Desarmar las palabras
El poder del autocontrol y el valor de las palabras en tiempos de crisis
Daniel Goleman sostiene que de todas las competencias emocionales –auto conocimiento, auto motivación, auto control, empatía y asertividad- el auto control es la competencia más importante para el crecimiento del ser humano. Precisamente, me quisiera referir al componente del autocontrol en las acciones de comunicación, ya sea en el trabajo, en la familia, en las redes sociales y, desde luego, en la política. La novela de Susanna Tamaro, Tobías y el Ángel (Mondadori, 1998) grafica, lúcidamente, la importancia de desarmar las palabras a las que se ha referido el Santo Padre León XIV como un modo de construir la civilización del amor.
Tamaro cuenta las relaciones de una niña con su abuelo. Sus padres están demasiado ocupados en sus propias peleas y desencuentros; no reparan en la soledad de la pequeña. La niña “encerrada en su habitación y escondida debajo de la cama, había comenzado a separar las palabras por colores: “Eres un fracasado”. Amarillo. “Ya no te aguanto”. Anaranjado. “Vuelvo con mi madre”. Blanco. “Eres un borracho”. Rojo. “Y tú no sirves para nada”. Verde. “Te odio”. Negro. “Esa tonta de tu hija”. Azul. “Es también tuya”. Gris. “Está por verse”. Celeste. Había jornadas más anaranjadas y más amarillas. Jornadas más rojas, jornadas más negras. Con el tiempo, además del color les había dado también una forma. Había palabras-termita, palabras-araña, y palabras-escorpión. Tumbada en el suelo las veía correr hacia ella”. Para la niña, llamada cariñosamente Tobías por su abuelo, todas estas expresiones son palabras–basura que carcomen, hacen daño.
Los momentos de crisis ponen a prueba el temple de las personas, pues lo fácil es explotar y llenar el ambiente de palabras-basura que no agregan nada a la solución del problema, sólo son una mala muestra de la intemperancia de quien las dice. De las crisis, la más notoria y bullanguera, es la política. El ciudadano medio es testigo de esta turbulencia. Se pierde la cordura y el espacio público se llena de palabras-basura. El insulto, la injuria, la zafiedad salpican el diálogo social. ¿Se aclaran los problemas? No, más bien, los interlocutores se descalifican.
Por fortuna para nuestra niña, no todo era contrariedad. Había, también, en su vida lo que ella llamaba palabras-llave. Estas palabras le ofrecían un futuro positivo y a su encanto se abrían puertas y ventanas. Son palabras, gestos, actitudes que buscan soluciones, espacios de encuentro, coincidencias. Consiguen que el agua corra, no hacen charco; en todo caso, forman remansos para el reposo y solaz a los interlocutores. Son palabras que desenredan nudos y hacen posible el diálogo, pues cuando el diálogo se traba lo que sigue es la violencia o algo muy cercano a ella. Junto a las palabras-llave están, igualmente, las palabras-manta, capaces de acoger consolar, arropar. Cumplen, a veces, la función de cables salvavidas, justo en el momento en que necesitamos apaciguar las aguas.
Las palabras-llave y las palabras-manta nacen de una actitud de respeto al prójimo, de un afán constante por construir con todos, atentos a reconstruir los vínculos personales, antes que la riqueza material. Así lo ha recordado el Papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas, animando al ciudadano de a pie y al político a “recuperar el lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión”. Cuando se alza la mirada se ve que “la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente” “que se configura con la suma de fidelidades pequeñas y tenaces”: el proyecto vale el esfuerzo.

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