05 septiembre, 2026

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El arte de frenar cuando todo corre: el valor del seminario en la era de la prisa

El Papa León XIV defiende el tiempo de formación de los seminaristas no como un retiro del mundo, sino como la parada imprescindible para servir mejor a la sociedad.

El arte de frenar cuando todo corre: el valor del seminario en la era de la prisa

Vivimos en un tiempo acelerado, ruidoso y marcado por la urgencia. En esta dinámica donde todo va de prisa y donde la autorrealización personal se ha convertido en una meta casi obsesiva, detenerse a pensar, formarse o cultivar la vida interior durante años puede parecer a simple vista una pérdida de tiempo, un lujo o incluso una institución del pasado. Sin embargo, frenar la marcha no es retrasar la acción, sino garantizar que esta tenga un sentido profundo.

Con motivo de los aniversarios de los seminarios de Molfetta y Aversa, el Papa León XIV ha querido recordar que las grandes decisiones y los compromisos de vida no nacen de una competición, de un examen de méritos ni de una carrera de rendimiento. Surgen, por el contrario, de una elección gratuita que invita a la humildad, al diálogo sincero en medio del ruido y a aprender a «estar» antes de lanzarse a actuar.

Una escuela de convivencia y madurez afectiva

El tiempo de preparación en el seminario funciona como una auténtica escuela de relaciones humanas. Nadie hace el camino en solitario. La convivencia entre personas de orígenes y personalidades muy distintas exige salir del individualismo, cultivar relaciones comunitarias auténticas y aprender a entender la fraternidad no como una teoría abstracta, sino como una amistad concreta y cotidiana.

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Del retiro a la realidad de la calle

Este periodo de silencio y estudio no busca crear un refugio aislado para proteger a nadie de la realidad. Cobrar sentido solo tiene valor si prepara para volver a la calle y conectar con los problemas reales de la gente:

  • Familias que se esfuerzan a diario por salir adelante en un entorno complejo.

  • Jóvenes que con veinte años tienen que hacer las maletas para buscar oportunidades laborales fuera de su tierra.

  • Ancianos solos y personas en la marginalidad que han ido perdiendo el sentido de la existencia.

El tiempo invertido en escuchar, discernir y dejarse formar sin atajos es la condición indispensable para poder acompañar con empatía, verdad y cercanía a quienes más lo necesitan en la vida cotidiana.

  • Enfoque comunicativo: El artículo está adaptado para una lectura periodística general en español de España, manteniendo la fidelidad absoluta a las ideas y citas contextuales del discurso sin invención de datos.

  • Tono y registro: Emplea un registro divulgativo y reflexivo, resaltando el valor sociocultural del texto original (el valor de la pausa, la vida comunitaria y la atención a las periferias humanas).

Texto completo del discurso:

DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

A LOS SEMINARISTAS DEL SEMINARIO PONTIFICIO REGIONAL DE LA PUGLIA “PÍO XI” DE MOLFETTA

Y DEL SEMINARIO OBISPAL DE AVERSA

Sala Clementina

Jueves, 3 de septiembre de 2026

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La paz esté con vosotros.

Queridos hermanos en el Episcopado,

sacerdotes, seminaristas, familiares:

En primer lugar, os agradezco de corazón vuestra presencia hoy aquí.

Venís de dos caminos distintos y de dos tierras diferentes, pero este año vuestras casas celebran juntas un aniversario. En Molfetta recordáis el primer centenario de la nueva sede, querida por el Papa Pío XI, de quien vuestro seminario lleva el nombre, mientras que en Aversa celebráis el tricentenario de la apertura de la sede actual.

Al encontrarme con vosotros, deseo subrayar una dimensión de vuestro itinerario formativo: la de la relación con Aquel que os ha llamado. El estudio, la disciplina y las etapas del camino son elementos importantes que hay que tener muy presentes, pero solo valen si están fundados en la relación con Dios.

San Marcos, en su Evangelio, relata que Jesús «subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él. Instituyó a Doce —a los que llamó apóstoles— para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14).

En estas pocas palabras ya está todo. Deteniéndonos en este breve pasaje, podemos vislumbrar una admirable síntesis de la experiencia válida para todo llamado, para todos aquellos que desean profundizar en la verdad de su propia vocación. Está el monte al que subir, donde alcanzar a Cristo y, sobre todo, donde estar con Él. El corazón de la experiencia del seminario es este: aprender a estar con el Maestro, el Señor Jesús.

El evangelista señala que el Señor «llamó a los que quiso», y pone de manifiesto de inmediato la libertad de Dios, de la que brota toda vocación. No hay un concurso, no hay una clasificación, ni está escrito que eligiera a los mejores: eligió a los que quiso. En un mundo que se afana tanto en celebrar la autorrealización personal, es verdaderamente importante reafirmar que ninguno de vosotros y ninguno de nosotros está aquí porque se lo haya merecido, sino solo por una libre elección por parte de Dios Padre, signo y prenda de un amor gratuito que siempre se nos adelanta y que nunca defrauda.

Queridísimos seminaristas, vuestra propia presencia en el seminario es un signo de esperanza para toda la Iglesia. No de un vago optimismo, sino de la certeza de que el Señor llama siempre, en cada época de la historia y en cada lugar. Al mirar a cada uno de vosotros, contemplo la maravilla de Dios que nunca se cansa de susurrar al corazón de los jóvenes la belleza de entregar la vida por Él y por la Iglesia.

Toda vocación nace de un diálogo íntimo con Dios, cultivado en el silencio y en la oración, que a menudo tiene lugar «a pesar del ruido a veces ensordecedor del mundo» (León XIV, Mensaje para la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 16 de marzo de 2026). Es ahí donde se decide todo, y para que ese diálogo se produzca es necesario aprender a estar con Él.

Ejemplos tenéis muchos, pero creo que para todos vosotros el venerable Obispo Don Tonino Bello muestra con particular claridad qué significa ser sacerdote y ser obispo: no con palabras, sino en cada gesto y en cada decisión, y testimoniándolo hasta el final.

Por eso, el tiempo del seminario sigue siendo necesario, hoy no menos que ayer. En un mundo que tiene prisa y que mira con recelo cualquier pausa prolongada, se podría pensar que es un lujo o una institución superada, pero no es así. Precisamente porque nuestro tiempo es rápido y ruidoso, se necesita un lugar y una etapa de la vida en la que se aprenda a estar, a discernir, a dejarse formar sin atajos. El seminario no es un aplazamiento de la misión, sino su condición. No hay que infravalorarlo.

De hecho, tras haber escuchado la voz del Señor, hay que alcanzarlo y subir al monte, y esto a veces puede resultar fatigoso, porque se sube a pie, a ratos con el aliento corto, sin ver todavía la cumbre.

El cansancio de la vida espiritual se sostiene, sin embargo, con la belleza de la fraternidad y del compartir la misión. De hecho, en el monte Jesús no llama a un hombre solo, sino que llama a doce, de las personalidades más dispares y a veces improbables a nuestros ojos. El Señor los reúne, los mantiene unos junto a otros, para que aprendan que la Iglesia se vive juntos: no es propiedad de ninguno de nosotros y todos estamos llamados a amarla y a servirla como un solo cuerpo. Vosotros, que venís de Molfetta, lo experimentáis de modo particular, ya que en el seminario regional la comunión entre las Iglesias de la Puglia no es un ideal, sino una amistad concreta que nace en estos años y que os acompañará como presbíteros durante toda la vida.

Porque, del mismo modo que «ningún pastor existe solo» (León XIV, Carta ap. Una fidelidad que genera futuro, 8 de diciembre de 2025, 15), tampoco un seminarista puede concebir un camino privado con el Señor: debe sentir y experimentar siempre la belleza de la mediación eclesial. El seminario, por tanto, antes que un lugar donde adquirir información, «debería ser una escuela de los afectos» (ibid., 12). Y a vosotros, queridos formadores, os pido que seáis los primeros maestros de ese cuidado y de esa fraternidad que se manifiestan en relaciones auténticas, personales y comunitarias, hechas de verdad y de caridad. No se improvisa como formador: el vuestro es un ministerio delicadísimo para el que uno se prepara con ciencia, paciencia y amor.

Queda después el último paso: aquel en el que se baja del monte, porque el monte no es un refugio. Jesús no lleva a los Doce a lo alto para ponerlos a salvo, sino para que, tras haber hecho la experiencia de Dios, puedan ser enviados a comunicar al mundo esta novedad de vida.

Seréis, pues, llamados a bajar del monte para ser enviados a la gente de vuestras tierras: a esas familias que salen adelante con fatiga, a los jóvenes que con veinte años hacen la maleta para buscar trabajo, a los ancianos solos, a los marginados, a quienes han perdido el sentido de la existencia. El sacerdote es enviado a todos para que a todos anuncie la belleza de la fe en Jesucristo, la buena noticia de nuestra salvación. Es la salvación que se nos ha dado por medio de María. Encomendaos a Ella como a Aquella que fue la primera en hacer lo que hoy se os pide a vosotros. Pedid a María la gracia de aprender a decir cada día vuestro “sí” al Señor Jesús.

Queridísimos seminaristas, antes de despedirnos quiero deciros gracias. Gracias, en nombre de la Iglesia, por el “sí” que habéis pronunciado y que cada día volvéis a pronunciar: no es fácil ni algo dado por sentado en el mundo de hoy, y la Iglesia lo sabe bien.

Y deseo expresar un agradecimiento particular a las familias aquí presentes. Una vocación nunca nace sin un contexto adecuado, y con frecuencia necesita un hogar, unos padres que rezan y que saben dejar marchar. A vosotras, queridas familias, mi gratitud y la de toda la Iglesia.

Saludo y bendigo a los diáconos que seréis ordenados presbíteros dentro de pocos días: os llevo en mi oración personal para que seáis siempre discípulos fieles, alegres y valientes del Señor. Rezaremos por vosotros, por todos.

Os bendigo a todos de corazón, junto a vuestros Obispos, vuestros formadores, vuestras familias y esas comunidades que os esperan y que ya rezan por vosotros. Gracias.

Exaudi Redacción

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