jornada agotadora, en el cuidado de los padres ancianos o en la honradez callada con la que cumplimos nuestras obligaciones profesionales cuando nadie mira. Cada decisión ordinaria, cada pequeña renuncia por amor y cada gesto de magnanimidad ante la grosería ajena va esculpiendo la textura de nuestra alma.
Ahora bien, la parábola evangélica nos reserva una última advertencia inquietante con aquel invitado que se coló en la fiesta pero carecía del traje adecuado. No basta con estar formalmente dentro o acudir por inercia; el Papa nos recordaba que a este banquete se acude «vestidos, como la novia, con el manto blanco del Bautismo y adornados con las joyas de las buenas obras».
Ese vestido de bodas no brota de un voluntarismo estéril, sino de los manantiales de la gracia. Nos hacemos dignos de la fiesta acudiendo con asiduidad a los sacramentos —especialmente a la Santa Misa y al confesonario, donde la misericordia de Dios lava nuestras manchas— y alimentando el alma con la lectura atenta y meditada del Evangelio. Un traje que se va bordando en el día a día con los brocados vivos de las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Presentarse ante Dios con el vestido ajado por la tibieza o la rutina es vaciar la fe de su contenido real.
Lo hermoso es que esa fiesta no es solo una promesa lejana. Jesús prometió el «ciento por uno» ya en esta tierra. El Cielo empieza a experimentarse aquí cuando sabemos vivir desde la gracia, respondiendo con una alegría que —en palabras de León XIV— «no es artificial, sino profunda, concreta, real, bella como los rostros de las personas que encontramos, verdadera como el trabajo, los sonrisas, las lágrimas, las estrechas de manos, los gestos de bien de nuestras jornadas».
Despreciar el banquete por atender los agobios del mundo es un mal negocio. Conviene levantar los ojos de vez en cuando, recordar que estamos invitados a lo grande y responder con un «sí» cotidiano que empiece a transformar nuestra vida ordinaria en el prólogo de la eternidad.

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