16 abril, 2026

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Cuando todo ocurre en un segundo. Las heridas que no se ven

Heridas que no sangran: el trauma silencioso después del accidente

Cuando todo ocurre en un segundo. Las heridas que no se ven

Un segundo tiene un poder extraordinario en la vida. Y esta realidad que se asume inconscientemente, porque es la duración del parpadeo, de un sonido, de un giro inesperado…, cuando se produce un accidente, una pérdida, cobra de repente todo su sentido. Tras ese instante breve, lo que viene después ya no se mide en segundos. Lo estamos constatando ahora mismo con el trágico accidente ferroviario acaecido el pasado domingo. No se puede cuantificar la angustia, la incertidumbre y el desconsuelo. Tampoco las noches en vela en los hospitales, ni esos silencios que pesan, en miradas que ya no encuentran su lugar. Cuando se pierde un ser querido una porción de nuestra vida se va tras él sin posibilidad de regreso. A menos que se tenga fe, el trauma que acompaña a lo inesperado en sus tintes dramáticos, apenas deja espacio para respirar. Hace falta tiempo, y para algunas personas mucho, para tratar de recomponer el día a día.

Generalmente se da por hecho que tenemos el control de nuestra vida. Por eso se afirma: «haré tal cosa», «mañana nos veremos», «hasta luego», etc., con el pleno convencimiento de que así será. Pero es algo sin fundamento. Y, de hecho, el apóstol Santiago sabiamente aconsejaba añadir: «Si Dios quiere, viviremos y haremos esto o aquello». Esa es la realidad. Ninguna de las personas que tomaron los trenes ese aciago día pudo imaginarse que, de la noche a la mañana, en un instante, podrían perder la vida, como por desgracia ha sucedido a tantos, ni que iban a quedar heridos (y puede que algunos con secuelas físicas irreversibles además de las psicológicas) como tampoco lo pensaron sus familiares y allegados, ya que de contrario no habrían emprendido el viaje.

Acostumbrados a ver en las pantallas el dolor ajeno, nadie piensa que un día puede ser acreedor del mismo, convertirse en materia de información. Y, sin embargo, el dolor, ya lo dije hace años, es como un huésped que se instala en tu vida sin avisar. Unas veces la arrebata y otras deja heridas que no se pueden borrar. Las visibles reciben atención inmediata, como sucede con todo tipo de fracturas. Pero hay otro tipo de heridas, difíciles de reconocer, que se alojan en el cuerpo o en la memoria sin permiso. Son invisibles; no sangran, pero duelen igual o más. Socialmente se vive la impotencia, y se comparte el estado de shock cuando noticias de este altísimo calibre, como las que estamos viviendo, inundan todos los medios. Es decir, desde fuera se ve, se reconoce el daño externo porque de algún modo se puede tocar, se deja fotografiar.

Dentro de unos días, es duro decirlo, pero es la realidad, la sociedad que ahora comparte una profunda consternación por esta tragedia, sin dejar de olvidarla, no experimentará esa intensa emoción. Porque solamente cambia la existencia del que sufre en primer grado; la del resto prosigue adelante sin más. Así son las cosas. En cambio, la soledad, el miedo a un futuro incierto, y en muchos casos la sensación de culpa y la ansiedad pueden instalarse en el interior de quien padece en carne propia y pervivir en el tiempo. La vida de los implicados en el accidente, familiares de los fallecidos, aquellos a los que el drama ha golpeado con dureza, tendrán que hacer un gran esfuerzo para recomponerla y acostumbrarse a una existencia que no volverá a ser la anterior.

Se ha denominado al dolor: «la cara oculta de lo humano”. Y es que el sufrimiento interpela, se le teme, se elude hablar de él. A lo mejor no se verbaliza siempre, pero seguramente desde la salud cuesta más entender por qué no se superan fácilmente experiencias traumáticas, y más conforme pasan los años. Solamente quien lo padece sabe lo que se experimenta, comprende a los que se hallan en su misma situación y se solidariza con ellos, aunque no los conozca personalmente.

No es bueno que el dolor haya de volverse silencioso, que sea solitario para no ser cuestionado. El dolor no tiene lógica, como tampoco tiene sentido. Y no se trata de culpabilizar a Dios, aunque no es el objeto de esta reflexión y abordar el tema supondría entrar en otras consideraciones que requieren espacio propio. Únicamente añadir que cuando se tiene fe y el dolor se une a la pasión redentora de Cristo se afronta con gallardía y se cosechan incontables frutos. Pero, dicho esto, la realidad es que todos tenemos fecha de caducidad. De nada sirve rebelarse o preguntarse: «¿Por qué a mí?». Hace unas décadas, en mi obra Pedagogía del dolor expuse mi convicción al respecto modificando la pregunta: «¿Y por qué no a mí?». ¿Es que soy distinto de los demás? Todos, tarde o temprano, si no han pasado ya por el dolor, vivirán esta experiencia, porque es un hecho universal que vincula a todo el género humano con independencia de edades, sexos, credos y culturas.

Pensemos más bien en cómo ayudar a esa multitud de personas que cargan con recuerdos que no se ven, con miedos que no se escuchan, con emociones que no se comunican, y comencemos por las más cercanas. Por supuesto, ello incluye a las que acaban de recibir el zarpazo del sufrimiento y a las que se en su momento se dieron de bruces con él. Mostremos comprensión, acompañamiento que se traduce muchas veces en delicado silencio, una actitud de escucha activa, sin prejuicios, sino con sumo respeto que es el que merece toda persona que se halla sumida en el dolor. Un simple gesto como preguntar «¿cómo estás?» puede ser el primer paso para infundir esperanza a quien piensa que todo está perdido. No olvidemos que las heridas más profundas, las que no se aprecian exteriormente, son las que más se sienten.

Que a los que sufren no les falte la oración de los que creemos; que Dios, en su misericordia, los sostenga y les dé paz. La oración es el mejor modo de acercarnos con guantes de seda a esos corazones dolientes que en estos momentos son incapaces de balbucear una palabra y cuyos rostros se hallan anegados en llanto. Quizá puedan servirles de consuelo estas palabras de Fernando Rielo, fundador de las misioneras y de los misioneros identes: «No hay lágrima de la que Dios no guarde preciosa memoria».

Isabel Orellana

Isabel Orellana Vilches Misionera idente. Doctora en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona con la tesis Realismo y progreso científico en la epistemología popperiana. Ha cursado estudios de teología en la Universidad Pontificia de Salamanca. Con amplia actividad docente desde 1986, ha publicado libros como: Realismo y progreso científico en la epistemología popperiana, Universitat Autònoma de Barcelona, 1993; El evangelio habla a los jóvenes, Atenas, Madrid, 1997; Qué es... LA TOLERANCIA, Paulinas, Madrid, 1999; Pedagogía del dolor. Ensayo antropológico, Palabra, Madrid, 1999; En colaboración con Enrique Rivera de Ventosa (†) OFM. Cap. San Francisco de Asís y Fernando Rielo: Convergencias. Respuestas desde la fe a los interrogantes del hombre de hoy, Universidad Pontificia, Salamanca, 2001; La "mirada" del cine. Recursos didácticos del séptimo arte. Librería Cervantes, Salamanca, 2001; Paradojas de la convivencia, San Pablo, Madrid, 2002; En la Universidad Técnica Particular de Loja, Ecuador, ha publicado: La confianza. El arte de amar, 2002; Educar para la responsabilidad, 2003; Apuntes de ética en Karl R. Popper, 2003; De soledades y comunicación, 2005; Yo educo; tú respondes, 2008; Humanismo y fe en un crisol de culturas, 2008; Repensar lo cotidiano, 2008; Convivir: un constante desafío, 2009; La lógica del amor, 2010; El dolor del amor. Apuntes sobre la enfermedad y el dolor en relación con la virtud heroica, el martirio y la vida santa. Seminario Diocesano de Málaga, 2006 y Universidad Técnica Particular de Loja, Ecuador (2007). Cuenta con numerosas colaboraciones en obras colectivas, así como relatos, cuentos, fábula y novela juvenil, además de artículos de temática científica, pedagógica y espiritual, que viene publicando en distintas revistas nacionales e internacionales. En 2012 culminó el santoral Llamados a ser santos y poco más tarde Epopeyas de amor prologado por mons. Fernando Sebastián. Es la biógrafa oficial del fundador de su familia espiritual, autora de Fernando Rielo Pardal. Fundador de los Misioneros Identes, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2009. Culmina la biografía completa. Encargada del santoral de ZENIT desde 2012 a 2020 y ahora en Exaudi