De prejuicios y aprendizajes: mi viaje real hacia el Opus Dei
Entre decepciones, amistades y una universidad en Perú, descubrí la esencia de una obra que va más allá de las apariencias
Conocí el Opus Dei siendo adolescente y empecé con una relación tipo montaña rusa. Me encantaban las meditaciones, pero no llevaba nada bien la dirección espiritual. Era consciente de que aprendía mucho, pero me caían mal algunas personas que yo creía que pertenecían al Opus Dei. No porque supiera realmente cómo eran, sino porque muchas veces las percibía distantes, poco acogedoras, como si vivieran en su propio mundo. Cuando no sabes bien cómo funcionan las cosas, basta ver una monovolumen con tres niños vestidos iguales para dar por hecho que son “de la Obra”… y, de paso, sacar conclusiones. Así que, entre cariño y decepciones, me fabriqué mi propia —y equivocada— versión del Opus Dei.
Pero hubo tres momentos clave que me llevaron a desear formar parte de ella.
El más fundamental fue mi marido, Mr. Square: la persona más coherente que he conocido. Un hombre que cada día nos pone a todos a los pies del altar. Y se nota.
La segunda, mi amiga, Paz Echeverría. Una compañera de promoción en la carrera de la vida, que me quiso desde el minuto cero. Sin juicios. Sin mirarme por encima del hombro. Aguantándome la puerta mientras, con la mirada, me decía: tranquila, que te espero. Sin ese cariño, no sé si me habría atrevido a entrar. Y lo destaco porque a veces se nos olvida lo importante que es acoger, querer, esperar.
Y la tercera figura… fue un descubrimiento indirecto, pero decisivo. Por motivos de trabajo, mi marido pasó 15 días en la universidad, dando un curso. Y lo primero que me llamó la atención fue algo tan simple como el pelo. Sí, el pelo.
Resulta que, al publicarse la lista de admitidos en la Universidad de Piura, muchas madres les cortarban el pelo allí mismo, en la entrada. Es una especie de tradición local: empezar la universidad bien, con el pelo corto, elegantes.
No sé si siguen haciéndolo, pero esa ilusión colectiva, esa gesto tan simple , me conquistó el corazón.
Era una escena que hablaba de todo lo que la universidad aportaba a una sociedad paupérrima. Ser alumno de la universidad de Piura era equiparable a tener posibilidades de un buen futuro. En esa universidad no sólo daban peces, enseñaban a pescarlos.
Escuché con atención que el 70% de los alumnos estaban becados. Que pizarras, pupitres, sillas… todo había sido heredado de la Universidad de Navarra. Y que lo que yo —y muchos— creíamos que eran las ganancias de la universidad de Pamplona, en realidad servían para hipotecarse y crear obras nuevas, como la de Piura. Entendí que era un proyecto de entrega, no de negocio.
Ese día comprendí de verdad el Opus Dei. Ese día compartí el sueño de san Josemaría. Ese día supe que debía —que quería— formar parte de la Obra. ¿Conocerla mejor?
Why not?

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