Del Placaje a los fogones: Juan Andrés Verde, el Rugby de Selección y su encuentro con la fe
De la Selección Juvenil de Rugby a la búsqueda del sentido interior
A sus 19 años, Juan Andrés Verde lo tenía prácticamente todo. Con un físico imponente de 115 kilos, era un tackleador implacable en la selección uruguaya de rugby sub-20. Acumulaba viajes a mundiales juveniles en Inglaterra, Japón e Irlanda, estudiaba veterinaria, salía de fiesta, proyectaba una posición económica holgada y mantenía una relación de noviazgo de casi cuatro años. Sin embargo, detrás de esa fachada de éxito, popularidad y fuerza bruta, empezaba a instalarse un vacío interior sordo pero persistente. Vivía, en sus propias palabras, metido en una suerte de parque de atracciones: entretenido por fuera, pero profundamente desorientado por dentro.
El punto de inflexión definitivo llegó el día en que decidió confrontar a un sacerdote con la soberbia propia de quien se siente dueño del mundo. Exigió que le explicaran de una vez quién era Jesús, cansado de escuchar discursos ajenos. La respuesta que recibió no fue un sermón compasivo, sino un bofetón de honestidad directa que le cambió el rumbo: «Lo que pasa es que vos sos un gordito autosuficiente. En la medida en que estés lleno de tus seguridades, nunca va a haber lugar para Dios en tu corazón». Aquella frase caló hondo. Descolocado y sin saber si pelear o reflexionar, Juan Andrés empezó a revisar cada uno de los pilares en los que sostenía su vida.
Decidido a buscar respuestas sinceras, optó por despojarse de sus comodidades e irse de misión al interior profundo de Uruguay. Llegó a la obra salesiana del Paiva, un entorno rural rodeado de animales, huertas y talleres donde se educaba a los hijos de los peones del campo. En ese aislamiento de las luces del deporte de élite y las fiestas, la fe dejó de ser una herencia teórica o la costumbre de sus padres para convertirse en un encuentro personal. Experimentó una plenitud y una alegría insospechadas, descubriendo que la verdadera felicidad no residía en vivir centrado en el propio ego, sino en desgastarse e ir al servicio de los demás.
El Gran Golpe Afectivo, el Inesperado Giro de la Vocación y el Pescador de las Calles
El proceso de discernimiento vocacional estuvo atravesado por un hito afectivo tan profundo como doloroso. Su novia de aquel entonces, Jimena, fue la primera en formular de frente la pregunta que nadie se había atrevido a verbalizar: «Gordo, ¿y tú nunca pensaste en ser sacerdote?». Poco tiempo después de aquella conversación, un trágico accidente de tráfico le quitó la vida a Jimena. El dolor, el luto y las dudas sacudieron el mundo del joven deportista, pero la pregunta lanzada por ella permaneció como una semilla intacta. Decidido a sacarse la duda, Juan Andrés dio el paso definitivo e ingresó al seminario diocesano de Montevideo, convencido años más tarde de que no existiría el «Padre Gordo Verde» sin la presencia de aquella mujer en su camino.
Su transición hacia la vida sacerdotal no implicó limar su personalidad ni renegar de su pasado rústico. Apoyándose en el pasaje evangélico de la pesca milagrosa, entendió que Dios no le pedía cambiar su naturaleza tosca, sino potenciarla. Del mismo modo que Jesús no le pidió a Pedro que dejara de ser pescador, sino que lo transformó en pescador de hombres, Juan Andrés puso su ímpetu, su energía de deportista y su cercanía con la gente al servicio del Evangelio. Se ordenó sacerdote y eligió vivir de forma austera: se instaló en un contenedor en el asentamiento Santa Eugenia, compartiendo el día a día con las familias más vulnerables, repartiendo comida en la calle y enseñando rugby en los penales.
Ganar Perdiendo en la Televisión: Los Fogones de MasterChef como Puente para Construir un Barrio
Con el paso de los años, la figura del Padre Verde se volvió sumamente popular en Uruguay, ganándose el afecto tanto de las personalidades de la política como de los trabajadores del campo. Sin embargo, su mayor desafío público llegó cuando decidió participar en MasterChef Celebrity Uruguay. Su desembarco en las cocinas de la televisión no respondió al deseo de buscar fama o reconocimiento personal, sino a un objetivo muy concreto: dar visibilidad a las familias que malvivían en ranchos de chapa y conseguir donaciones para la Fundación Cireneos y su proyecto Rancho Cero.
Durante el certamen culinario, no dudó en mostrar su fe de manera natural, cocinando platos dedicados a santos como la papiesca cremosca —el postre favorito de San Juan Pablo II— y dibujando cruces con azúcar glas en sus presentaciones. Aunque alcanzó la gran final y terminó perdiendo el certamen en el último plato, el sacerdote suele recordar entre risas que perder fue lo mejor que le pudo haber pasado. Aquella derrota televisiva se convirtió en una victoria comunitaria masiva: la exposición en pantalla movilizó la solidaridad de miles de personas, logrando recaudar los fondos necesarios para edificar más de 300 viviendas dignas para familias sin techo. Hoy, a sus 36 años, continúa jugando el partido más exigente de su vida en los barrios más necesitados, demostrando que la fe no se vive desde la comodidad, sino jugándosela entera en el barro.
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