19 octubre, 2026

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Dar a Dios lo que es de Dios

Pretendemos un Dios cómodo que se adecúe a nuestras apetencias, en lugar de un Dios real que transforme nuestro corazón

Dar a Dios lo que es de Dios

Qué alegría tan grande volver a ver al Santo Padre asomado a la ventana tras su paso por el Policlínico «Gemelli». Nos reconforta profundamente el alma saber que va dejando atrás esta etapa tan dura.

Desde aquí quiero unirme de todo corazón a su persona y a sus intenciones, pidiendo con fe que este doloroso proceso cancerígeno haya quedado superado ya de una vez por todas.

El propio Papa quiso tener un recuerdo emocionado y expresar su «especial agradecimiento a los médicos, enfermeros y a todo el personal del Policlínico «Gemelli»», confesando con el corazón en la mano que «esta experiencia me ha hecho sentir de manera especial la cercanía con quienes atraviesan la enfermedad y una condición de dolencia».

Hoy, una vez «superada esta delicada etapa», el Pontífice retoma gradualmente sus actividades. Su testimonio transparente, vivido desde la propia fragilidad y sin trampa ni cartón, da un valor aún más vivo a la lección que nos regaló en el Ángelus de este domingo.

¿Buscamos a Dios o buscamos tener razón?

Comentando el Evangelio de San Mateo, el Papa recordó el momento en que los fariseos intentan acorralar a Jesús preguntándole: «¿Es lícito o no pagar el tributo al César?». Aquellos hombres no tenían interés en aprender nada ni en buscar la verdad; su única intención era «ver cómo Jesús caía en una trampa con alguna de sus afirmaciones».

Pero Jesús no cayó en la provocación: su respuesta «lo mantiene fuera de la trampa y desenmascara la hipocresía de quienes quieren hacerlo caer», dejándoles esa lección inmortal: «¡Devuelvan al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios!».

Es fácil juzgar la mala fe de aquellos fariseos desde la tranquilidad de la barrera. Lo difícil es mirar dentro y reconocer que nosotros, a diario, caemos en esa misma trampa: ponemos a Jesús a prueba para intentar salirnos con nuestro capricho.

La fe no es un aval para nuestros antojos

Muchas veces nos acercamos a la oración no para averiguar qué quiere Dios de nosotros, sino para intentar convertir el diálogo con Él en una negociación manipuladora. Buscamos un «visto bueno» divino a decisiones egoístas que ya hemos tomado de antemano. Retorcemos la fe o reducimos la moral a dilemas a nuestra medida para justificar nuestras comodidades, diciéndonos que «si Dios es amor, mi antojo no puede estar mal».

Pretendemos un Dios cómodo que se adecúe a nuestras apetencias, en lugar de un Dios real que transforme nuestro corazón.

Frente a este intento de fabricarnos una religión a la carta para evadir la realidad, el Santo Padre nos recordó que «en Jesús contemplamos a un Dios que no teme a la historia, sino que, por el contrario, viene a vivir en ella». Dios no nos quiere refugiados en caprichos piadosos; su Reino no elimina nuestras responsabilidades humanas, sino que nos exige algo mucho más transparente: «vivir sin concesiones, libres de malas ambiciones e intereses injustos, anteponiendo ante todo el Reino de Dios y su justicia».

Ni hipocresía ni respetos humanos

Para no caer en la tentación de manipular a Dios, el Papa dio en el clavo al definir el verdadero perfil de quien sabe dar a Dios lo que le pertenece: «ser sinceros, sin temor ni hipocresía, libres para hacer el bien». Y es que la hipocresía y el temor a la mirada ajena son, precisamente, las dos herramientas con las que disfrazamos nuestros caprichos. Por un lado, la hipocresía simula una fachada de piedad mientras el corazón sigue atado al propio interés. Por otro lado, la falta de sinceridad actúa por miedo al qué dirán, por respetos humanos o por un mero cumplimiento formalista para no complicarse la vida.

Hasta los propios adversarios de Jesús tuvieron que reconocer la integridad con la que Él actuaba cuando le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas con fidelidad el camino de Dios y no te dejas influir por nadie, porque no te fijas en la apariencia de la gente». Jesús actuó siempre sin dejarse acobardar por el poder ni condicionar por las apariencias, con una coherencia absoluta frente a toda forma de falsedad o doblez.

Usar la libertad para hacer el bien

Aquí radica la gran diferencia entre el capricho y la fe verdadera. Confundimos a menudo la libertad con el capricho. El capricho no es libertad: nos vuelve esclavos de nuestros impulsos inmediatos y nos lleva a manipular todo lo que nos rodea —incluso la fe— para salirnos con la nuestra.

La verdadera libertad cristiana, en cambio, no consiste en hacer lo que nos apetece o nos conviene, sino en ser «libres para hacer el bien»: tener la valentía de elegir la verdad, aun cuando exija renunciar a nuestros propios intereses.

Hoy, al alegrarnos de nuevo por la recuperación del Santo Padre y unirnos de corazón a sus oraciones, tenemos una magnífica oportunidad para dejar los chantajes a un lado. Pidamos la gracia de presentarle a Dios un corazón transparente, capaces de «devolver al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», entregándole a Él lo que verdaderamente le pertenece: nuestra conciencia, nuestra vida y nuestra libertad orientada de forma incondicional a hacer siempre el bien.

Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.