Sin embargo, la pretensión de conocer la vida es pertinaz. Especialmente cuando se tienen dieciséis años y la asignatura de Filosofía que se estudia en el bachillerato ofrece un interminable catálogo de propuestas. Es lo que me sucedió en 1969: era la apertura de mi mente a un horizonte de fascinación en el que todo tenía su respuesta. En 1971, cuando comencé los estudios universitarios en dicha materia, la voluntad de pensar la vida incrementó su potencia, pero, unos años después de finalizar este período de formación y ya asentado profesionalmente, tomé conciencia de la imposibilidad de abarcar una visión plena de la vida desde la perspectiva filosófica.
Entonces –en torno a 1982–, las innumerables interpretaciones ofrecidas por este saber me resultaban insatisfactorias por la insuficiencia de sus planteamientos. Mi mente, en errante vagabundeo, saltaba de una a otra especulación portadora de «un» sentido de la vida. En el mejor de los casos, en su afán de aplacar aquella inquietud existencial, lograba sumar entre sí varios de estos sentidos, pero el esfuerzo resultaba inútil: en mi espíritu anidaba la necesidad de encontrar no «un» sentido –ni siquiera varios– sino «el» sentido.
Me resultaba imprescindible encontrar la razón de ser que hace que todas las cosas sean lo que son y alcancen su autenticidad: cualquier otra que no tuviera esta característica me parecía una pérdida de tiempo. En esa coyuntura, decidí seguir el anhelo metafísico de buscar el punto de encuentro de todos los caminos donde aparece el mensaje de la vida, aquel que está grabado en el corazón del hombre, en el centro de toda acción y en la partícula más íntima de cuanto existe. Descubrir ese mensaje supondría descifrar la clave con la que está escrito el universo, pues el sentido de este no radica tanto en ser por sí mismo cuanto que la Vida se significa en él.
Así, el sentido de nuestra vida, la de cada uno, vendría dado no como algo aparte sino en tanto que constituyendo la misma trayectoria del sentido de la totalidad en su unidad con una existencia absoluta. Sería, por decirlo así, un sentido dentro de otro sentido más amplio, o la conjunción de varios sentidos concéntricos. Se trataría del ímpetu de ser en una realidad trascendente e irradiadora de vida. Si no fuera así, si la vida no condujera a la trascendencia, no llevaría a sitio alguno.
Hace cuarenta años descubrí esta necesidad que de Dios tiene constitutivamente el hombre. Pero, como su inevitabilidad ha de ser personalmente vivida, desde el momento en que Él se revela en la persona de Cristo y se encarna en la Historia, esta necesidad que el hombre tiene de Dios se plasma en la necesidad del Cristo vivo, que, como tal, nos incita a una vida eterna. En Él habito desde entonces. Solo Él es el cumplimiento perfecto de mi juvenil anhelo metafísico. ¿Cómo poder olvidarlo?
Pedro Paricio . Dame tres minutos

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